Noche de Navidad en pico del Lobo

 




Cota 2195 junto al pico del Lobo, 25-26 de diciembre de 2020

 

Presiento que invoco acaso con excesiva frecuencia la vida en mi blog, la vida aquí, la vida allá. Podría buscarle explicación, pero qué otra cosa puedo hacer en cualquier ámbito en que me muevo, si en todo momento no me habré apartado ni un ápice de eso, de la vida. La vida que transcurre en casa, la que está sucediendo cuando leo, sueño o me fundo en un acto con la otra carne o la tierra, o la vida proyectando subir a un monte cuando se prevén temperaturas de más de diez grados bajo cero que se pueden transformar en una sensación térmica de veinte; la vida, esa cosa rara a la cual estamos agarrados día y noche y que de vez en cuando sacamos a pasear al frío cuando no al peligro de alguna ascensión incierta.

La vida podría ser como la respiración o como el sístole diástole del corazón, que están ahí, apenas sin que les prestemos atención, sin saber de su existencia a no ser que caigamos enfermos, pero que si se la presta, acaso con más disposición, cuando se van cumpliendo muchos años, o lo hace el solitario que, a cada revuelta del camino o ante el espectáculo que la naturaleza despliega a cada momento a su alrededor, siente los latidos de ésta como una revelación que continuamente saltara en su pecho pidiendo la parecida disposición que prestamos cuando nos entregamos a escuchar una sonata, un concierto que a veces consigue con su melodía, la irrupción de una flauta o el solo de un violín, ponernos los pelos de punta.

Hoy, como otras veces, salí a buscar la vida un poco más allá de mi casa. Curioso día este de Navidad, que al limitar nuestros encuentros familiares el Covid, hasta treinta y cinco nos juntábamos algunos años en nuestra casa, casualmente dejó en el limbo la fecha hasta el punto a que me decidiera a eso, a buscar otro tipo de fiesta subiendo alguna de nuestras montañas.

De momento el termómetro dentro de la tienda marca tan sólo nueve grados bajo  cero, pero la ventolera que la zarandea debe de proporcionar al ambiente una sensación térmica mucho mayor. Hace un rato, con el sol todavía sobre la línea de las cumbres de los montes Carpetanos, cuando el camino discurría por la ladera de Segovia, más allá del puerto de la Chana, en ese cordal que sale de Somosierra y va hasta el puerto de la Quesera y más allá, casi se estaba bien, pero en cuanto se asomó a la línea cimera aquello era tela, tanto que empecé a preocuparme porque ni había nieve para fijar la tienda con piquetas largas ni para las cortas, porque todo lo cubría la roca o un palmo de cristales de hielo que han debido esculpir los días pasados la niebla y la ventisca. Plantar la tienda en lo alto me parecía además imposible con esta ventolera. Quizás estaría a media hora de la cumbre del pico del Lobo, pero el sol se había ocultado y tuve que tomar una determinación. Descendí por la ladera sur buscando huir lo más posible del viento y tratando de encontrar un suelo sin rocas. Cien metros más abajo el viento disminuyó bastante. Decidí probar. Busqué inútilmente alguna piedra con que meter las piquetas en un suelo que estaba helado. Probé hacerlo a patadas. El viento se llevaba la tienda y tardé tiempo en instalarla. A veces me tenía que quitar los guantes porque entre el frío y el viento no atinaba. Quedó bastante inclinada sobre la pendiente, pero menos daba una piedra, me dije. Hoy incorporé unos patucos de pluma, además de un segundo saco, y dentro de ellos se está bien. También el vapuleado de la tienda es discreto después de los tiros suplementarios que cosí días atrás en la parte más alta y donde los bastones le dan estabilidad impidiendo que la tienda se incline.

Subí de la parte de Montejo, un sendero a la orilla del río Jarama al otro lado del hayedo. Teniendo en cuenta el considerable desnivel de la ascensión y lo largo del camino salí de casa mucho antes, pero ni aún así pude llegar hasta la cumbre de día, como quería. Me quedé a un par de kilómetros en un pequeño cerro que el IGN marca con la cota 2195. Llevo varias semanas que siempre me sucede lo mismo, se me hace de noche colocando la tienda. Es una subida larga que discurre entre robles, algún haya y pinos. En la parte alta me sorprendió encontrarme retamas, piornos, y los pocos pinos que había totalmente cubiertos de hielo. Toda la mancha blanca que cubría la sierra que veía desde abajo, era el trabajo que días atrás la niebla y la ventisca habían hecho esculpiendo con hielo ramas y vegetación. Eso o que los forestales, muy hogareños ellos se habían entretenido en adornar la sierra con ocasión de la Navidad. Un poco más arriba el hielo ya lo cubría todo, cada brizna de hierba, cada rama de árbol, se habían convertido en un alargado y simpático carámbano. En la parte norte, donde los árboles llegaban a la linde, fue atravesar por una atractiva bóveda de hielo formada por las ramas de los pinos.


Se estaba haciendo tarde rápidamente y un poco más arriba las cumbres se cubrieron de caramelo con el último sol del día, justo en el instante en que se me acabó la batería de la cámara. Me lo tuve que pensar dos veces para descargar y buscar la batería de repuesto, algo que no habría hecho ni soñando en otro tiempo, y que ahora, a la vejez viruelas, hasta de eso soy capaz, buscar la dichoso batería en medio de la ventisca si la cosa promete una buena fotografía. Y al final para nada porque, sí, la batería estaba, pero descargada. Cuando quise sacar el teléfono no quedaba rastro de ese bonito color ámbar con que las montañas a veces se visten de fiesta.

Las nueve y media. Lo malo de esta situación es que tengo que cenar y no es nada apetecible salir del saco para atender a mi cuerpo. Incorpórate, saca medio cuerpo del saco, busca el hornillo, la sopa, en fin todo eso que si por mí fuera prescindiría de ello sin más, cosa en la que mi cuerpo probablemente estaría de acuerdo visto el biruji que hace fuera, pero que lo mismo mañana cuando le pida que me lleve al pico el Lobo, seguro que se escaquea diciéndome que para qué leche quiero yo llevarle al pico el Lobo, que ya está bien, que lo que él quiere es que le atiborre calentito ya en casa, a turrón y polvorones; sí, una fijación que tiene el amigo desde que era niño esa de los dulces por estas fechas.

Bueno, menos remoloneo, me voy con la cena.

La ventisca vapuleó toda la noche la tienda. Me asomé un par de veces fuera a ver en qué consistía esa débil claridad que se transmitía a través del doble techo, pero todo había sido invadido por la niebla. Pese al frío matinal me había hecho a la idea de dejar todo mi equipo dentro de la tienda y acercarme al amanecer a la cumbre del pico del Lobo, pero fue en vano, cuando amaneció la misma espesa niebla de la noche lo cubría todo. Y no sólo eso, la ventisca barría la ladera creando un ambiente inhóspito. No me dieron las ganas para preparar el desayuno, la bolsa de agua, como era de esperar, era un bloque de hielo, y una pequeña cantimplora que llevaba, que había metido dentro del saco de dormir, no daba para prepararme el tazón de muesli. Comí cualquier cosa con desgana y recogí todo mi equipo. Dos piquetas fue imposible extraerlas del hielo. La tienda entró a empujones llena de carámbanos en el macuto. El teléfono, un Samsung muy viejito que uso de gps, lo dejé encendido sobre el brazo. No iba a ser fácil bajar de allí en medio de la ventisca con una nula visibilidad. A veces las trazas del camino se podían seguir, otras tenía que echar mano del gps, una pantalla en la que con las gafas de sol apenas veía el trazo de la línea roja del OruxMap. Mientras viera esa línea todo iba bien, y no era poca cosa por la manera en que el viento lleno de pequeños trozos de hielo impactaba contra el cuerpo.

Hubo un pequeño alivio cuando el sendero descendió por la ladera segoviana. Allí el espectáculo era verdaderamente hermoso, cualquier brizna de hierba, las ramas, los troncos, todo había sido cubierto por el hielo. Los dedos de mis manos, muy sensibles después de un muy antiguo principio de congelación, habían empezado a ponerse rígidos pese a los guantes calefactables. Los meneaba de continuo, pero no podía hacer otra cosa. Me impuse ir todo lo deprisa que fuera con la idea de parar nada más dejar el hielo atrás y dedicarles un rato de ejercicio y calor. Estaba llegando al alto que hay al este del Reajo del Puerto cuando caí en que había perdido el teléfono, probablemente abriéndome paso entre el hielo de las ramas de los pinos y las retamas. Inmediatamente di la vuelta, pero no había andado más de cien metros cuando me paré a considerar la situación, o el teléfono o la necesidad de activar la circulación de mis dedos lo antes posible. Opté por esto último. Es un hecho por el que he pasado en algunas ocasiones y sé que bastan quince o veinte minutos con los dedos metidos entre los genitales y un suave movimiento de las falanges para volver todo a la normalidad. Saqué el segundo teléfono, el que uso corrientemente, y lo coloqué en el dispositivo de la muñeca. Allí estaba de nuevo la señal del Orux en medio de la pantalla formando más adelante un ángulo recto que dejaba al frente el camino de peña Cebollera y puerto de Somosierra y tomaba a la izquierda rumbo a la cuerda que lleva al río Lozoya y al hayedo de Montejo. Bendita señal, sí, cuando la niebla y la ventisca les da por hacerte difícil encontrar tu camino.

Peña Cebollera

Cien metros de desnivel más abajo era ya otra cosa. Todo estaba bonito a rabiar y la línea del Orux se mantenía perfectamente en el medio. Sólo había que bajar y bajar por aquella loma. Mucho más abajo hasta el sol tuvo la gentileza de abrirse paso entre las nubes. Desapareció el hielo y entonces fue el momento de dedicarle tiempo a los dedos de la mano y comprobar después de diez, quince minutos que la sangre volvía a fluir con casi normalidad por mis dedos. Diez minutos más y ya estaba, volví a meter las manos en mis guates términos de cuyo interior salía un calorcito muy agradable.

Era chocante, cuando conducía la furgo después de las revueltas de Montejo, ver allí al fondo la sierra de Guadarrama totalmente despejada, mientras tras de mí las nubes ocupaban la sierra. El día anterior había sondeado las condiciones meteorológicas de las montañas de los alrededores y yo había elegido las que mejor pronóstico tenían. Date, para que te fíes.

Espero que nadie que lea esta crónica se sienta inclinado a salir a dormir por las alturas. Yo no lo buscaba y me lo encontré. Así que quede claro que no recomiendo hacer este tipo de excursiones cuando las condiciones del tiempo, incluso llevando buen equipo y teniendo experiencia, pueden poner en un aprieto a cualquiera si un mínimo incidente se pone por medio.  

 

Nota: Mi viejo Samsung debió de pasar a mejor vida en las cercanías del collado de la Chana. No obstante, si algún suertudo se lo encuentra y me lo dice lo mismo puede seguir sirviéndome de navegador. 

 


 

 



 


No hay comentarios: