Vivac en La Mira

 



La Mira, 14 de mayo de 2021

 

Tras un mes sin acercarme a las montañas, al principio porque el tiempo estaba mal y después porque la motosierra me jugó una mala pasada, de nuevo en una cumbre, esta vez en La Mira, que ya era hora, que hubo de esperar hasta el final del estado de alarma. Subir hasta aquí por los Galayos hubiera sido muy reiterativo así que elegí una larguísima ruta, que con lo poco entrenado que estoy casi me quedo en el intento. 

Atardecer sobre La Mira. El Circo de Gredos.

Salí del Nogal del Barranco, abandoné enseguida el carril de Galayos y tomé a la derecha hacia el collado del Yermo, una pequeña inflexión al norte del Cabeza del Covacho. Luego hay que cruzar una ladera y descender hasta casi el refugio de Mingo Fernando donde ya se toma el sendero que lleva al puerto el Peón. Una calcetinada para desde allí tener todavía mil metros de desnivel hasta La Mira. Melo tuve que tomar con calma porque si no, no llegaba.

Me entretuve por el camino en desentrañar un misterio. Era muy curioso que me hubiera pasado la noche soñando con una novia que tuve dos décadas atrás. Un sueño confuso en el que ella aparecía acaramelada con un compañero de trabajo, un ser de lo más anodino que he conocido. La cosa me indignaba, y me indignaba más todavía porque haciendo veinte años que no la veía me venía un reflujo de aquellos tiempos tal de ponerme tierno por dentro de nuevo pensando en aquella mujer. ¿Cómo era posible que aquel mastuerzo estuviera  con ella, me preguntaba, esa mujer que había conseguido elevar mi estado de locura a límites a los que jamás imaginé llegar? Pero bueno, esto no explica esa repentina aparición en mis sueños, así que empecé a darle vueltas a la máquina de las elucubraciones para conseguir dar con la explicación que pudiera haberla había traído precisamente esta noche a mi sueño. Seguro que la culpa la tenía La Mira, pensé enseguida. La última vez que había subido a ese pico precisamente lo hice con ella y la ascensión no sólo fue  exitosa, que sucedió que en el corralillo de piedras de la cumbre echáramos un polvo tan hermoso que poco faltó para que pudiera ser incluido en una de esas maravillas del universo que jalonan el arte universal (jajaja…). Seguro que pensar en subir a La Mira mi subconsciente lo relacionó, vía complejos nexos neurales, con aquel polvo, y por ende con ella. Por cierto que de estas cosas no se hablan, y es curioso porque acaso el monte sea uno de los lugares más atractivos para esta clase de encuentros; allá, como la naturaleza nos trajo al mundo dedicar un tiempecito a estos menesteres además de saludable es de lo más placentero.

Cabezo del Cervunal

La otra posibilidad de que mi antigua novia acudiera a mi sueño precisamente esta noche podía ser culpa de la lectura  de Egocheaga, Quizás vivir sea esto, y es que este hombre solitario para el que parece que sólo existieran las montañas, nos sorprende a mitad del libro con un enamoramiento tan fulminante, uno de esos que deja al enamorado en estado de total enajenación, esa enfermedad que cogen los sapiens alguna vez en el  vida y que les deja turulatos del todo. Vamos, lo que me sucedió a mí con aquella mujer pequeña, lo que explicaría mi sueño de la noche anterior, ya que me había quedado hasta muy tarde leyendo precisamente lo más sabroso del romance, que se produce precisamente en lugar totalmente inusual por encima de los ocho mil metros.


Una vez aclarado, más o menos, el origen del sueño, ya no me quedaron fuerzas más que para concentrarme en el esfuerzo de la subida. Yo no sé cómo se come eso de no poder más cuando se sube un ocho mil, pero hoy me parecía que todos los “no puedo” se parecen de uno u otro modo y lo que cuenta es lo entrenado que llevas el cuerpo. Cuando Egocheaga sube corriendo los últimos metros a la cima del Shisha Pangma, el “no puedo” todavía lo tiene lejos. Dejando aparte la capacidad de sufrimiento que cada uno tenemos, en donde para unos subir las escaleras del metro ya es un imposible porque el peso del culo o un impedimento mental lo impiden, sí parece que no valen cuentos, que muchas veces no es que se pueda o no, sino que más bien unos entrenan mucho más que otros. Te empeñas el subir mañana al Mont Blanc y a la hora de la verdad no llegas ni al refugio Gouter.

Llegué, llegué tarde, pero llegué. Se me hizo de noche preparando el vivac. Había traído la tienda, pero a última hora estaba despejado y el corralillo de piedra de la cumbre, ese de tan dichosa y agradable memoria, se prestaba perfectamente para protegerme del viento que se había puesto tan inoportuno como para impedirme tomar alguna foto nocturna. Salí del saco a medianoche, probar, probé, pero tuve que volver al saco sin haber obtenido más que informes manchas de luz.

Terminadas estas líneas saco la cabeza del saco. Sólo se ven unas pocas estrellas dispersas en el firmamento. Pongamos una vela a la Virgenpara que no le dé por llover.

Galayos, Canal Reseca

 



Caberzo del Cervunal














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