Alto del Porrejón, 12 de abril de 2021
El sendero trepa desde la carretera lentamente cruzando la ladera. A ambos lados crecen árboles cargados de flores blancas. No logro identificarlos; ¿serán ciruelos silvestres? Mañana en casa intentaré poner remedio a mi ignorancia. Ya lo he dicho alguna vez, no es de recibo caminar de continuo por el monte y no conocer y saber nombrar a todos lo seres que lo habitan. En sus ramas canta un petirrojo. Un paisaje nuevo siempre tiene su gracia. Al otro lado del valle, bajo el Cerrón, un pico prominente que precede al Pico el Lobo, Cardoso de
Había recogido el día anterior en un artículo sobre el psicoanalista Wilhelm Reich, un afirmación que a poco de empezar a caminar desde
Caminar por parajes nuevos y descubrir nuevas rutas a montañas que no te son del todo familiares, tiene una gracia parecida a aquella que suscitan las ideas nuevas, o casi nuevas. Así descubría también, aunque en un orden de cosas diferentes, esta idea de Reich, esa que nos habla de las potencialidades del orgasmo como ingrediente necesario para una vida sana. Encontrar que esa energía vital que duerme dentro del individuo, y que en el trance de ser liberada produce en él un tal estado de exaltación y enajenamiento que difícilmente puede alcanzar en cualquier otra circunstancia, además de ser fuente de salud, apuntaba a tomar buena nota de ello. Y ya me imaginaba yo la consulta con el analista o psicólogo adicto a esta idea. ¿Problemas de ansiedad?: orgasmo al canto. ¿Dificultades en la pareja?: orgasmo que te crió. Y así sucesivamente para otros muchos problemas de coco que puedan surgir. Y más, una variante que aconsejaba Bucay en un librito de autoayuda que hojeé hace mucho. Bucay, a todo aquel que tuviera un problema gordo le recomendaba la misma cosa: ¿está usted jodido? Pues búsquese usted un amante y verá cómo todos los males se van a freír gárgaras.
Volviendo a Reich… pues eso, para tomárselo en serio. Consigna: ponga usted un orgasmo en su vida —bueno, no uno, muchos— y échese, a dormir. Y no lo digo yo, aunque esté plenamente de acuerdo con ello, sino que lo dice un eminente investigador.
En estas cosas iba pensando mientras de reojo miraba cómo el sol se desvanecía tras una cortina de nubes que, vaya usted a saber, lo mismo nos aguaban el vivac de la noche. ¿Qué pensará de esto mi sabio amigo José Antonio, Cive para los amigos?, me decía. Había quedado con él al final de la tarde allá en lo alto en la cima del Porrejón para asistir juntos al espectáculo de la caída del sol, y ya me imaginaba esta noche a este impenitente conversador dando riendas sueltas a sus ganas de conversar sacando latinajos de su chistera para ponerme al día de lo que griegos y romanos pensaban de eso que decía el señor Reich. José Antonio hacía un rato que debía de haber salido del puerto de
Las nubes merodeaban perezosas sobre las laderas de Pico el Lobo. Ya no quedaba nada de aquella helada vestimenta que cubría la montaña el pasado invierno, cuando de mañana después de pasar una noche en medio de la ventisca cerca de su cumbre al fin amaneció y hube de bajar penosamente abriéndome paso entre los repollos de hielo que cubrían los árboles y los arbustos. Buen recuerdo aquel, me decía, y ello pese al intenso frío de aquella mañana y a la dificultad de encontrar el camino correcto entre la ventisca y la niebla. Los recuerdos son sustancia que alimenta el alma de la montaña; la suya y la nuestra; ambas hermanadas en la soledad de las noches y las ventiscas cuando las dos se encuentran y en silencio se reconocen y, sin decir palabra, se miran simple y largamente.
El sendero más allá del collado Salinero se convierte en una bonita trepada entre rocas y brezales. Es un itinerario recomendable para alcanzar el Porrejón, solitario, entretenido, aéreo al final pero sin ninguna dificultad. A pocos metros de la cumbre hice el ¡piú, piú, piú…!, el grito aquel con el que hace medio siglo nos saludábamos unas y otras cordadas desde las paredes de Los Galayos imitando a los grajos. Traspuse dos grandes hitos en una prominencia y allí estaba José Antonio afanado en montar su tienda piramidal que tanto me recuerda siempre a la de los sioux de los westerns que veía de niño.
La tarde estaba deslucida, feuchita. Cenamos alitas de pollo, una ensalada de patatas y verduras con mahonesa y mordisqueamos unos frutos secos, José Antonio sacó una barra de queso y en descuidos consecutivos el cacharro del té se nos cayó dos veces al suelo a punto de hervir. Charlamos hasta que se hizo de noche. Luego amablemente Cive, conociendo de mi costumbre de dedicar un rato a la escritura, me dejó a solas en este tú a tú con la pantalla del teléfono.
Es cerca de medianoche. Desde la puerta de mi tienda, abierta como un balcón a levante, puedo ver las luces de Majalrayo bajo el Ocejón, y más arriba, colgado de lo alto de la sierra, hacia el puerto de











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