En el GR10. Cabeza Líjar –
Esa sensación similar a cuando tras un día de larga marcha todavía tienes delante un fuerte repecho. Uno, dos, uno, dos, y el sol que aprieta desde el zenit inclemente, y un paso más que no es límite de nada sino simplemente cansancio, cansancio acumulado. No cansado de vivir sino consciente de que la vida es con mucha frecuencia un enorme trabajo que llevado día a día, año tras año puedes llegar a sentirlo dentro de ti con la inminencia con que llegas a desear una sombra en la que pararte a aliviar el cansancio al menos por un rato. Encontrar un prado, descargar el macuto, tumbarte recostada la cabeza en él y esperar a que esa sensación de cansancio se aligere.
Un largo recorrido por la montaña puede ser una buena metáfora de la vida. Ese agobio a veces de que el cuerpo te pesa demasiado; en la vida la percepción de su densidad, la acumulación de esfuerzos, los problemas que surgen, las preocupaciones y, sí, los años, traen en ocasiones consigo esa sensación de que vivir requiere un tremendo esfuerzo. Que siendo vivir una lucha, nada más lógico que esa sensación de cansancio aflore de tanto en tanto en un cierto abatimiento. Días atrás, en un post titulado Permission to go, hablaba algo de esto. Tomaba entonces como referencia a una anciana de noventa y tres años. No haría falta tener tantos años para ser consciente de ese cansancio a que me refiero, y que puede vivirse a cualquier edad, pero que sí se hace más presente según vamos cumpliendo muchos años.
Parecía como si el cansancio físico me hubiera sugerido la presencia de otros cansancios que a veces se adensan alrededor del alma. Después de hacer noche en Cabeza Líjar nos habíamos levantado al amanecer y caminado durante toda la mañana. Entre el sol que pegaba fuerte y que el macuto para tres días pesaba lo suyo, ya en las cercanías de Abantos el cansancio se hacía notar. Me había sentado a la sombra de un pino a esperar a Nuria, que iba algo atrás, y allí, mientras, hacía tiempo en ese considerar la vida como un trabajo, un trabajo arduo a veces. Y pensando en ello crecía en mí la consideración de lo mucho que tiene ésta de asunto imposible de eludir. Podría uno imaginarse una existencia llena de confort, una continua cuesta abajo, que como te has jubilado y tienes las necesidades básicas aseguradas apenas necesitaría de pequeños esfuerzos. Una vida sin más problemas que los propios de la salud y poco más. Eso y esperar que se vaya acercando la muerte. En el plano de quien hace montaña equivaldría a subir a las alturas pero cómodamente repantigado en algún medio mecánico.
Había sacado unas salchichas y las estaba troceando para darles una vuelta en el hornillo con un poco de tomate, y con un ojo en la tartera para que no se me pegara el tomate en el fondo y otro en lo que me pasaba por el coco, al final terminaba sacando en conclusión que si a la montaña o a la vida le quitas el esfuerzo, tanto la actividad en la montaña como la vida pierden valor. Las posibilidades de diversión que dan jugar al parchís donde todo corre a la suerte del dado que rueda sobre la mesa y aquella del ajedrez, pueden ofrecer un ejemplo más que poner al lado de estas ideas. El esfuerzo, la complejidad, la resolución de problemas someten al cuerpo y a la mente a un trabajo que genera cansancio; una obviedad, claro.
Y era la tentación de querer eludir el cansancio y el esfuerzo la que me bailaba como argumento mientras las salchichas, ya a punto, me estaban diciendo que me dejara de lindezas especulativas y les hincara el diente. A fin de cuentas quien inventó el cansancio también le puso remedio ofreciendo a continuación la posibilidad de descansar.
Todavía nos quedaba un buen trozo hasta Abantos, así que cuando llegó Nuria nos pusimos en marcha. Tenía algo de especial volver a pisar esta cumbre después de haber pernoctado en ella el pasado invierno. Mis reencuentros con las experiencias del invierno le son muy gratificantes a mi cuerpo que nada más llegar allí busca el emplazamiento donde puse la tienda, que recuerda una fría noche tomando fotografías nocturnas, que hace memoria del intenso frío de aquellos días. Y es que está el cansancio que toda actividad humana genera, pero también la satisfacción con las que se columbra ese cansancio.
Comimos en un restaurante de El Escorial y Nuria dio por terminada su excursión. Ya volverá en otra ocasión para continuar ese peregrinar que un día comenzó junto al mar en Valencia y que quizás en algún momento termine a las orillas del otro mar, el océano Atlántico. Yo tenía el cuerpo muy roto tanto por el camino como por las pocas horas de sueño que llevaba encima, así que en el primer lugar sombreado que me encontré, mi cuerpo me pidió de forma tan perentoria que lo dejara dormir a la sombra, que no me negué en absoluto. La cosa tiene cierto ritmo musical: esfuerzo – cansancio – descanso – esfuerzo – cansancio – descanso; un tres por cuatro. Y vuelta a empezar. Me dormí de inmediato. Una hora y media de un tirón. Allá en lo alto sobresalían las dos cumbres de
Había demasiados pedruscos en la cima y como no hallé un lugar apropiado con vistas a levante opté por descender a uno de los prados inferiores. Mientras preparaba mi vivac pasó cerca un zorro que, como el transeúnte al que llama la atención algo, se paró a fisgonear lo que hacía. Estuvo allí unos minutos, pero terminó reemprendiendo su paseo. Un nuevo aviso para que esta noche pusiera a buen recaudo mi bolsa de la comida.
Sobre el cenit una media luna me hacía un guiño desde lo alto. Intenté escribir un poco pero el cansancio me pudo. Quedé dormido sobre el prado como un bebé al que las preocupaciones del mundo todavía no le han llegado.












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