![]() |
| Contemplando la constelación de Orión sobre las cumbres de Siete Picos |
Collado de Marichiva, 5 de enero de 2021
Bueno, ya tengo el cuerpo a tono y puedo dedicarme a mi crónica semanal. A seis bajo cero, que es lo marca mi termómetro, y creo que se equivoca, no es fácil encontrar el acomodo para hacer estas cosas. No son muchos grados pero es que entre poner la tienda y dedicar un buen rato a hacer alguna fotografía cuando ya era demasiado de noche, pues eso que las mano se te te quedan como témpanos, esas manos mías que son más delicadas que la leche, que en cuanto el termómetro baja un poco ya empiezan a chillarme.
No tenía un plan muy preciso hoy, primero había pensado marcharme a Lozoya para subir al Nevero, pero saliendo, ya en carretera, vi Guadarrama tan despejada que tiré enseguida por la carretera de
Hoy antes de salir de casa se me ocurrió pesar mi impedimenta y casi me llevé un susto, la aguja se detuvo en los diecinueve kilos. El saco suplementario, las raquetas, los crampones, el piolet, el trípode y la réflex tenían la culpa de ello. Piolet para usar de martillo o extraer las piquetas, que no creo que lo fuera a necesitar para otra cosa.
Llegar al collado de Marichiva me costó bastante más de lo usual pese a que las huellas hacían bastante cómoda la ascensión. En Marichiva me encontré tres compañeros que bajaban de Montón de Trigo por una ruta que no conocía, unas huellas que bordeaban por la izquierda la ladera de Cerro Minguete y recorrían el bosque a media ladera. Decidí seguir ese itinerario en vez de subir directamente. El bosque estaba bonito como para comérselo, las ramas cargadas de hielo, las huellas subiendo y bajando por ese mundo encantado y solitario, ahora ya casi a la caída de la tarde, me recordaban el paisaje nórdico de los bosques de algunos vídeos que había visto recientemente y que estimularon mis ganas de pasear por ellos. Me dieron ganas de ponerme las raquetas y deambular sin rumbo fijo por el bosque. así que terminé poniéndomelas y abriendo huella por ese mundo de cuento que poco a poco empezaba a vestirse con las luces del crepúsculo. Se me quitaron las ganas de subir a ninguna cumbre, el bosque era mi abrigo y el regazo en donde se recostaba mi ánimo.
Terminó haciéndose tarde en medio de aquel deambular sin rumbo fijo y me surgió la duda de si continuar ladera adelante. Al final opté por regresar a Marichiva donde tendría un buen emplazamiento para la tienda y un balcón perfecto para ver amanecer. Quizás al día siguiente subiera a Montón de Trigo. Me había alejado demasiado de Marichiva y cuando quise darme cuenta el sol empezaba a decir adiós. Llegué con el tiempo justo para sacar alguna fotografía de Siete Picos, justo ese gracioso momento en que las cumbres se visten de caramelo.
“¿Existe algún tipo de sabiduría –se pregunta Thoreau en Una vida sin principios- que no se aplique a la vida?” Y es que como me paso el tiempo en este blog hablando de la vida, de algún modo tengo que justificar esta continuada referencia. Citar a alguien prestigioso siempre ayuda a justificar “las manías” de uno, manías y, acaso, dislates, porque un dislate se me parece esta noche, bajo la tela de mi tienda de campaña posada como un ovni sobre el collado Marichiva, hablar de trasgresión en el escenario público cuando esta trasgresión, de llevarse a cabo por guarros y vándalos, podría arruinarnos la sierra. Sí, quizás algunos comentaristas tengan razón y no debería haber hablado de trasgresión en un contexto de una sierra en cuya cercanía se yergue una ciudad de casi siete millones de habitantes. De todos modos, dislate… no sé, creo que de vez en cuando hay que intentar que la gente sepa que somos muchos los incondicionales amantes de la montaña, limpios, ordenados y cuidadosos con el medio, y no nos gusta que
(Un paréntesis antes de seguir para ver qué coño quieren ahora los zorros que rondan esta noche alrededor de mi tienda. Miedo me da que empiecen a mordisquearla (de hecho a la mañana siguiente me encontraría dos tiros rotos a mordiscos). He echado mano a la linterna y allí estaba la cabeza del zorro asomando por debajo del doble techo. ¡Largo, largo! Según le estaba chillando me ha dado un vuelco el corazón pensando que podría arrastrar y llevarse mis botas que estaban en el porchecito de la tienda. Después de lo que me han hecho un rato antes, vete a saber. Así que he metido las botas dentro. Lo único que queda fuera son las raquetas. De momento se ha ido. Ya veremos).
Las dos últimas entradas de mi blog me han permitido dar un vistazo, o incluso dialogar, con el mundo de esos amantes anónimos de las montañas que pueblan las tierras de este país, personas con las que comparto mi afición a caminar, a dormir bajo las estrellas y a poner la tienda, cuando llega la noche, en lugares remotos para descansar de una larga jornada de trepar por la montaña. Agradecido estoy por este encuentro y por reconocerme uno más entre esa fauna humana de locos que encuentran por las alturas el contento para su alma.
A la altura de lo que voy leyendo de Thoreau, éste se había despachado con la lectura de algunos capítulos sobre los buscadores de oro en Australia y aquella misma noche, con la visión de las excavaciones en mente, se pregunta: “¿Por qué en lugar de esa penosa tarea, no dedicarme mejor a excavar y socavar pozos de minas en busca del oro en mi interior?” No habla aquí Thoreau, un asiduo caminante, de sus largos paseos por
Bueno, ahora sí, ahora la historia de los zorros. Estaba añocheciendo rápidamente y el último rayo de sol había desaparecido de las cumbres de Siete Picos. Había dejado el macuto apoyado en una roca próxima y me había puesto a montar la tienda. Estaba en ello cuando sentí un ruido. Pensé que era algún tardío caminante y me volví. ¡Coño! Un zorro ponía pies en polvorosa llevando en la boca mi bolsa de la comida. Salí espantado detrás de él esgrimiendo en alto un bastón y gritando: ¡zorro cabrón! ¡Zorro cabron, suelta la comida! Pero el tío ni flores, corría más que yo. Desapareció bajo las ramas heladas de unos pinos. Mientras le chillaba corría. Me pareció que se había parado porque oí un ruido cercano. Me paré, agucé el oído, pero nada. Se estaba haciendo de noche y la linterna estaba en el macuto. Descubrí unas huellas que bajaban monte abajo. Descendí por ellas, nada. Di por perdida mi comida. El zorrito cabrón, después le recordaría con cariño pensando que quizás llevaba días sin comer mientras yo venía con el estómago lleno, se había llevado toda mi comida, la cuchara, el tenedor, la navaja, toda la manduca había volado. Me esperaba un ayuno no previsto. Un rato después, tras dejar colocada la tienda, mientras andaba disponiendo el trípode para fotografiar a Orion que con sus brazos extendidos andaba de caza por encima de Siete Picos acompañado de sus canes, siento un pequeño ruido y allí estaba otro zorro metiendo su hocico en mi tienda. Era una preciosidad de animal, precioso pero tozudo como él solo, porque no huía, se me ponía detrás de la tienda como si me estuviera retando. Estuve a punto de romperme las narices; cuando salí detrás de él enganché mi bota en un tiro y a punto estuve también de tirar la tienda. Cerré las cremalleras de la tienda mientras terminaba con las fotos. No, no desistió, tuve que echar una carrera detrás del él amenazándole con un bastón. Hace un momento, cuando le vi asomar la cabeza por debajo del doble techo, la verdad es que pese al susto de que mis botas pudieran desaparecer casi lo mire con ternura, un zorrito pequeño, eso, lo mismo el pobre llevaba varios días sin comer.
Con esta historia de los zorros he terminando acordándome de Rosie Swale, la mujer que más admiro en este mundo. Tiene mi edad y en este momento debe andar camino de Nepal por alguna parte de Asia Central, después de haber salido a pie desde un pequeño pueblo del Reino Unido. Rosie dio la vuelta al mundo sola a pie atravesando Siberia y Alaska en invierno. Cinco años le llevó aquello mucho después de haber cumplido los sesenta. Sola, entre treinta y sesenta grados bajo cero en Siberia y el norte de Alaska. Cuenta en la introducción de su libro, Just a Little Run Around the World (no hay versión en castellano) cómo una noche de invierno en Siberia estando en su tienda de campaña oyó ruidos fuera y cómo abrió la cremallera y se encontró con una manada de lobos cuyos ojos brillaban alarmantemente ante la luz de su linterna. A partir de aquel día, al final de cada jornada, siempre aparecían los lobos; así durante una semana, hasta que un día no volvieron a aparecer. Probablemente cuando Rosie cruzó los límites de su territorio, el de lo lobos.
Tengo tan profunda admiración por esta mujer que raramente su recuerdo me abandona. Me basta cuando pueda estar en una situación un poco expuesta, frío, ventisca, o alguna particular dificultad, cuando monto la tienda en condiciones difíciles, por ejemplo, recordar a esta mujer para que las dificultades se diluyan y se transformen en cosa corriente, cosas por las que simplemente hay que pasar cuando uno decide ponerse el mundo por montera. Hay cierta clase de higiene mental que viene por sí sola cuando intentas ponerte en la piel de personas en concreto. Me sucede, por ejemplo con las duchas de agua fría. Soy un friolero del copón, pero desde hace dos años que leí un libro de Casarotto, Una vita tra le montagne, y fui digiriendo una primera escalada que hizo solo este hombre al McKinley, quince días, treinta, cuarenta grados bajo cero, una aparatosa caída que paró su autoseguro… Desde entonces me meto todas las mañana bajo el chorro de ducha de agua fría sin respirar. Me basta acordarme de Casarotto y ya el agua me parece pasablemente calentita.
![]() |
| Siete Picos vestido de fiesta al final de la tarde |
No tengo ahora a mano el termómetro, pero me ha costado Dios y ayuda abrir la cantimplora y el pipiómetro. Por cierto que he encontrado un novedoso medio de calentarme las manos y los pies dentro del saco: mi pipiómetro, una botellita de plástico, después de orinar es una magnífica estufa. A Rosie Swale se le helaba absolutamente todo lo que no tenía la precaución de meter en su saco de dormir. Yo había olvidado meter cantimplora y pipiómetro en el saco. Menos mal que me di cuenta a tiempo.
![]() |
| De nuevo, Orion, el rey de la noche sobre levante |
Confío en que los zorros no me molesten esta noche. Un compañero al que le encontré vivaqueando en octubre en la cima de Peña Águila, me contaba que en una noche de vivac tuvo una pequeña lucha con un zorro por ver quién se quedaba con su comida y que el zorro había terminado desgarrando su saco de dormir. A mí mismo me sucedió hace un par de años en los Alpes; hacía una travesía en la que en tres días no tenía ningún refugio o modo de conseguir comida, así que me aprovisioné para ello. La primera noche, que llovía intensamente, había dejado una pequeña rendija de la cremallera abierta. Dormía profundamente y sólo decidí a incorporarme cuando el ruido llegó a mis oídos… pero el zorro de turno ya había volado con toda mi comida, sólo me quedó un paquete de zanahorias con las que hube de mantenerme los dos días siguientes hasta llegar a una pequeña aldea.
Son cerca de las once. Voy a tratar de dormir. Buenas noches.
Nota: Por cierto, está ya disponible a la venta mi último libro, La montaña en tiempos de pandemia. Aquí.
.










No hay comentarios:
Publicar un comentario