El Chorrillo, 16 de enero de 2021
Hoy, tras la larga espera debida a Filomena, al fin rescaté de correos mi nueva tienda encargada a los chinos. Tuve que calzarme los crampones, porque aunque había pasado el quitanieves la tarde anterior la pista estaba de darte de narices contra el hielo del camino. El hielo crujía bajo mis pies. El paisaje, blanco como si esta parte del mundo hubiera sido creada la noche anterior, dejaba ver a los olivos todavía cubiertos con algún penacho de nieve. A ambos lados del camino la nieve se acumulaba formando un parapeto como los que se podían ver en algunas estaciones de esquís de Suiza en invierno. Unos pocos almendros sobresalían en la linde atorados todavía por el frío. Olga, nuestra cartera, me había avisado diciéndome que ya me podía calzar las raquetas de nieve y darme una vuelta hasta su oficina, que los chinos me habían enviado un regalo y que además tenía una carta muy grande procedente de Ávila, que después resultó ser un libro que me enviaba mi amigo Paco el estrellero. Olga esta mañana había podido sacar al fin su coche del atolladero de la nieve y había acudido puntual a su oficina. Olga es la mejor cartera de la región sur de Madrid, y su bonhomía llega hasta el punto de tenernos al tanto cuando chinos, alemanes o andorranos tienen la gentileza de enviarnos algún paquetito. Casi nuestro ángel de la guarda, porque viviendo donde vivimos, anacoretas perdidos en el llano al norte de Serranillos del Valle, donde a veces el barro de los caminos nos deja como en el limbo, a fin de cuenta son Correos e Internet nuestra única conexión con el mundo cuando el tiempo se pone peleón. Olga tenía frío en los pies esta mañana y viéndome con botas y crampones a la puerta de su oficina, supuso que yo tenía la solución para su frío. Le di la receta para conseguir tener los pies calientes en sus horas de curro. Teclea en la web de Amazon “calcetines calefactables” y se acabó eso de los pies fríos. Son los que uso yo ahora cuando voy al monte y hace un frio del carajo.
De la tienda de campaña, los de AliExpress decían que era de doble capa, pero de doble capa nanáis. No obstante, menos da una piedra;
De momento la he instalado en la parcela y esta noche voy a estrenarla. La coloqué allá entre el plátano y el ciruelo, un prunus de esos cuyas flores llenan de color en la temprana primavera nuestra parcela. Quedaba bien a la caída de la tarde frente al último sol rodeada por una nieve que ya había empezado a menguar.
Mi amigo Jorge me había mandado a última hora un guasap recordándome cierta audición de
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No dio tiempo anoche ni para
Yo espero de mis tiendas siempre tener con ellas una relación quasi amorosa. Ya escribí en más de una ocasión alguna loa a alguna de ellas. Mi tienda puede convertirse con frecuencia en el hueco cálido de una bolsa amniótica cuando fuera la tormenta restalla enfadada contra el mundo de los humanos, cuando la ventisca sopla con violencia o una lluvia interminable me sorprende en una larga travesía por la montaña. Soy chico agradecido y de la relación que tengo con las piezas de mi equipo, con ella es con quien más se enternece mi ánimo cuando envuelto en el regazo del saco de dormir oigo golpear el diluvio contra su tela. En esas ocasiones a veces hablo con ella, le digo: “Calma, nena, tranquila, no te preocupes, aguanta, que esos bestias de los cielos no te van a romper el espinazo. Un poco de paciencia, que no hay mal que cien años dure”. Y para conjurar otros males, alterno el diálogo con ella con aquel otro dirigido a la señora tormenta, aunque a veces también le echo la bronca, poniéndola de bestia para arriba cuando sopla tan fuerte y me manda tanta cantidad de agua que la tienda tiene que agachar la cerviz y tumbarse sobre mí para minimizar el impacto de su violencia. Pero no siempre es así, porque también la tormenta y la lluvia torrencial merecen mis agasajos cuando compruebo que mi tienda, recia y viril como un guerrero troyano, resiste bien; entonces puede suceder que me ponga exultante a chillar y cantar de felicidad en medio del vendaval y la traca de los truenos, esos momentos en que la soledad y la fuerza de los elementos convierten mi estar allí en medio de ellos en un auténtico himno de la alegría, sí, ese que me mandó Jorge anoche. Los rayos iluminando la noche, el fragor de los truenos rebotando y formando profundos ecos en las laderas de las montañas. Jamás un hombre solo puede contemplar un espectáculo tan grandioso y hermoso como una violenta tormenta cuando éste se encuentra refugiado en el interior de una pequeña tienda de tela que apenas mide setenta centímetros de ancho. Bueno, sí, seguramente en el mar, ese mar que a veces se le encabritaba a Julio Villar que narra en su ¡Eh, petrel! cuando en su barquito de juguete daba la vuelta al mundo.
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Cuando paso meses por ahí caminando por el mundo, mi tienda y yo somos como una enamorada pareja que no puede vivir el uno sin el otro. Pasas el día caminando, llegas cansado al final de la jornada y ¿en los brazos de quién te recoges? ¿Quién acogerá tu sueño y repará tus fuerzas para al día siguiente continuar caminando? Ella… Le deseo una larga y bonita singladura por montañas y caminos del mundo.
Amén.




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