El Nevero-Malagosto, 27 de mayo de 2021
El cielo está encapotado pero, como decía alguien recientemente en su muro, no por ello deberíamos dejar de visitar a nuestra estimada amiga, esa que se viste de flores, de nieve o de rabioso manto otoñal según las circunstancias y que incluso con mal tiempo nos regala de tanto en tanto una buena jornada de montaña. Hoy, pese a que no pintaba demasiado bien nos subimos a los lomos de los Montes Carpetanos. Lo que ayer, hace un par de meses o tres, eran campos de nieve hoy son laderas desnudas, piornos y delicados manojillos de botones de oro, cerastium y narcisos. En la cima del Nevero llevaba esperándome el amigo José Antonio casi una hora cuando llegué al pirulo sominal después de dejar atrás el recoleto rincón de la lagunilla del Nevero. Nuestros caminos, él desde el puerto Navafría y yo desde Lozoya, terminaron por juntarse en la cumbre. Antes de seguir, decir que la ascensión desde Lozoya es realmente un itinerario muy bonito y variado. La primavera vestía el bosque de fiesta, los prados cubiertos de margaritas y botones de oro, el suelo de los robledales tapizados de verde tierno, los piornos y aulagas en flor, el rumor de los arroyos. Mil cien metros de desnivel para subir pausadamente al paso ese como cansino con el que se llega a todas partes.
Pasé por aquí el último invierno, un día de nieblas y tiempo incierto en que el Alto del Porrinoso, Peñalacabra y las lomas circundantes ofrecían un aspecto desolado como de tierras de un paisaje desconocido y lejano. La nieve cubría la montaña, y mi tienda, instalada en la cima de Peñacabra, producía en su pequeñez y en la desolación del paisaje sobre el que caía ya la noche, una sensación de infinita soledad. Hoy, allá donde había colocado mi tienda crecía un manto de flores.
Hemos instalado nuestras tiendas en una eminencia sin nombre, la cota 2103, justo por encima del labio superior del Hoyo Borrascoso, un excelente miradero sobre una de las zonas más agrestes del Guadarrama, en un promontorio de rocas que se alza sobre el Hoyo como un sólido y espectacular mascarón de proa. Son admirables estos rincones escondidos en las faldas de los Montes Carpetanos. Cuando te metes en ellos pareciera que estuvieras visitando algún escondido rincón del Pirineo, grandes escarpes de roca, algún nevero colgando todavía de sus canales, una gran pradera en su fondo. Al otro lado del Hoyo Borrascoso, bajo el Peñacabra, se encuentra uno de los lugares más agrestes que conozco de nuestras sierras, el Hoyo Cerrado (no confundir con el homónimo sobre
Cuando instalada la tienda y acomodado sobre el colchón de aire enciendo el teléfono, lo que me encuentro en el editor de texto es una retahíla de harturas, todas las que me producían la lectura de las portadas de los periódicos el día anterior. Había dejado de leer la prensa durante unos días y al abrirla de nuevo y ver más de lo mismo de siempre, mi cuerpo revivió todas esas harturas. No voy a aburrir a nadie con ellas. De sobra sabemos cómo está el patio de la política en nuestro país… una pena.
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| Cortesía de Julio Gosan |
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| Rembrandt. Filósofo meditando. |
Pero también había algo más en ese bloc de notas, aquí un pensamiento, allí una cita, pero principalmente estaba la referencia a una fotografía de Julio Gosan donde aparecía él mismo en una cueva, tal que fuera un eremita, enfrascado en las páginas de un libro a la luz de una vela. A Julio, que parece tener muchas veces el escenario preconcebido de alguna foto que desea tomar, un hombre cuyas pasiones, la montaña y la fotografía, le ocupan una parte importante de su energía anímica, le apasiona la posibilidad de componer un cuadro que encerrar en el cuarto oscuro de su cámara. Si una fotografía consigue hablarte, te dice algo, te sugiere o sencillamente suscita el placer de la contemplación, quiere decir que en el instante de la toma se han concitado dos pequeños milagros; uno, el encuentro con un momento, un paisaje, una situación privilegiada, y dos, que ese instante, ese lugar, ha tenido la fortuna de tropezarse con alguien cuya sensibilidad y sentido artístico va a hacer posible eso que todo artista busca, entretejer con las manos y la inteligencia la posibilidad de suscitar un placer, un sentimiento, unas sensaciones. Ese tipo de manjares que no es necesario deglutir ni masticar pero que entran por los poros como fiesta y regalo para nuestra sensibilidad.
Toda una anacronía para los tiempos insustanciales que corren, esa hartura a la que hacía referencia al principio del post, frente a la sencillez y el cálido encuentro con uno mismo que sugiere la fotografía; la noche con el final de un día más vestido de oscuro azul prusia entrando por la boca de la cueva, el libro entre las manos, la sombra oscilando sobre las paredes de granito, el pequeño muro de rocas iluminado por la luz de la vela. Sí, estamos en el siglo XXI y sin embargo todavía son posibles estos escenarios. Son pese al ruido de esta modernidad que estamos inventando, un mundo que en vez de ayudarnos a crecer y a vivirnos con cierta plenitud, nos dispersa y hace cada vez más difícil ese encuentro con uno mismo que sólo es posible en la soledad. Aquello que enunciaba Pascal de que todos los problemas del hombre moderno nacen de su incapacidad para permanecer en silencio y solo en una habitación.
Hemos cenado conejo al ajillo, revuelto de salchichas con puré, una reminiscencia de los tiempos heroicos de nuestra primeras salidas a la montaña en que todo iba a la cazuela sin miramientos, unas nueces de macadamia, unos dátiles y un buen tazón de té earl gray. Y tan animado estaba José Antonio tras la cena, que si cuento aquí los temas sobre los que tejió y destejió en hora y media, seguro que no lo creeríais. El que aparezca por mi blog de vez en cuando ya conocerá de sobra al amigo Cive por algunas excursiones que hemos compartido nocheando por las cumbres. De primeras nada más meterme en la tienda, él ejerciendo de filósofo peripatético, paseo va paseo viene alrededor de nuestro campamento, yo metido en el saco escuchándole, lo primero que me suelta es que qué tal llevo yo mi termodinámica. ??? Tragué saliva. Algo que me sonaba de medio siglo atrás cuando estudiaba PREU. Y como no tengo ni idea de lo que me está hablando entonces se remite a la base del concepto y empieza a hablarme de los tres principios de la termodinámica uno por uno, pasando de la temperatura y la energía y su conservación al término de entropía, concepto que desarrolla ampliamente mientras un servidor escucha con apariencia de entenderlo todo pero no entendiendo ni papa. Y de ahí salta, no sé siguiendo qué camino, a la física newtoniana, de donde sin más comenzamos a hablar del tiempo cómo lo concebía los griegos: cronos, el tiempo que medimos y el tiempo kairós, el tiempo percibido, sentido, el tiempo de la mente. La lista sería interminable y desde luego sorprendente cuál pudiera ser la hilazón que llevara de uno a otro tema, porque eso sí, cuando José Antonio toma velocidad entra en funciones otro principio fundamental, el de la inercia, ley que enunciara aquel sabio que viendo caer una manzanita de un árbol hizo entrar a la física por la puerta grande del conocimiento moderno, y que se enuncia diciendo que un cuerpo en movimiento no puede cambiar por sí solo su estado mientras no se aplique una fuerza que le haga desviarse de su trayectoria, es decir que yo, por ejemplo, interrumpa el curso de la disertación llamándole la atención sobre el canto de un acentor alpino próximo o mostrándole mi desacuerdo con algo de lo que dice. Todo vale, de Newton pasa a hablar sin más de Occitania y de la lengua de oc; y enseguida de lingüística, de Chomsky. Estoy empezando a pensar que en la próxima salida que hagamos juntos para dormir en alguna cumbre voy a traerme un cuaderno para tomar apuntes de todo lo que dice mi amigo. Con unas cuantas salidas con José Antonio lo mismo puedo hacerme con dos o tres licenciaturas y con algún que otro diploma que me sirva para ejercer de cocinero, de enólogo, de apicultor o de sumiller.
La noche estaba silenciosa y tranquila. Una leve luminosidad se filtraba a través de las nubes procedente de la luna. Por el norte los pueblos dispersos de Segovia dejaban la oscuridad del llano sembrada de pequeñas aglomeraciones de luces. Era hora de dormir. Por la noche llovería un buen rato, pero era un murmullo sobre la tela de la tienda que invitaba a un apacible sueño.




















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