Dormir en una cima a la luz de la luna






La Najarra, 30 de octubre de 2020

Esta noche pongo mi tienda en la cumbre de la Najarra, le había guasapeado al amigo Santiago Pino antes de salir de casa. Le había pedido una foto de un vivac suyo y estaba admirado de la rapidez con que las había encontrado en su archivo fotográfico entre tantos miles de sus fotografías de montaña. Tenía un montón, alguna de ellas de los tiempos de Matusalén. A Santiago le sucede lo que a mí, le pirrian los vivacs. Es capaz de cenar en casa y tras la cena coger el saco de dormir bajo el brazo y subirse también a una cumbre a dormir. No se molesta en traer unos frutos secos o algo para el yantar. Por la mañana recoge su saco y sale pitando para abajo a encontrar el primer bar que le pille a mano para desayunar.

Yo también lié el petate esta tarde para hacer lo mismo, sólo que con bastante más peso. Hoy volví a cargar con la réflex y el trípode en el macuto. Había luna llena y quién sabe si se presentaba la ocasión de fotografiar algo que mereciera la pena.

Ahora, ya cenado e instalado en mi pequeña tienda, repaso brevemente el día, algunas gestiones en el pueblo y en particular un rato de charla con el mecánico mientras me cambiaban el aceite y el filtro del aire. Él es de un pueblo cercano a Sanabria camino del puerto del Padornero y ayer tarde había preparado todo para ir con la familia a homenajear a su padre enterrado allí y esta mañana se había encontrado con el cierre de Castilla-León. Nos contaba emocionado la situación. Habían llenado el coche de flores para llevarlas a la tumba. Me emocionaba cómo lo contaba. Esa querencia por el padre muerto que yo no tuve y tánto hubiera deseado, me descolocaba. Noté como se le vidriaban los ojos a la par que a mí me sucedía lo mismo; esas cosas que salen inesperadamente del alma y nos cuentan de algún asunto personal que no pudo zanjarse de manera adecuada. Después se animó a enseñarnos un puñado de fotografías del pueblo, ésta es la escuela, aquello la iglesia, mi casa, los bosques, esos que conocía al dedillo. El pueblo lo reclamaba con toda la fuerza de quien ha dejado allí una parte poderosa de su persona, sus raíces, los años dichosos de la infancia y la adolescencia. Yo echo de menos a veces no ser de pueblo y no tener una dehesa, un río, un robledal, una era, un pajar, toda esa vida que hacían los niños en el pueblo en las novelas de Martín Gaite o Miguel Delibes. Nos habríamos quedado allí un buen rato más acompañando a David en sus recuerdos. Qué diferencia, ¿verdad?, con la infancia de los niños de ahora. Pobres, recordando estas cosas en ocasiones me dan lastima los niños de hoy, la dependencia de los padres, la PlayStation, el que apenas puedan salir a la calle a jugar y, claro mucho menos ir al bañarse al río, o subirse a los árboles o a jugar a infinitos juegos… esa independencia que vivíamos de niños…

Debería haber salido antes de casa, el despiste del cambio de hora iba a hacer que se me hiciera de noche por el camino. Tocaba luna llena, un día ideal para caminar por el monte de noche. Elegí la senda Santé que me obligaba a pasar por la parte alta del robledal que sube trepando por la ladera desde Miraflores. Y sí, allí me lo encontré todo él vestido de la bella herrumbre que deja la estación en sus hojas, los troncos tapizados por la plata vieja de los líquenes, mientras por la ladera los helechos de color ladrillo tostado se extendían a sus pies como vistosa alfombra formando un paisaje monocromo de colores pardos y sienas que recordaba algunas preferencias de Van Gogh cuando éste se empeñaba en sacar partido a la gama de ocres en sus Girasoles.



Este camino Santé me resulta hoy una simpática trocha bien trazada que se adapta perfectamente a mi ánimo, una ascensión tranquila mientras el final de la tarde se va transformando en noche. El bosque estaba silencioso, ni siquiera los pájaros alteraban la acogedora ascensión entre los pinos más arriba. Me volví en algún momento. Quedaba un poco de sol allá por el puerto de Canencia. Las últimas luces se recreaban en las aguas del embalse de El Vellón, el llano se iba alejando a buen paso a mis espaldas.



Estaba cantado, se me hizo de noche por el camino, pero era grato caminar en la oscuridad, pese a que terminé perdiendo el sendero y liándome entre los piornos: sólo un poco. La cumbre, salpicada de monolitos por aquí y por allá, con pequeños prados entre ellos, resultaba un lugar encantador bajo la luz de la luna. Cuando llegué a ella dejé el macuto un poco más abajo de la cima y subí hasta el cilindro geodésico con el trípode y la cámara. No hacía mucho frío y el espectáculo a mi alrededor me pedía dedicar un rato largo a probar  suerte con alguna toma nocturna. Por levante Valdemanco aparecía aislado a los pies de Cancho Gordo abrigado en una discreta oscuridad. Al sur, el llano, presidido por la Luna, eran luminosas constelaciones color ámbar dando cuenta de la presencia de los pueblos recogidos ya en el frío de la noche.

Me dediqué una hora larga a ir de un lado para otro a la búsqueda de un motivo para mi cámara. Trato de aprender de esa troupe de buenos fotógrafos que andan por mi FB. A falta de otra cosa para un primer plano pruebo con mi silueta en distintas posiciones, luego compruebo que también una simple fotografía de unas rocas con alguna estrella al fondo resulta atractiva. Sobreexponer, subexponer, probar esto y lo otro. Me había hecho a la idea de dormir al raso visto lo despejado que está todo, pero quiero probar qué efecto produce la tienda en este paisaje lunar y elijo un punto para montarla desde donde pueda hacer alguna fotografía de la tienda con la luna, pero que a la vez me permita ver amanecer desde ella. Pruebo a hacer una docena de tomas. No quedan mal. He utilizado un ISO excesivamente alto para acortar el tiempo de exposición, pero bueno, aún así el resultado me gusta.



Intento primero con el pedazo de luna que preside el llano con un primer plano de rocas. No está mal, lo que veo en la pantalla se parece a la enorme caldera de un volcán en donde la lava burbujea como espuma entre bancos de oscuridad. Pero le falta un primer plano a la imagen, así que ensayo varias posturas subido sobre una roca, una en especial con los brazos en alto. Miro en la pantalla; parezco un profeta allí en lo alto del monte, una especie de Moisés en el Sinaí intentando convencer a gritos al mundo de abajo de sus equivocaciones cuando dan la espalda a la Naturaleza degradando sus bosques y sus montañas. Luego cambio el trípode de lugar y dirijo la cámara hacia La Cabrera, más específicamente hacia Valdemanco donde mi hijo Mario y Andrea todavía estarán currando en la puesta en marcha de su nueva quesería (ya me encargaré desde aquí de hacerles propaganda cuando esté funcionando. El queso que hacen ellos es de los más ricos del país). El resultado es un conjunto de lomas sumidas en la oscuridad y en cuyas honduras las luces de los pueblos parecen pequeños lagos de lava hirviendo. Después le llega el turno a la tienda de campaña y a unas pocas estrellas del fondo. Meto una linterna dentro y pruebo con distintos tiempos. Queda algo así como si los marcianos hubieran aterrizado sobre la cumbre de la Najarray estuvieran a la luz de una linterna deliberando sobre esas noticias que les llegan de Marte y que algunas voces sugieren que se trata de una marciana que ha sido abducida a la condición de presidenta de la Comunidad de Madrid. Y por cierto, que no sé yo si habrá alguna verdad en ello, porque algo raro sí había esa noche por allí, de hecho a la mañana siguiente, cuando el sol apenas había empezado a enseñorearse sobre la Tierra, abrí la cremallera de la tienda y lo que encontré frente a mí asomándose por entre las rocas fue esto:




es decir, una señal más de que hasta las cabras del Guadarrama estaban moscas con el asunto de la tal Ayuso y venían a fisgonear junto a los marcianos en ese milagro que supone que Madrid esté gobernada por una alienígena.

La Najarra, junto con la Maliciosa, la Peñota y Abantos son las cuatro cumbres del Guadarrama que semejan las proas de cuatro barcos dispuestos a navegar por el llano madrileño. Este parecido se acentúa de noche cuando desde la distancia de las cumbres las múltiples lucecitas del llano podrían confundirse con barquichuelas faenando en la oscuridad de un mar.

Tras mis deberes de fotógrafo echo una última ojeada a mi alrededor, ahora ya la luna bañando plenamente la espaciosa cumbre, y termino recogiéndome en mi casa de tela. La última vez que dormí en esta cumbre había llegado proveniente de Canencia, eran las dos o tres de la mañana y me eché a dormir al lado del mismísimo camino. Ni soñando me hubiera imaginado que una hora más tarde me despertara todo un batallón de caminantes que no me pisotearon de puro milagro. Durante quince minutos convirtieron la cumbre en la fiesta de un pueblo. Era un entero club de montaña que precisamente esa noche habían decidido hacer una marcha nocturna por la Cuerda Larga.Espero que mi soledad no sea perturbada hoy por ningún esporádico grupo de caminadores  nocturnos. Buenas noches.


 

 

 

 

 

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