El declive de la inteligencia. Noche en Cuerda Larga.

 

La Maliciosa desde Asómate de Hoyos



Alto de Asómate de Hoyos, 6 de abril de 2021

 

Por la escotilla de mi saco de dormir se ve el habitual panorama de las estrellas y constelaciones, y si me incorporo un poco la luminaria del llano madrileño. Subía a dormir a Peña Lindera o Alto de Matasanos, ambos topónimos señalan el mismo lugar, pero el deambular entre las pedreras sorteando rocas y piornos terminó llevándome más al norte hasta Asómate de Hoyos, en Cuerda Larga. Cuando llegué, el sol se escondía ya por la derecha de Cabezas de Hierro. La Maliciosa se vestía de malva y la Najarra en el lado opuesto se despedía de los últimos rayos de luz que pintaban sobre su lomo un delicado color ámbar. Hoy caminé tan sin preocuparme por la hora que poco faltó para que no llegara a la puesta del sol.

A media hora de comenzar a caminar había encontrado un prado junto a arroyo del Mediano que me invitaba a sentarme un rato, y allí demoré escribiendo sobre algo que me daba vueltas en el coco desde que eché a andar. Había descubierto los primeros narcisos de la temporada junto al agua y en las ramas de un un pino cantaba un petirrojo, así que después de hacer las primeras fotos del día, entre la música del arroyo y el canto de los pájaros no me quedó otra cosa que intentar poner orden en lo que venía pensando.

Ortega mantenía que ni mucho menos la inteligencia, todas nuestras capacidades mejoradas a lo largo de la evolución, son adquisiciones perdurables que vayamos con los brazos cruzados a conservar indefinidamente. Me sorprendió esta idea un día que trataba de encontrar un camino que había perdido. El interés que suscitó en mí fue suficiente para que parara la reproducción de la lectura, descargara el macuto y, a la sombra de un alerce, me sentara a descansar un rato y reconsiderar lo que había leído. ¿Estaba planteando Ortega que acaso si no nos espabilábamos y hacíamos dejación de nuestro ser pensante y dejábamos de ejercitar nuestra inteligencia y ciertas capacidades, podríamos retroceder a la edad de las cavernas?

Hoy volvió a resucitar en mí esa vieja idea que nos advierte de que ni la inteligencia ni cualquiera de nuestras capacidades adquiridas genéticamente a lo largo de milenios, están ahí como bienes perennes y asentados que no puedan desvanecerse si no hacemos uso de ellos y no entrenamos nuestra inteligencia y habilidades con una cierta regularidad. En algún momento me distrajo un carbonero que andaba por ahí encandilando a alguna hembra con el arrullo de su canto, pero el interrogante ese de que el cociente de inteligencia se estuviera degradando, algo a lo que había llegado la tarde anterior por un artículo que me había caído en las manos, me intrigaba: te escayolan una pierna durante meses y pierdes movilidad; te acostumbras a ir por todos los lados de la mano del gps, de un track que se dibuja en la pantalla de tu teléfono, y poco a poco vas perdiendo tu capacidad de orientación; no lees, no ejercitas esa  capacidad que consiste en descifrar la escritura y sucede lo que tiene que suceder.

Los trillados lugares comunes a que dan lugar los hábitos de las redes sociales quizás sea un ejemplo representativo del empobrecimiento que sufre el lenguaje el reducir su riqueza y complejidad a la inmediatez de una efímera comunicación que se muestra nada exigente con la profundización de las ideas o con la riqueza que éste podría desplegar para perfilar con mayor precisión lo que pensamos. El lenguaje ayuda a profundizar en las ideas, a analizarlas, pero si obviamos el esfuerzo de expresar con claridad un pensamiento, una idea, quien sufre las consecuencias a la larga somos nosotros que empobrecemos con nuestra dejación nuestros recursos intelectuales.

La posibilidad de que a la inteligencia y alguna de esas habilidades superiores que nos distinguen de los animales les pueda suceder, como afirma Ortega, retroceder en su evolución hacia un estadio anterior más primitivo, a un servidor, en este momento, envuelto por el sonsonete de un arroyo, que probablemente lleva miles de años cantando la misma melodía, le auspicia un feo porvenir que parece dirigirse, para una notable mayoría, hacia la simplificación del lenguaje, hacia la disminución de la capacidad de pensar y en general a vivir de las rentas, mentalmente, digo, de otros que escriben, nos gobiernan o piensan por nosotros.

La afirmación que hace Christophe Clavé en  un artículo reciente, de que el cociente intelectual medio de la población mundial, que desde la posguerra hasta finales de los años 90 siempre había aumentado, en los últimos veinte años esté disminuyendo, apunta, según las últimas investigaciones, a un deterioro global de la inteligencia que curiosamente se produce con mayor aceleración en los países más avanzados.

La Najarra desde Hoyo Cerrado de Hoya de San Blas

Entre las causas de este fenómeno parece que podría encontrarse  el empobrecimiento del lenguaje, disminución del conocimiento léxico, reducción del vocabulario utilizado, desaparición de las sutilezas del lenguaje, todos factores que obviamente impiden formular y comprender un pensamiento complejo. La precipitación de nuestras argumentaciones en las redes sociales, la falta de tiempo para argumentar con propiedad cualquier asunto, la somera consideración de los temas de actualidad, tan evidente en la corrala del Twitter o FB,  donde todo hijo de vecino puede sentirse un Einstein, todo ello unido a la abolición de los matices y todo lo que implique complejidad, y la vida es complejidad, son los verdaderos artífices del empobrecimiento de la mente humana.

Esta mañana mismo recibía un mensaje de un amigo, autor de un libro de montaña titulado La cima inalcanzable, que comentaba de una persona que, habiendo leído recientemente su libro, le decía que le había gustado "la historia", pero que le había costado seguir el texto; que le parecía muy enrevesado en ocasiones. Una novela sin especiales dificultades que, sin embargo, por falta de recursos suficientes de interpretación del lector queda en cierto modo como una lectura frustrada. Definitivamente, concluía mi amigo en su mensaje, nos sobran mamporreros del lenguaje, y nos faltan tejedores de palabras. 

Los primeros narcisos de la primavera

Miré la hora. Se me estaba haciendo tarde si quería dormir una vez más en alguna cima. El cordal de la Najarra, que cabalga al este para unirse a aquel otro que viene desde Las Torres, forma, sobre la Hoya de San Blas, un acogedor valle que más arriba se remansa sobre una amplia y coqueta pradería que si no fuera por esta manía que me aqueja últimamente de dormir en alguna cima, bien me habría servido para instalar mi vivac a la orilla de uno de sus riachuelos. Pero las manías mandan y, dejando un tanto con pesar los prados, tiré para arriba. Al camino, hasta entonces cómodo y tranquilo, no le gustaban las pedreras ni los piornos, así que de aquí en adelante a subir como se pueda, que se podía y sin meterse en demasiadas dificultades. Un largo nevero algo inclinado me dejaría en el último momento en lo alto de Asómate de Hoyos, ya en Cuerda Larga.

Me he acogido al resguardo de un pedrusco que me protegía del viento del norte, pero mientras terminaba con mi crónica el viento se ha desvanecido y ha quedado una noche especialmente tranquila. Medianoche. Un rato para contemplar las estrellas y a dormir se ha dicho.


 


Bailanderos y La Najarra












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