Tras un mes sin acercarme a las montañas, al principio porque el tiempo estaba mal y después porque la motosierra me jugó una mala pasada, de nuevo en una cumbre, esta vez en
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| Atardecer sobre La Mira. El Circo de Gredos. |
Salí del Nogal del Barranco, abandoné enseguida el carril de Galayos y tomé a la derecha hacia el collado del Yermo, una pequeña inflexión al norte del Cabeza del Covacho. Luego hay que cruzar una ladera y descender hasta casi el refugio de Mingo Fernando donde ya se toma el sendero que lleva al puerto el Peón. Una calcetinada para desde allí tener todavía mil metros de desnivel hasta
Me entretuve por el camino en desentrañar un misterio. Era muy curioso que me hubiera pasado la noche soñando con una novia que tuve dos décadas atrás. Un sueño confuso en el que ella aparecía acaramelada con un compañero de trabajo, un ser de lo más anodino que he conocido. La cosa me indignaba, y me indignaba más todavía porque haciendo veinte años que no la veía me venía un reflujo de aquellos tiempos tal de ponerme tierno por dentro de nuevo pensando en aquella mujer. ¿Cómo era posible que aquel mastuerzo estuviera con ella, me preguntaba, esa mujer que había conseguido elevar mi estado de locura a límites a los que jamás imaginé llegar? Pero bueno, esto no explica esa repentina aparición en mis sueños, así que empecé a darle vueltas a la máquina de las elucubraciones para conseguir dar con la explicación que pudiera haberla había traído precisamente esta noche a mi sueño. Seguro que la culpa la tenía
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| Cabezo del Cervunal |
La otra posibilidad de que mi antigua novia acudiera a mi sueño precisamente esta noche podía ser culpa de la lectura de Egocheaga, Quizás vivir sea esto, y es que este hombre solitario para el que parece que sólo existieran las montañas, nos sorprende a mitad del libro con un enamoramiento tan fulminante, uno de esos que deja al enamorado en estado de total enajenación, esa enfermedad que cogen los sapiens alguna vez en el vida y que les deja turulatos del todo. Vamos, lo que me sucedió a mí con aquella mujer pequeña, lo que explicaría mi sueño de la noche anterior, ya que me había quedado hasta muy tarde leyendo precisamente lo más sabroso del romance, que se produce precisamente en lugar totalmente inusual por encima de los ocho mil metros.
Una vez aclarado, más o menos, el origen del sueño, ya no me quedaron fuerzas más que para concentrarme en el esfuerzo de la subida. Yo no sé cómo se come eso de no poder más cuando se sube un ocho mil, pero hoy me parecía que todos los “no puedo” se parecen de uno u otro modo y lo que cuenta es lo entrenado que llevas el cuerpo. Cuando Egocheaga sube corriendo los últimos metros a la cima del Shisha Pangma, el “no puedo” todavía lo tiene lejos. Dejando aparte la capacidad de sufrimiento que cada uno tenemos, en donde para unos subir las escaleras del metro ya es un imposible porque el peso del culo o un impedimento mental lo impiden, sí parece que no valen cuentos, que muchas veces no es que se pueda o no, sino que más bien unos entrenan mucho más que otros. Te empeñas el subir mañana al Mont Blanc y a la hora de la verdad no llegas ni al refugio Gouter.
Llegué, llegué tarde, pero llegué. Se me hizo de noche preparando el vivac. Había traído la tienda, pero a última hora estaba despejado y el corralillo de piedra de la cumbre, ese de tan dichosa y agradable memoria, se prestaba perfectamente para protegerme del viento que se había puesto tan inoportuno como para impedirme tomar alguna foto nocturna. Salí del saco a medianoche, probar, probé, pero tuve que volver al saco sin haber obtenido más que informes manchas de luz.
Terminadas estas líneas saco la cabeza del saco. Sólo se ven unas pocas estrellas dispersas en el firmamento. Pongamos una vela a
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| Galayos, Canal Reseca |
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| Caberzo del Cervunal |
















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