Peñalacabra, 29 de marzo de 2021
¡Carajo! Y yo que creía que había acabado el invierno y aquí estoy con la escotilla cerrada a cal y canto refugiado en este abrigo de pluma mientras fuera el viento zarandea mi tienda como en lo mejores tiempos. Tuve la opción de guarecerme en alguno de los abrigos de piedra de la cima sin más, pero aunque la méteo no anunciaba lluvias… quién sabe, allá hacia Malagosto las nubes habían empezado a cubrirlo todo. Vamos, que preferí montar la tienda.
El tiempo estaba brumoso, indeciso, y por tanto dejaba un paisaje deslucido y poco apetecible, pero bueno, quién sabe. La cámara estaba ahí como durmiendo una larga siesta después de la comida. No merecía la pena despertarla. Todas estas laderas de los Montes Carpetanos albergan inesperados rincones, un prado, una dehesa, un recoleto rincón donde canta un arroyo, pero la tónica general son grandes robledales en la zona baja, los pinos a continuación según se gana altura, brezales, piornos y algún que otro ejemplar arbóreo que invita a la contemplación, un robusto árbol que siempre te sirve para componer una buena fotografía con la bella perspectiva de Peñalara al fondo. Subir por estás laderas siempre te ofrece la posibilidad de contemplar el lado más robusto y hermoso de esta cumbre que aparecía al fondo del valle de Lozoya como un ciclópeo monarca vestido todavía con el blanco armiño del invierno.
El tiempo neblinoso, las nubes amenazando desde Malagosto con engullir poco a poco el entero cordal, los campos de nieve a esta hora de la tarde en que la luz empezaba a languidecer, daban al paisaje un aspecto desolado y triste que el viento contribuía a acrecentar.
Me costó poner la tienda en medio de tanto viento, pero bueno, aquí estoy, ahora ya con las manos calientes después de haberlas dejado un buen rato apretujadas entre los huecos de esa maravillosa calefacción que son los genitales. He comparado algunas veces el confort del saco de dormir con la bolsa amniótica en la que vivimos durante nuestros primeros nueve meses de vida; el saco de dormir y la tienda de campaña, cuando el tiempo es francamente malo o frío, son dos imágenes recurrentes que recuerdo con sumo placer cuando en casa, junto al fuego de la chimenea, me dejo deslizar hacía los recuerdos más amables de la vida. Recrear esos instantes en que una fuerte lluvia azotaba la tienda, los instantes de una tormenta o, como en este invierno, esas noches de intenso frío en que la ventisca parecía en algún momento querer llevársela por delante, constituyen unos de los mejores réditos que la memoria va guardando en sus anaqueles al alcance de la mano.
Ayer leía a Alessandro Baricco, Océano mar, y en cierto punto, sorprendido por una afirmación de uno de los personajes, me vi obligado a hacer una pausa en la lectura en el momento en que confesaba haber descubierto una pequeña verdad cuando comprendió que los deseos eran lo único verdadero. Uno espera que sean otras cosas las que salven a la gente, decía, el deber, la honestidad, ser buenos, ser justos. No, los deseos son los que nos salvan. La vida, lo que uno va aprendiendo a lo largo de la existencia, está hecha de pequeños descubrimientos que va incorporando poco a poco a su pensamiento como parte de esas certezas que todos necesitamos para orientarnos en nuestras determinaciones, todo eso que en pequeñas porciones van dando forma a nuestro modo de pensar, a nuestra filosofía de la vida. Quizás esa afirmación constituya una de las piezas importantes que se podrían incorporar al corpus de nuestras creencias. El budismo abomina de los deseos porque ellos, dicen, son causa de dolor posterior, y en consecuencia tratan de anularlos. Tratan de anularlos, pero pasando, paradójicamente, por aferrarse a un poderoso deseo: el deseo de no desear. Yo, que no soy budista, aunque me gustan muchos de sus planteamientos y considero que la meditación zen es otro de los hallazgos que uno puede incorporar a sus mejores hábitos, estoy plenamente de acuerdo con la afirmación que hacía el personaje de Baricco, ponga usted un deseo en su vida, un sueño, y si éste es grande mucho mejor, y la vida será más hermosa que nunca. Y recuerdo aquí que precisamente hoy lunes ha salido para Nepal uno de los soñadores más magníficos que ha dado la edad madura de todos los tiempos, sí, un señor, un vejete magnífico de ochenta y dos años que un día soñó un hermoso sueño, probablemente el deseo más poderoso que le poseyó nunca, que consistía en culminar las catorce cumbres de ocho mil metros de este planeta en los tiempos de su jubilación.
Si, Buda se equivocaba, se equivocaba como la paloma de Serrat que creía que era el mar era el cielo, que la noche la mañana… Esto escribía cuando me entró la curiosidad de saber si estaba envuelto entre las nubes o si acaso tendría ahí mismo casi toda la luna llena para mí. Era casi la una de la mañana. Abrí la escotilla y date, una buena claridad llenaba el techo de mi tienda. De inmediato me vino un deseo: ¡Benditos deseos! Hacía frío, pero… los deseos mandan. Desenfundé el trípode, armé la cámara, salí del saco y allá voy. Ahí estaba la luna esperándome para componer la fotografía que mañana probablemente encabezaría mi post semanal de las noches en las cumbres.
Variaciones sobre el mismo tema: la silueta de un hombre que medita frente al sol del crepúsculo la pasada semana, otro día la tienda piramidal del amigo Cive con él mismo que se había levantado a dar educadamente los buenos días al sol, algunos más haciendo el indio para componer otro de esos contraluces siempre tan agradecidos. Hoy fue más de lo mismo. A ver si un día de estos una amiga me acompaña y podemos hacer algo diferente frente a uno de esos momentos espectaculares del alba o el atardecer.
Cerca de la una de la madrugada. Las largas noches del invierno se han acabado y ahora por poco que me entretenga escribiendo algo ya no me da para otra cosa. Buenas noches.









No hay comentarios:
Publicar un comentario