Vivac en Peñalara. Despidiendo el invierno

 

Jerónimo. Atardece en Peñalara.



Cumbre de Peñalara, 15 de marzo de 2021

 

Ya, ya, ya cenado, ya con el filtro protector de la cámara roto después de una caída mientras hacía una foto nocturna de Cabezas de Hierro, ya todo organizado y caliente dentro del saco. Yo no sé donde habré pillado esa manía de las fotos nocturnas en estas condiciones, en lo más alto de toda la Comunidad de Madrid, algunos grados bajo cero y date, salir del saco con la consigna esa de “a ver qué sale”. Extraña manía, sí, que bueno, que de todos modos la verdad es que tiene sus compensaciones cuando al día siguiente me meto en el cuarto oscuro de Photoshop y trato de sacar dos o o tres imágenes que me sirvan de recuerdo y recompensa. Manías a montón, como esta mismo de estar ahora escribiendo sumergido entre las plumas del saco de dormir.

Sendero de Peña Citores

Me decía un amigo hace tiempo que la vida consiste en hacer cosas, y debe de ser verdad, caminar, subir un montaña para dormir en su picorota, escribir, sacar fotografías, cenar o estar ahora confortablemente tumbado bajo las estrellas. Si la vida consiste en hacer cosas y además esas cosas que haces te gustan, pues para qué queremos más, de pm, que diría mi hijo mayor para el que durante toda la adolescencia la vida le debía de ir tan bien que todo era de pm. Hacer algo que te deja el cuerpo o el alma de pm no siempre es moco de pavo, porque para que eso suceda, como es el caso hoy, primero tienes que vencer algún tipo de incertidumbre tales como: ¿no hará demasiado frío allí tan alto en un monte lleno de nieve? ¿No vendrá el coco allá por la noche? En fin, que como vencí todas las incertidumbres y la meteo decía que iba a estar despejado, aunque la sensación térmica podía llegar  hasta los diez grados bajo cero, que me decidí, me decidí a despedir el invierno pasando la noche en Peñalara. Días vendrán en que será imposible subir a esta cumbre sin formar parte de una multitud, así que aprovechemos.

Pausa para ver qué se cuece ahí fuera. Apago el teléfono, saco el pescuezo por le agujero del saco y, ¡ah, maravilla! ahí están toditas, mis caras amigas las estrellas y su corrillo de  constelaciones presididas por, justo enfrente, la Osa Mayor y, echando un poco la cabeza hacia atrás, naturalmente, Orión y sus perros. Hace un rato eran otras las constelaciones, esas otras andaban por las bajíos de estos montes, las luminarias acarameladas de Segovia, y al otro lado, rodeando el perfil de Cabezas de Hierro, las pésimas y lastimosamente gobernadas tierras –¡la que nos ha caído encima!–del llano madrileño. También anda por ahí una tímida luna colgada sobre el horizonte.

Lara y Pablo, los amigos mallorquines

Inmersión y vuelta al útero materno que es mi saco. Continuemos. “No le busques la razón a todas las cosas”, cantaba a voz en grito un rapero que llevaba encerrado dentro de su moviola digital una chica con la que me crucé poco más arriba de Dos Hermanas. Las moviolas, los casetes o lo que sea a todo trapo cuando estoy en el monte no es que me haga precisamente saltar de gozo, que pobres los usuarios de la montaña dentro de cincuenta años, cuando haya que subir a éstas en fila india y además tengas que escuchar la música a todo volumen de aquellos que creen que la libertad consiste en hacer lo que les salga de las pelotas. Oiga, ¿por qué no se mete su música por el culo? Dios, ¡somos libres! Anda cojones… y yo sin enterarme.


De todos modos el rapero tenía razón, para qué coño tanto empeño con eso de saber los paraqués de las cosas. Hace un rato por ejemplo, estaba yo disponiendo mi alma (jojojó) para la hora crucial del crepúsculo, cuando de repente apareció tras de mí, saliendo como una aparición de uno de esos tubos helados que llegan a la cumbre de Peñalara, primero un casco, después un cuerpo entero armado con dos extrañas herramientas con pico y dientes, una en cada mano, y que de muy lejos me recordaban a mi viejo piolet Cassin. No era ningún extraterrestre, era Jerónimo, vecino de Galapagar, que después del trabajo y comer con premura lo que tocaba, un risotto de gambas en esta ocasión, había salido pitando para Cotos con la finalidad de escalar uno de esos empinados canalones que remansan su agresividad en la misma cumbre de Peñalara. No le pregunté a Jerónimo por qué coño esa actividad algo desmadrada, sal del curro, come precipitadamente, coge el coche, llega a Cotos, sube con cierta premura, encarámate solo a una canal con pendientes de cincuenta grados, llega a la cumbre, saluda a un tío raro que va a dormir allí mismo, un servidor, y que lo único que hace es mirarse el ombligo, charla un poco con él, y después sal pitando de nuevo porque si te retrasas las lentejas que te esperan en casa se van a enfriar. Tenía buena pinta Jerónimo, me hubiera encantado charlar un rato con él para discutir eso que cantaba el rapero, por ejemplo, o simplemente para preguntarle que en vez de ese trasiego de llegarse hasta aquí por qué no se había quedado en casa y así había juntado el cocido con las lentejas sin necesidad de tantos esfuerzos.

En fin allá cada uno con sus razones, tampoco tendría yo muchas para dar razón de mi estancia allí mano sobre mano como esperando a Godot. Poco antes de Jerónimo había recibido la visita de Laura y Pablo, dos marchosos mallorquines que pasan uno días descubriendo Guadarrama y que ya desde la cumbre de Peñalara hacían proyectos para subir a aquellas montañas de enfrente, me dijeron. Se trataba de Cabezas de Hierro. Agradecieron la información para llegar allí arribota y a continuación posaron para mí contra el sol de poniente. Vamos que hoy parecía yo estar ejerciendo el papel que semanas atrás había asignado a Sebastián Álvaro en uno de mis post a consecuencia de un asunto sobre el Himalaya y al que me imaginaba instalando un chiringuito en sus cumbres a fin de poder extender a los alpinistas que allí llegaran un certificado de buena conducta haciendo constar en el mismo si habían subido a la pata coja, con oxígeno o si la tortilla que llevaban para zamparse en la cumbre contenía jamón o atún en escabeche. Y es que uno llega a una cumbre, se instala allí, extiende el colchón, el saco, coloca la despensa al lado, saca el infiernillo para hacer un té, y a partir de ese momento todo aquel que asoma la cabeza por la cumbre es un huésped y yo el anfitrión. Más o menos así me sentía después de recibir la quinta visita de la tarde.

Días atrás le había preguntado a Miguel Angel (Sánchez Garate), que había andado por aquí, si estaban los vivacs de la cumbre al descubierto. Me dijo que no, así que, yo qué sé, pensando que tendría que construirme una cueva, o  un muro de nieve para protegerme del viento, vine pertrechado como si fuera a vivaquear camino del Kachenjunga, que hasta una pala y un piolet me traje. Efectivamente, no había ni rastro de los espaciosos y cómodos vivacs de la cumbre. Asomaban las rocas de uno, y ni corto ni perezoso me puse a picar con el piolet para hacerme una especie de sarcófago en la nieve, pero un palmo bajo la nieve aquello era puro hielo. Tuve que conformarme con un discreto espacio justo al lado del pirulo geodésico. Lo despejé a golpe de pico, y después paleé algo de nieve hasta conseguir un plataforma uniforme para mi colchoneta.

Mi nuevo refugio es un lujo de saco hecho a medida en el que ya me puedo olvidar del frío y del relente de la noche; estoy contento como un niño en día de Reyes con él. Es tan acogedor como para que después de terminar con esto me den ganas de ponerme a ver una película. He tenido que meter el agua dentro del saco para que no se hiele, amén de guantes, gorro, pipiómetro y todo lo que pueda necesitar al amanecer, así que todo en orden. Me voy al cine. O no, quizás mejor me dedique a contemplar las estrellas. Hace una noche extraordinariamente bonita y despejada.

Cuerda Larga en la noche


* * *

A las seis y media de la mañana me desperté con un susto en el cuerpo. ¡Me habían robado el macuto! Me habían robado y en su lugar me habían dejado una pequeña mochila verde camuflaje con unos aperos de pesca en su interior. ¡Joder! ¿Y ahora qué hago yo? Dinero, documentación, comida. Muy parecido a otra ocasión en que nos robaron los dos macutos cuando recién estrenabamos la vida a Emiliano de Diego y a mí mientras dormíamos a pierna suelta en plena plaza del Cinquecento, en Roma, ocasión en que nos dejaron apenas con unos pantalones cortos y una camiseta. Agarra el saco de dormir y transita por las desiertas calles de Roma hasta encontrar algún caritativo carabinieri que etcétera… Ah, pero no, ¡albricias!, que no me habían robado… que sólo era un sueño… Uff, Dios, de la que me había librado.

Arriba del todo la Osa Mayorhabía dado un amplio paso de baile y ahora dirigía su cola, o el mango de la sartén, según se mire, que es verdad, más parece una sartén que una osa, y por levante la larga cinta de la claridad del alba tintaba el horizonte con el rescoldo del amanecer. Una ligera ventolera agitaba mi saco, pero nada más. Jo, menudo susto…

En este punto, y ahora algo más en serio, me acuerdo del amigo del FB que desde hace veinticinco años sube a dormir cada invierno a Peñalara en homenaje a su fallecida esposa, y me vuelve a emocionar su recuerdo y cómo contaba él de la noche en que una repentina y fuerte nevada había cubierto casi por completo su tienda, o una de Navidad o Año Viejo en que desde su soledad sobre la cumbre contemplaba los fuegos artificiales de la ciudad de Segovia y los pueblos de los alrededores. El rey mogol Shah Jahan levantó el Taj Mahal en honor de su esposa, también fallecida; quizás el edificio más bello de este planeta. No obstante , con toda probabilidad resulta más emocionante y enternecedor el gesto de este amigo. Su constancia durante un cuarto de siglo para seguir recordando a la que fue su esposa, afrontando el frío y las nevadas por allá arriba, arrebujado en el saco de dormir, me parece uno de los gestos de amor más hermosos de los que uno puede tener conocimiento.

Me asomo por el hueco del saco. El sol demora perezoso tras el horizonte, sólo unas brasas todavía. Creo que voy a intentar dormir un poco. Cuando me despierto, hace un rato que calienta mi vivac. Saco la cabeza por el hueco del saco, cierro los ojos y dejo por un buen rato que me bañe la luz del nuevo día. La vida ha vuelto al planeta Tierra.

 

 

 

Amanece sobre Cuerda Larga

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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