El sendero, familiar, tranquilo, esas sendas que recorres desde hace más de medio siglo, los pinos del Guadarrama, las rocas con su penacho invernal de verde intenso, el color pajizo del suelo cubierto por la pinácea, unos pocos brezos, todo como estar en casa; el sendero discurría haciendo bucles en una tarde de brumas que no dejaba ver las montañas. Se acabó el invierno, venía pensando mientras veía aparecer aquí algunos raquíticos ejemplares de crocus que lucían un desteñido color malva en sus pétalos, quizás producto del frío de los días pasados. Mi equipo, todavía de invierno, era lo suficientemente pesado como para que la cuesta se hiciera notar ya a la altura del Cerro del Reajo Alto.
Días atrás, leyendo a Juanjo San Sebastián, me admiraba el cariño con que éste se refería a Manuel. Manuel era la persona con la que había empezado a salir al monte Juanjo cuando todavía era niño, un hombre que se prestaba a llevar de excursión a una pandilla de críos y con quien descubrió un mundo nuevo, la montaña, que sería par él sobre lo que iban a girar todos sus sueños y actividades de adulto. De él, cuenta, aprendió los primeros rudimentos para moverse en la montaña, pero de todo ello lo que mejor recordaba Juanjo era cómo desde el principio el esfuerzo fue una de las primeras ideas que calaron en él como si este fuera a ser el compañero inseparable de la mano del cual haría en el futuro una vida a la altura de sus sueños. Niños de mantequilla y chocolate llamaban ellos a otros chicos, conscientes de ese estatus especial en que la práctica de la montaña les ponía.
En pensamientos así entretenía esta tarde mi caminar solitario. Y es que, aunque jubilado desde una década y media, maestro jubilado, me llevan los demonios cuando observo lo general que se está haciendo tratar a los niños como si fueran de mantequilla, o peor todavía, como si fueran imbéciles. Días atrás, encontrarme con este capítulo del libro de Juanjo, Cuánto es mucho tiempo, me supuso un alivio, porque tal como está el patio a uno a veces hasta le entran dudas, que ya me ha pasado que haciendo defensa de una pedagogía del esfuerzo, un profe de los de ahora me viniera a decir que eso del esfuerzo es lo que predican los de Vox, que ni idea tengo yo de lo que predica esta gente o deja de predicar porque yo con la basura no quiero saber nada, pero que de cualquier manera lo predique quien lo predique siempre será el esfuerzo una herramienta sine qua non, algo sin lo cual es impensable crecer y sacarle jugo a la vida.
Los ochocientos metros de desnivel entre Cercedilla y
Era esa paz la que se respiraba en la soledad de la cumbre. Después de poner la tienda me di otra vuelta a ver si la puesta de sol me deparaba alguna sorpresa suplementaria, pero no, la bruma deglutió cualquier atisbo de regalo.
Hoy debe de haber una luna grandota en el firmamento así que he dejado todo el lateral de la tienda abierto para cuando despierte durante la noche gozar de su compañía. Leía a ayer la última parte del libro de Koestler, Diálogo con la muerte, sus postreros días de cárcel; expresaba allí cómo los hechos nimios de la vida diaria de preso, la carencia de tabaco, lo ruidos nocturnos, que a veces eran la señal de nuevos fusilamientos, el aburrimiento, algo que veía por la ventana, se constituyen en el preso el centro de sus sensaciones y preocupaciones al punto de que la guerra y cualquier asunto externo a la celda queda a miles de millas de distancia. Me sucede algo parecido cuando cada semana dejo el coche atrás y me sumerjo en un bosque, asciendo alguna montaña, pero muy especialmente cuando me instalo en la tienda. Dentro de la tienda recupero un tipo de conciencia muy especial, el viento que la agita, la niebla o las estrellas, o esa agradable sensación de soledad, o el silencio. Es como si al cabo de una semana volviera a encontrarme con mi yo, pero otro yo ligeramente distinto al que se encuentra durante la semana en casa, uno que tiene mucho de bestezuela salvaje, uno que sale del año y día en que todos viven para regresar al Paleolítico, a la vida simple junto a los elementos, el frío, la noche, los bosques, las formaciones de granito. Me recuerdo vagando hace semanas por la nieve que recién había cubierto el bosque, el lento deambular con las raquetas, otros días con muchos grados bajo cero y la ventisca vapuleando mi tienda, o subido en una cima con todas la luces del llano madrileño a mis pies como si éstas fueran las linternas de peces abisales de un cuento marino.
Cuando se pasan largas noches solo por las cumbres uno vive sensaciones muy peculiares y si lo hace con mucha frecuencia lo que sucede es que se produce un desdoblamiento, y cuando la ciudad queda atrás es como si uno retornara a otra personalidad, ni mejor ni peor, aquí no hay míster Hyde ni míster Jekyll que valga, simplemente otro. Me meto en la tienda, organizo todo, me tumbo, ya dentro del saco, y las vivencias de otras correrías acuden a mí como parte de esta nueva personalidad que he adoptado.
Las palabras no son siempre un instrumento capaz de recoger lo que uno siente, así que sólo cabe hacerse una idea. No había reparado yo en esta reconversión hasta ahora, pero me da que sí tiene visos de poder dar cuenta de alguna de esas sensaciones que andan a la deriva esperando que alguien las ponga en orden. Del ámbito de las noches de lectura junto al fuego, una película de vez en cuando o una partida de ajedrez paso a aquel otro en que soy uno con el todo que me rodea, viento, soledad, noche, silencio. Y así aunque esté en Guadarrama, eso que malamente llaman parque nacional, en realidad no estoy en Guadarrama, estoy en el vasto mundo de las montañas, los vientos y las estrellas, o las brumas. Perfecto: me he convertido en un salvaje (… un salvaje que lee).







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