Quizás vivir sea esto

  



El Chorrillo, 10 de mayo de 2021

 

Ya comenté por aquí alguna vez que tengo problemas con los libros que me prestan, porque a duras penas resisto la tentación, cada vez que me encuentro con una idea que me gusta o unas líneas controvertidas, de agarrar el lápiz y dejar profuso testimonio sobre algunas páginas de mi acuerdo o desacuerdo con el autor en forma de gruesos trazos dobles si la idea me llega al alma, en observaciones a los márgenes, si aquello me sugiere algún interrogante, o en modo de leve trazo si aquello es digno de recordar, algo así como dejar hitos por el camino pensando en que necesites volver por allí más adelante. Así que cuando me prestan un libro siempre lo abro con cierta renuencia. Me sucedió con el último de montaña, un volumen de Jorge Egocheaga titulado Quizás vivir sea eso, que me había prestado Paco. En la primeras páginas, sustituyendo a los subrayados, fotografié un par de cosas que me habían llamado la atención, pero enseguida comprendí que eso no era lo mío, que el diálogo con el autor, la discusión incluso o el beneplácito de encontrar alguna sustanciosa idea, necesitaba otro procedimiento. Para mí leer es sinónimo de diálogo, de argumentaciones al margen, algo que requiere un buen lapicero para dar cuenta de lo que sucede en el acto de leer, que es algo mucho más activo e interesante que pasar la vista por la ringleras de sus páginas. Así que Paco, me quedo con tu libro y un día de estos te mando un nuevo ejemplar por mensajería.

 

El primer uso que hice del lapicero fue para subrayar lo siguiente: “La aventura está en nuestro interior”. Una obviedad que olvidamos con cierta frecuencia y que me obliga a parar por un instante la lectura para cerrar los ojos y reconocer la gran verdad de esta afirmación. Todo ese mundo que está en nuestro interior, y que acaso sea infinito, y que acaso apenas tenemos tiempo de reconocer atareados como estamos cazando gamusinos. Esos habitantes que pueblan el espacio tras nuestros ojos cerrados en algún innominado lugar del alma: el sexo que está en nuestra cabeza casi más que en los genitales; los sueños que recorren nuestros nexos neurales manteniéndonos en vilo durante meses enteros hasta que encuentran un resquicio por donde echar a caminar; la aventura, que una vez metidos en faena arrebola nuestra inquietud y nos sume en un mundo de terciopelo y leones sueltos dispuestos a devorarnos hasta las entrañas si no echamos en el asador toda la entereza de que somos capaces; la soledad que alimenta el cuerpo y el alma de todos los solitarios del mundo; todas verdades con las que bailar el tango de la vida. Verdades que se cuecen a fuego lento en algún rincón de nuestro yo y que es necesario alimentar –alimentar la rata, diría Kurtyka– para que la existencia sea algo más que un echarse a tomar el sol.

Me dice el amigo Antonio en un comentario de ayer tarde que cree que pongo mucho empeño en ser maestro de tontos. Dios me libre, le digo, mi blog, cuyo título estuve en un tris trás no hace mucho de cambiar por Diario de un pelagatos, creo que no va mucho más allá, o al menos eso pretendo, de dar salida a lo que me hierve por dentro. Si a veces se me puede ver el plumero será por mera torpeza. No creo estar capacitado para mucho más de lo que un pelagatos, un pelagatos que lee, pueda dar de sí. Lo  que sí me sucede, y por ello quizás Antonio me coloca el sanbenito de maestro de tontos, es que me hierve la sangre cuando contemplo esas tamañas estupideces que desembocan tanto en un escrutinio como en la celebraciones callejeras del final de alarma, que me hierve o que la hace vibrar cuando leo a esos apasionados personajes que hacen de su vida un consumado arte. Cosas de tener un temperamento apasionado, lo que me lleva en unos casos a sacar de la faldriquera un montón de apelativos como tonto el culo, idiota y todo una ristra de adjetivos con que bautizar a los que votan contra sus intereses o celebran por lo alto la posibilidad de poder contagiarse más fácilmente, eso o deshacerme en elogios por la sencillez y humildad con la que se acerca Egocheaga a las grandes montañas.

Descender por la cuerda de la realidad, esa pomposa realidad de la que hablan los diarios cada mañana, hasta el mundo subyacente de la interioridad de uno mismo, tirar de la cuerda de rápel y quedarse allí durante un largo rato, sería la imagen oportuna para reflejar la sensación que me produce leer a Egocheaga. El ruido del mundo no le interesa, “ante un mundo que pretende en cada acción realizada dejar un legado, yo lucho por pasar sin dejar traza”; para él “la aventura está en nuestro interior”. Leer y que el libro te ayude a encontrarte a ti mismo, ese podría ser uno de los cometidos principales de todo el que abre por primera vez un nuevo libro.  Llegando a la página setenta, después de la escalada del Cho Oyu, Jorge, que lo ha escalado y descendido en el día, a la mañana siguiente se despierta de madrugada en el campamento base y sale de puntillas sin hacer ruido (En una noche oscura,/ con ansias, en amores inflamada,/¡oh dichosa ventura!, /salí sin ser notada/estando ya mi casa sosegada.) (“Un día después de alcanzada la cumbre, en la penumbra del amanecer, me voy de puntillas, sin decirlo a nadie. Siento cómo ahora, después del esfuerzo, necesito de nuevo el abrazo de un íntima soledad”); fue en ese punto de la lectura cuando comprendí que me estaba encontrando con  un tocayo del alma.

Ese amor por la soledad y por huir tánto de los beneplácitos como de la concurrencia, hacían de este hombre alguien muy cercano. Leyéndole me aceptaba más a mí mismo y a mi propia soledad, siempre un poco esquiva con la compañía que me puede deparar mi caminar. Ni peor ni mejor que ser muy sociable, simplemente uno es así, profundiza en su soledad, la lleva consigo de la mano a todos los sitios y ella mientras tanto te llena el alma de su entrañable compañía. ¿Qué más se puede esperar?

Las citas me remitían a la conveniencia del anonimato  y a dejarme bien claro a mí mismo que si hay aventura que valga en la vida es esa que vivimos día a día en nuestro propio interior, lo cual, para que se dé con ciertas garantías de éxito, requiere, a mi parecer, y al de Egocheaga, buenas dosis de soledad.

Desde mucho tiempo atrás cada vez me afirmo más en la creencia de que hay pocos valores que exijan más nuestra atención y tiempo que el que dedicamos a lo que sucede en nuestro interior; en definitiva acaso el mundo y sus problemas son como esas figuras desdibujadas que veían los habitantes de la cueva de Platón. Lo que hay fuera de uno mismo es impreciso y cambiante; casi la única certeza real que podemos constatar es la de la propia existencia, y si cerramos los ojos y el silencio es total, lo único que verdaderamente existe en el universo es nuestro interior y lo que en él encuentra relevancia.

Este médico metido a alpinista y a filósofo de la soledad me encanta. Su filosofía de la vida, su amor por el anonimato y su tremenda fuerza son cautivadoras. “La montaña me sitúa dentro del Cosmos, y ante ella tomo conciencia de mi insignificancia”. En lo último que he leído narra en tres líneas su ascensión solitaria al Shisha Pangma: “Me divierto como pocas veces antes escalando la arista cimera y consigo alcanzar la cumbre con unos cincuenta metros a la carrera”… Sí, como en aquella primera juventud en que Javier Mayayo y yo jugamos a subir el último tramo del Mont Blanc corriendo. El rastro de los recuerdos,  la narración de Egocheaga y ese amor por la soledad se funden en mí esta mañana con cierto aire de complacencia.

 

 

 

 

 


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