Refugio Galín Gómez o de
Apenas el ruidillo de un ratón que busca su comida en algún rincón del refugio, y fuera el piar de los acentores entre los piornos. Es todo. Me adormilo en medio de tanto silencio. Al final de la tarde, tumbado con el saco por encima intento aliviar el dolor del espalda. He subestimado la largura de la garganta de
De todos modos al final la culpa la tiene el amigo Paco (jajaja…). Antes de llegar a Nava del Barco me pasé por su casa para saludarle y, como era de esperar, nos liamos a hablar de forma interminable. En esta ocasión muy provechosamente además. Hace un tiempo que he abandonado el alcohol y no pudimos celebrar el encuentro con la consabida cerveza, esa que al decir de Franklin Roosevelt es una prueba viva de la existencia y bondad de Dios; pero en fin, todo sea para tener a raya a la presión arterial. Fue el caso que puestos a terminar con esa mafia que provee al país de energía eléctrica, Paco me dio un corto cursillo sobre cómo acabar con esta gente y con la factura de la luz. Total, que cuando no despedimos, ya me llevaba de regalo en la cabeza la idea de poder prescindir totalmente del suministro eléctrico. La primera pega que yo le había puesto a Paco con el tema de las placas solares fue que aquello suponía una importante inversión. ¿Inversión? Me dijo enseguida. ?? En realidad ni siquiera había inversión. Sólo había que detraer de la cuenta corriente unos miles de euros que no rentan absolutamente nada en el banco y a partir de ahí todo es ahorro, plena autonomía energética. De todos modos lo que más gracia me hacía del asunto era quitarnos de encima a esa gentuza cuyos beneficios se inflan con un complicado galimatías que el poder político avaló y que las puertas giratorias reforzaron en las personas de esa momia llamada Felipe González o aquel otro, el tal Asnar.
Vamos, que esta tarde en lugar de gozar de esta repentina soledad lo que hace mi cabeza es instalar panales solares en nuestra casa. ¿Sobre la leñera? ¿En el tejado de la casa? Sí, pero es que el sol allí… A uno le surge un problema que resolver y ya no para, el caletre le funciona así. Se presenta un asunto y éste se pone en acción de tal manera que no hay modo de pararle. La factura de la luz. Y ya me imaginaba un país llenos todos los tejados con placas solares. Vamos, que me hacía ilusión ese de hacernos autónomos energéticamente.
Yo suelo caminar los tres meses de verano en Alpes o Pirineos con una alfombrilla solar colgada del macuto. La posibilidad de ser autónomo es una idea que siempre me resultó sugestiva. De hecho es algo que durante toda la vida me ha producido un cierto gustirrinín. Debe de haber por ahí un gen responsable de estas cosas porque no se explica de otra manera este querer ser autodidacta a toda costa o haber desarrollado una pedagogía con mis alumnos o con mis hijos continuamente encaminada a valerse por sí mismo. Todavía recuerdo con una sonrisa el trabajo que me costaba convencer a los padres de mis alumnos, entonces entre ocho y once años, para que no les ayudaran más de lo necesario en casa y les dejaran resolver solos determinadas tareas; o sonrío también de aquel tiempo en que mandábamos a mi hijo Guille con tres años en el pueblo donde yo daba clase, a comprar el pan (naturalmente avisado el panadero y los padres caminando detrás sin ser vistos). La misma idea nos ocupaba cuando con quince años nuestros hijos recorrían Europa solos con el Interrail. Ni qué decir que a veces lo pasábamos mal, un trago por el que tantos padres se niegan a pasar probablemente subestimando el valor de la educación de la autonomía.
Empecé con las eléctricas y la autonomía energética, pero a estas alturas ya no hay quien me despegue de esa sugestiva idea de la autonomía sin más, así que prosigamos; ahora con la montaña, en la que la autonomía también tiene su gracia, un costo alto medido en peso. El pasado invierno mi macuto llegó a pesar diecinueve kilos cuando fue necesario añadir, además de la toda la impedimentos de invierno, las raquetas, los crampones, el piolet o la tienda. Este verano mi mochila no bajará regularmente de quince kilos contando con la comida y el agua, si no es más, ya que al haber entrado en la feligresía de los prostáticos me obliga a cargar con un peso suplementario de agua que me dobla la espalda.
Casi es de noche, pero quiero esperar un poco a ver si este cielo de Gredos me deja hacer alguna fotografía que merezca la pena. El refugio está bien, pero los ratones andan al acecho. Hoy me toca atar la bolsa de la comida a una cuerda que cuelga del techo específicamente puesta ahí con ese fin. La pasada semana en
Se hace tarde y los ratones me están jodiendo con sus ruiditos de un lado para otro del refugio. Espero que esta noche no se me paseen por la cara.








No hay comentarios:
Publicar un comentario