Montón de Trigo, 22 de marzo de 2021
Sospecho que la afición esta de dormir en las cumbres tiene, o al menos ha tenido, muchos adeptos, a juzgar por la calidad y la cantidad de los abrigos que uno encuentra en ocasiones, éste, por ejemplo, de Montón de Trigo es un auténtico cinco estrellas. Imaginaba que tendría que dormir de cualquiera manera entre pedruscos, pero quita, quita, nada de eso. Un alivio, porque a última hora le dio por soplar al viento y con viento se duerme francamente mal en las alturas. Éste de hoy es ancho, bien protegido y, algo importante, con amplia vista a levante y poniente. No es que todos los días ni mucho menos la despedida y la llegada del sol sean extraordinarias, pero bueno, por si acaso mejor que nos pille en un buen palco en primera fila.
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| Montón de Trigo desde Cerro Minguete |
Hay cosas en el monte que a veces apenas consideramos. Estamos habituados a seguir una senda, unos hitos, a llegar a una cumbre y encontrarnos como hoy un cinco estrellas de vivac. Los voluntariosos anónimos que hacen posible estas cosas deberían tener un jardincito especial en el cielo esperándoles, sí, hombre a cada uno según sus obras; los guarros que se limpian los mocos o el culo y dejan enguarrinao el monte de papeles, esos: todos al Infierno de cabeza, mientras que los que señalizan caminos o hacen la obra de caridad de jalonar ciertos itinerarios con hitos, esos todos al rincón más cálido y bonito del Paraíso. ¡Qué leñe!, a cada uno lo suyo.
Era la tercera vez en este invierno que proyectaba subir a Montón de Trigo, la primera tuve una aventura con unos zorros que me robaron la bolsa de la comida delante de mis narices, corre que te corre detrás de uno de ellos, él con la abultada bolsa de la jala en la boca sin soltar prenda, y yo tras él hundiéndome en la nieve hasta la rodilla gritando ¡zorro, cabrón, suelta mi comida!; pero ni flores, me ganó, se perdió en la semioscuridad del final del la tarde y al día siguiente no me quedaron fuerzas más que para volverme a casa. La segunda iba tan despistado pensando en qué se yo, que en vez de tomar el camino de
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| Peñalara y Dos Hermanas |
Hace un rato pensaba que este agujero del saco no tiene precio, el agujero por donde asomo el gaznate y veo las estrellas. Cada semana es mi ventana a ese especialísimo mundo que parece esperarme pacientemente a que yo deje mis rutinas, mis libros, mis trabajos caseros –hoy pasar la escoba, el aspirador y fregar los suelos– que deje todo para venir a encontrarme con las estrellas, la soledad y mi butaca en primera fila desde una cumbre frente al crepúsculo o el amanecer. Bendito el día del pasado otoño en que me dio por esta cosa rara de dormir por las alturas. Ahora no hay día entre semana en que o me acuerde de la noche pasada días atrás en el confort del saco de dormir o que planee a qué parte de nuestras sierras iré a pasar la noche la siguiente vez. Desde que me jubilé difícilmente sé en el día de la semana en que vivo, ahora mi tiempo se rige por otros parámetros, es la meteo la que determina generalmente mi calendario; si llueve me refugio en mi cabaña al calor de los libros, si como anoche inesperadamente consulto el tiempo y éste se muestra benigno, como sucedió, de inmediato me pongo a hacer el macuto.
Joder si se nota que ya hemos dejado el invierno atrás… Subiendo desde Marichiva me tuve que abrigar y sacar los guantes, y en la cumbre hacia frío mientras tomaba unas fotos y cenaba, pero ahora en el saco, pese a la ligera brisa que corre, el calor llega a ser excesivo. Hay quien se desviste cuando se mete en el saco, esas dos teorías, la que mantiene que desnudo circula mejor el calor en el interior y los que piensan que más vale humo que escarcha y se meten en él con todo menos las botas. Yo soy de estos últimos, eso, más vale humo que escarcha, que dice el refrán.
Pausa, voy a echar una miradita desde las alturas al reino que yace a mis pies, todo el llano madrileño, porque mi reino parece todo ese llano iluminado que se extiende debajo más allá de mi vivac. Los dioses nórdicos se construían su Valhalla por las alturas, en los montes, y Zeus y sus compinches hacían lo mismo en el Olimpo. Las alturas siempre fueron lugares de excepción, espacios de meditación, refugio de ermitas, espacios donde construir bellos y deslumbrantes castillos como el de Neuschwanstein, ese bello capricho de Luis II de Baviera en pleno Alpes. También las alturas eran el lugar preferido por Zeus para follar, no importaba que las huestes de Aquiles y Agamenón se estuvieran partiendo la crisma allí abajo, él, en medio de una batalla para tomar el reino de Príamo, en un receso, como quien deja Juego de Tronos para echar una meadita, tomaba a Hera, su esposa, se subía alto a una nube, la rodeaba de flores y allí mismo se sumía en los numerosos éxtasis que Hera y sus gracias femeniles le ofrecían.
De todos los dioses que inventaron los humanos en sus ratos de ocio, hábida cuenta que no les cabía en la cabeza otra cosa porque eso de morirse sin más no les gustaba, los más sosos de todo fueron siempre los que se crearon en el entorno de
Carajo, qué cosas le da a un servidor por escribir a
Un trago de agua para salir del bucle. Hoy la cantimplora queda fuera, espero que no se hiele el agua y me deje sin desayuno. La calma es total a las once de la noche. Entre la sartén de
Creo que es hora para ir pensando en dormir.
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| Descenso hacia la Fuenfría |










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