Peña Berracosa, 12 de diciembre de 2020
Hoy estoy embutido en dos sacos. Después del destrozo del viejo Pedro Gómez la pasada semana en Peña Quemada me he decidido por los dos sacos que quedan en casa. Lo mismo con ello me evito una inversión que no preveía. Y es que los precios de los buenos sacos para invierno son un pastón, están por la nubes. De momento un poco estrecho pero nada más. En la cima de Peña Berracosa el viento sopla con ganas pero la tienda ni se mueve después de unos arreglos que le he hecho, nuevos tiros y los dos bastones con un par de cordinos que impiden que la tienda se tumbe. Si alguien quiere comprar la patente del invento estoy dispuesto a venderla J … y es que no es poco que con fuerte viento la tienda se mantenga erguida y pueda tontear con el viento en igualdad de condiciones. Con las incorporaciones que voy haciendo a mi equipo, hoy además unos guantes y unos calcetines de esos que se calientan con pequeñas baterías de litio, ya casi estoy preparado para no faltar a mi cita semanal con las cumbres.
Hoy fue una decepción enfilar la carretera de Burgos y encontrarme con que el bello manto de nieve en el que esperaba estrenar mis raquetas había desaparecido. No estaba seguro, las había metido en la furgoneta esperando poder caminar por los bosques Carpetanos como en los mejores tiempos de nieve, pero allá, pasadas las Cuatro Torres, cuando se empezaron a ver las montañas, decepción, nada de nada, sólo algunas miserables manchitas de nieve adornaban lo más alto del Guadarrama.
Le estoy empezando a coger un gusto muy especial a esta parte norte de la sierra de Guadarrama, los montes Carpetanos, una cuerda que desde lejos no llama mucho la atención porque no tiene picos prominentes a excepción de su punto más elevado y meridional, con Peñalara y Claveles, pero que encierra innumerables y profundos valles, así como estribaciones donde sobresalen acogedoras alturas como peña de
Sí, últimamente eso del alma, desgajada ahora de toda la tradición católica que la secuestró para fabricar con ella una entelequia destinada a hacer la corte por toda la eternidad a un dios ególatra de luengas barbas, últimamente, sí, me suena a música de caramillo, como de algo que siendo la esencia de nuestro yo necesita infinitos cuidados y atención. Si el alpinista que citaba aquí el otro día escalaba para su alma, yo puedo decir que estoy donde estoy, rodeado de vientos, niebla y frío, por mi alma. Bien podría cantar yo también ahora aquello de “el que tenga un amor, que lo cuide, que lo cuide”, referido a mi alma. Porque, vamos a ver, qué puede encontrar uno en el mundo más importante que su propia alma, alma que, sabiendo que disfruta con los bosques y el aire de las alturas, hay que contentar. Si al alma le place la soledad, las montañas y los bosques, pues a darle montañas y bosques que te crio; que a tu alma le placen los colores del campo, el aroma de las flores, la poesía, la música o esos retazos de empatía que encuentras en alguno de tus hermanos los sapiens, que… pues, coño, ¿a qué esperamos?
Yo, por ejemplo, sé de buena tinta que a mi alma le encanta la soledad o los largos ratos de mirar sin hacer nada por la ventana de mi cabaña, o sé que le place la música del viento o la ventisca, o qué sé yo, que a mi alma le crecen de continuo deseos entre una sinapsis y otra, que a veces está leyendo un poema y se encapricha del color de un cielo de invierno, o está distraída y le viene una brisa sobre la que cabalga el aroma del cantueso o la madreselva y queda patidifusa de placer.
Así que, ale, ale, a sacarla de paseo allá donde pueda engordar de gusto. Hoy, por ejemplo, que yo quise servirle caminatas por la nieve, pero que no habiendo le di el color de la pinácea, el rumor de los arroyos, la agaché incluso a besar una pequeña y solitaria flor que ella y yo nos encontramos en el camino. Me agaché, y le dije, mira, ahí tienes un alma solitaria como tú, sola, a merced del viento y el frío. No era muy bonita como una de esas flores despampanantes cuya belleza te quita el aliento, pero su belleza estaba en la sencillez de su porte, en que era la única en este tiempo de fríos e inhóspitos vendavales. Y estando agachado aproveché también para llevarme su recuerdo en el cuarto oscuro de mi cámara.
Estas crónicas escritas dentro del saco, hoy dentro de dos, tienen un encanto especial. Crónica la de hoy rodeada de vientos, la pasada semana de ventisca, hace un mes sobre Cabezas de Hierro sin tienda envuelto en una espesa niebla que a veces abría un hueco para mostrarme al otro lado el llano madrileño iluminado por las luces de los pueblos; otro día en Peña Águila bajo las estrellas con un inesperado compañero de vivac con el que charlé casi hasta el amanecer; otra de hace poco con el amigo Cive en Peña
Son apenas las diez y media, fuera el viento sigue afinando sus cuerdas entre el hielo que cubre las hojas de los pinos y en el saco se está de pm, que diría mi hijo Guille. No hay más novedades. Creo que voy a dedicar un rato a una larga ensoñación con la música de fondo del viento y esos pequeños cascabeles que a veces suenan cuando los hielos de los árboles se dan de golpecitos unos con otros. Así que buenas noches. A ver qué tal amanece mañana.
Braojos












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