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El Chorrillo, 14 de febrero de 2021
Cuando era niño aquello de marica el último, cuando era niño y éramos capaces de hacer un equipo de fútbol con las chapas, la cabezota de Distéfano o de Gento dentro, el cristalito recortado encima, la masilla reforzando la chapa; cuando era niño y jugábamos al rompepeones, o con la lima apuntábamos al círculo siguiente para hincarla en la tierra húmeda, o saltábamos sobre los otros niños a pídola o al burro va; cuando era niño… ¡qué universo el de la infancia que en el futuro recordaremos con tanto cariño a lo largo de toda la vida! Bueno, pues más “cuando era niño”, cuando era niño yo acostumbraba como buen discípulo de los salesianos imitar a los niños santos de los libros que me encontraba por ahí. Y como la infancia siempre la llevamos pegada a la epidermis como un bien inapreciable, y mi infancia está llena de Santos Domingos Sabios (recuerdo que era un niño que bajo la protección de San Juan Bosco todos en el colegio reconocíamos como nuestro ejemplo a seguir) a los que intentaba imitar, ahorita que ya soy mayorcito, quizá por ese efecto de añoranza e imitación, me viene a suceder algo parecido. Uno puede ir encontrando personalmente sus verdades por el camino por sí mismo, pero hay otro modo intuitivo de aprendizaje que, sin necesidad de hacer indagaciones en la verdad, con frecuencia se nos impone con la fuerza de lo evidente cuando nos asomamos a las vidas de determinadas personas. No sé si tendrá nombre en psicología ese hacerse interiormente con el comportamiento o la filosofía de los otros sin más, porque te gusta, porque intuyes que aquello tiene un grado de excelencia. Acaso el concepto mimesis sea el más cercano. De niños aprendemos tantas y tantas cosas por imitación que no debería darnos vergüenza reconocer lo mucho que debemos a otros niños y, ya de adultos, a otras personas, en lo que se refiere al desarrollo de nuestra educación y la formación de nuestra filosofía de la vida.
Pues es que como otras mañanas, mientras estaba haciendo los ejercicios de mantenimiento, tuve que interrumpirlos antes de que la idea me volara. La interrupción me vino porque en un momento previo en que había echado una ojeada al Feisbuk me encontré con el nombre de Carlos Soria, lo que, mientras hacía ese ejercicio que llaman flexiones o lagartijas –ya casi voy por un centenar de golpe, dale que dale hasta que los biceps me arden– me puso sobre una nueva idea a desarrollar. Eso, me rondó, me acordé de esas personas que desde niño su hacer o forma de llevar su vida, de alguna manera me sirvió para ir orientándome en mi propio camino; esas personas que actúan a modo de brújula en tu interior, que te dicen por dónde puede quedar el norte cuando ves a tu alrededor tanto descarriado perdido en la niebla intensa de un páramo, gente que hace de conseguir pasta su motivo esencial, de hacer del poder su irrefutable objetivo, del consumo su referencia vital, en fin, gente sin una buena brújula en su haber que te ayude a no perderte en la espesa niebla de la realidad.
Cada cual tiene sus brújulas y sus linternas para abrirse paso en la oscuridad. Las mías las recabé muy de jovencito en el ámbito de la montaña que es a mi entender una buena escuela para aprender de las cosas esenciales de la vida y así, si de niño buscaba el ejemplo de Santo Domingo Sabio, un niño terrible que ponía piedras en su colchón para hacer del confort y descanso del sueño una penitencia demencial, pero que también tenía otros compartimientos dignos de imitar, de mayor siempre tuve la intuición de leer y considerar las excelencias de algunos hombres (sí, y mujeres, claro… dichosos tiempos estos del feminismo a flor de piel) como dignos de tener en cuenta.
Y es que la vida de algunas personas rezuma tal grado de salud que necio sería no tenerles en cuenta cuando un ligero banco de niebla se afinca en nuestro entorno. ¿Pero de qué coño estás hablando, tío?, me susurra mi diario, que me ve inútilmente dándole vueltas al asunto sin que me decida a hincarle el diente? ¿Decir acaso que en la vida de todo hombre o mujer siempre hay hombres y mujeres que por ellos mismos, por sus hechos, por sus escritos, por lo que sea, son fanales en la oscuridad, hachones para orientarse en el bosque? Pues hombre, de cajón es la cosa. Cuando un día en la tienda de Desnivel abro un libro recién salido del horno que habla de Carlos Soria y echo un vistazo y leo cómo comenta éste del origen de la fuerza de sus brazos, esos tiempos en que no había agua en las casas o faltaba, y de niño tenía que ir a la fuente a por agua con un cubo de zinc en cada mano (como también me sucedía a mí); cuando abro el periódico y veo que ese niño se ha hecho mayor mayor mayor y sigue empeñando en hacer de sus brazos y sus piernas un trabajo necesario, entonces acarrear agua, ahora trabajar para su alma y su pasión montañera, pues eso, que no hace falta decir más.
Ponga usted un Carlos Soria en su vida y márchese tranquilo camino del final porque seguro que cuando éste le llegue podrá besar ese último instante con parecido gozo con el que él lo hizo algún día en alguna de sus cumbres más queridas. Lo de Carlos es tan sólo un ejemplo entre tantos; si usted no es aficionado a la montaña, no pasa nada, el muestrario de posibilidades es infinito, en el grado más corriente basta con tratar de ser una buena persona y no aliarse del bando de los hijos de puta, todos esos que hacen del planeta una mierda. A partir de ahí, salud y a no equivocar el camino... Sobran hombres y mujeres en que poner los ojos para intentar sobrellevar y mejorar nuestras vidas.
¡Eh, eh, eh, tú, que parece que estuvieras en un púlpito!
Vale, vale, usted disculpe, es que uno empieza a rodar y no para, que ya se sabe que habiendo tanto tonto el culo en el planeta a uno en el menor descuido se le sale el verbo por los imbornales.
A partir de ahí, decía, habría que besar los pies a todo sapiens que, consciente de la mierda que se esparce de continuo sobre el planeta por unos y por otros, saben eludir meterse en un callejón sin salida y hacer de sus días algo medianamente hermoso para él y sus vecinos y, si se quiere, para la comunidad global, que en tratándose de ser buena persona todo es bueno para ésta.

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