Noche en Cabeza Líjar. En el GR10.

 



Cabeza Líjar, 19 de mayo de 2021


En el GR10: Cercedilla – La Peñota– Cabeza Líjar


Recibí un guasap de una amiga hace un par de días: “Voy a continuar el GR10 desde Cercedilla. ¿Me acompañarías unos días?”, decía. “Por supuesto que sí”, contesté enseguida. El GR10, un itinerario que comienza en Valencia y termina en Lisboa junto al Atlántico, es un recorrido clásico que quizás merezca que lo vuelva a repetir algún día. Fue mi primera experiencia tras caer en que además de caminar exclusivamente por la montaña también se le podía sacar jugo al resto de los senderos de la península, un universo, estos GRs que la atraviesan, para cubrir todos mis años de la jubilación. Fue una gran cosa saber que a partir de entonces, recién jubilado, sería posible ejercer de vagabundo durante meses y meses por las tierras de España. En invierno, aprovechando los albergues, sería recorrer los Caminos de Santiago, en primavera los GRs, en verano los Alpes o los Pirineos y, algún que otro otoño, los hayedos del norte, todo un ambicioso plan que terminó por inocularme una pasión por los caminos que espero que me llegue hasta las puertas de la tumba.


Así que con mucho gusto acompaño a Nuria en su camino hacia el Atlántico. Se prevén días despejados y frescos así que ideal para caminar. Acababa recientemente de subir a dormir a la Peñota, pero es una ascensión tan agradecida que no importaba. Nuria había adelantado que no estaba en su mejor forma, pero de la manera que subió sin chistar hasta la cumbre, ya le dije que podría seguir caminando sin ningún problema hasta Lisboa. Bueno, sin chistar es un decir porque entre la estación de Cercedilla y la picorota de la Peñotaya nos dio tiempo a ventilar un puñado de temas. Hacía más de un año que no nos veíamos y ella, que viene del mar de Valencia y yo que nací lejos de él, pareciera que la distancia nos hubiera servido de estímulo para a duras penas dejar de hablar durante todo el camino. Las bondades de seguir recorriendo montañas, los beneficios del esfuerzo, lo mal que está el panorama político, problemas de hígado y riñón que a veces alteran las rutinas diarias, sus trabajos de invierno como agente forestal en Aragón. Y sí, de vez en cuando parábamos o me dedicaba a fotografiar a alguna flor contra el fondo oscuro de las sombras.


El rabioso amarillo de las flores de los piornos, en las alturas los olorosos narcisos, las violetas, algunos racimos de chupamieles, los omnipresentes botones de oro, y en las ramas de los pinos el canto de los carboneros llenando de trinos la ladera. Un típico día de primavera. La vida fluyendo del suelo en pequeñas explosiones de color. Mientras subía me acordé de algo que me había ocurrido días atrás. Cuando mi diario de jubilado se sube al monte, a veces comparto alguna de sus entrada en grupos de FB que están relacionados con la montaña, aunque con un poco de recelo siempre, porque ya se sabe que en las redes abundan tanto los todólogos –una expresión acuñada acertadamente por Gustavo Catalán en su blog– y que además hay gente pató, que diría el amigo Vinches; con un poco recelo, decía, que supone siempre el riesgo de que te salga alguien por peteneras. Bueno, pues fue que compartí un post, reflexiones, experiencias de un caminante, lo que suelen ser mis entradas, algunas fotos muy buenas, y dos días después recibí una notificación de los gestores de un grupo llamado Amantes de las montañas en la que me decían que habían eliminado el enlace de mi post porque mis líneas no les gustaban. No sé si la razón era cierto polvo montañés de que hablaba en mi post o que simplemente los tales gestores eran gente tan selecta que no admitía las divagaciones de un vagabundo como un servidor. Me hizo mucha gracia la cosa. Si les hubiera relatado mi ruta de pe a pa, puesto las horas de marcha y si encontré orangutanes o leones en mi camino seguro que no habrían chistado. Tuve ya mosqueos este invierno con gente que si subías al Pico el Lobo traspasando así en unos metros la línea del cierre perimetral ponía el grito en el cielo, o si dormías a diez o quince bajo cero en un pico dentro de tu tienda de campaña te echaban unas broncas enormes porque, decían, no respetabas el toque de queda, que se refería a no transitar por la calle en dichas horas… Los grupos dan para cosas así, de manera que mejor pasar por la vida sin dejar huella y menos donde existe esa gente pató con la que no es fácil relacionarse. Así que aquí paz y después gloria.


El sol se ha ocultado hace unos minutos. De nuevo metido dentro del saco, hace algo de frío fuera, en un pequeño prado cercano a la cumbre de Cabeza Líjar, intento hilar algunas líneas que ayuden a mi memoria en un futuro a recorrer esta experiencia que me traigo de pasar algunas noches en compañía de las cumbres y las estrellas. Nuria me llama desde su tienda instalada a pocos metros de mi vivac y me pide que haga alguna foto del llano madrileño iluminado. Dentro de un rato, cuando se haga de noche salgo, le digo. Hoy he tenido alguna gente posando contra la luz del atardecer, esos habituales contraluces a que da lugar esta hora del día. Todos han accedido gustosos a hacer de modelos. Hombres, mujeres, un perro, un bebé, de pronto pierden su corporeidad, se transforman en sombras, teatro de luces y sombras sobre la sabana del crepúsculo.


Una pareja de enamorados, los últimos visitantes de una docena, miraban con cierta envidia el que nos quedáramos a pasar la noche bajo las estrellas; nos interrogaban como quien descubre un mundo nuevo posible. Un gusto hablar con gente que se asoma a la naturaleza a través de una pequeña rendija y empieza a descubrir el universo que puede ser lo simple de contemplar un atardecer desde una cima o mirar admirado el universo que tenemos encima cada noche. Cosas simples de la vida que nos dan sosiego de ánimo y nos muestran que en lo sencillo y lo simple hay un arsenal de bienestar y complacencia.

Después de cenar, casi las once de la noche, y visto que el viento había cesado, he salido del saco, me he puesto las botas y me he ido a dar una vuelta a ver si pillaba alguna foto que mereciera la pena. No me atreví a pedir a Nuria que saliera de la tienda a posar para una de esas siluetas nocturnas que tan bien quedan contra el firmamento estrellado o la luminosidad del llano al pie de la  montaña.

  



 











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