Cima de Croix Grand Chesnay. De las bondades de la meditación

 




Sobre Croix Grand Chesnay, 26 de junio de 2021

Armoy – Croix Grand Chernoy.



Tumbado junto a la bronca música de un caudaloso arroyo trato de localizar a un ave que anda de una rama a otra espiando al vagabundo. Ya me la imagino yo diciendo para sí, qué coño estará haciendo ese sapiens tanto tiempo a la sombra de un abeto con los ojos cerrados, inmóvil como una momia. Yo entreabro los ojos y espero la oportunidad de tomar la cámara pero la tía es muy escamona y no se deja ver del todo, vuela a otra rama en cuanto me ve mover un músculo. Pues lo que hace este vagabundo después de trincarse una crema de champiñones y cebolla con un par de muslos de pollo asados es pensar en eso que asegura Harari que hace todos los días, es decir, dedicar un par de horas a la meditación, una meditación que entiendo consiste en contemplar cómo pasa el aire por los orificios de su nariz y atraviesa la tráquea y los pulmones, una, dos, tres, un centenar de veces. De cosas así parecen estar hechas las meditaciones de Harari. Dice, además, que haber asistido a un curso de meditación de diez días parece ser la cosa que más le ha enseñado en la vida, más que todos los libros leídos o los años de universidad e investigación.

Hace años llegué a una convicción semejante y para darle cumplimiento elaboré un plan cuyo contenido principal consistió en levantarme en invierno a las cinco de la mañana y salir a caminar en plena oscuridad por los campos que rodean mi casa. Durante el recorrido me imponía un ritmo respiratorio que consistía en caminar inhalando despacio por la nariz el aire, seguir mentalmente su trayecto hasta el fondo de los pulmones, retenerlo allí un poco y después expulsarlo con igual lentitud, pero manteniendo siempre la atención en todo ese recorrido. Una hora así hasta que pisaba el umbral de mi casa. Lo siguiente consistía en encender la chimenea y en posición loto frente al fuego permanecer allí mirando las llamas hasta que “la aurora de rosados dedos” irrumpía con su claridad a través de la ventana de mi cabaña.

Sin esas dos horas de meditación, dice Harari, habría sido imposible que hubiera escrito Homo sapiens y Homo Deus. Que haya una relación entre las horas dedicadas a la meditación y la creatividad, o la mayor o menor claridad con que uno bucea en la realidad y obtiene resultados, es un aspecto de la movida que merecería la pena considerar y, claro, no sólo por eso, también están los otros muchos beneficios que la meditación ofrece, no siendo el menor de ellos aquel que ayuda a proporcionar una paz interior. Yo naturalmente no sabría evaluar todo lo que aquellas caminatas nocturnas me proporcionaban, pero era indudable que aquello tenía mucha música. Entre otras cosas, y a consecuencia de los ratos dedicados a la meditación, aquel invierno fui tejiendo día a día las páginas de un libro que titulé Diariode las cinco de la mañana.



Hoy dormir fue un placer. Cómodo, repantigado, con el saco por encima a modo de edredón, todo el ventanal de la tienda abierto, fuera la luna penetrando el misterio nocturno del bosque; y despertar y usar adormilado el pipiómetro y darme la vuelta y encontrar de nuevo la placidez del colchón, la relajación del cuerpo, la sensación de volver una vez más a un tipo de vida que con tanta pasión busco. Escuchaba decir a Harari esta mañana mientras yo recorría el adormecido bosque matinal que despertaba a los primeros rayos del sol, que ningún relato de los inventados por los sapiens, es decir, las religiones, las ideologías, los nacionalismos, ese tipo de cosas, es real, que todos son una ficción, y que de tener algún sentido un dios, una nación o el simple dinero es el sentido que nosotros le podemos adjudicar. Tampoco para él la Naturaleza tiene connotaciones de aprecio o belleza; si algo de esto existe depende de nosotros. Sin el hombre sobre el planeta Tierra muchas de las atribuciones que adjudicamos a nuestro entorno serían totalmente inútiles. La falsedad sobre las que construimos nuestra convivencia, para los israelitas, ser el pueblo elegido de Dios, para los musulmanes la invención de Alá o la Virgen Inmaculada para los cristianos y en el plano político la creación de las distintas naciones, no son más que convenciones que cumplen un papel pero que se desmoronan en su realidad última cuando nos retrotraemos a un tiempo muy anterior al Paleolítico o incluso más lejano.

Cuando uno camina por la montaña con estas ideas en la cabeza rodeado de seres elementales, el canto matinal de los pájaros, el sonido de los arroyos o el primer sol acariciándote el cuerpo ni siquiera es necesario hacer meditación para intentar ver un poco la realidad. Ésta viene servida por cuanto te rodea, el hombre vuelve a ser un hombre primitivo, el de Cromañón, Neandertal, o los primeros homínidos que recién había bajado de los árboles; las naciones no existen, el dinero tampoco, no hay izquierdas ni derechas ni agentes del medio ambiente; eres tú y los árboles y los pájaros y las hormigas y los mosquitos y los arroyos y el cielo y las nubes y todo cuanto crece y germina sobre el suelo. Y recuerdo en este momento una vieja discusión con un amigo guía de montaña (Orte Menchero) en la que hablábamos de la montaña como amada o no y de las prohibiciones de acampar o vivaquear y no sé de cuántas cosas más y es cierto que necesitamos inventarnos relatos y razones para nuestros comportamientos, yo durmiendo donde me salga el pito, él defendiendo más la protección, que yo también defendía por motivos de masificación y degradación del medio, pero que lo hacía sin que yo personalmente me comprometiera a respetarlas, quizás por la sencilla razón de que puesto a buscarme una categoría yo prefiero la de salvaje más que la de sapiens al uso. Vamos, que sintiéndome más identificado con los zorros o los erizos que con los sapiens en muchos momentos, mis convicciones, mi propio relato se permite el lujo de obviar ciertas regulaciones en pos de la defensa de mi individualidad y mi primitivismo asumido.

Y ya no tengo los ojos cerrados porque para escribir necesito abrirlos. El ave ha vuelto, la he perseguido con la cámara, pero nada, imposible. Es como la realidad, uno trata de apresarla, entenderla, pero ella se escurre aviesa y como quien quiere conservar la intimidad de su ser en algún escondido relicario. La entrevemos aquí y allá pero cuando queremos comprenderla en plenitud, zas ha volado, ha saltado a otra rama y se ha escondido en la espesura del bosque.



Caminé por el bosque tres horas, aquí y allí iban apareciendo montañas, una de ellas vestía un fular de algodonosas nubes y alzaba su capirote altivo como la cabeza de un ofidio, me sumergí literalmente en la oscuridad del bosque y tras un largo descenso terminé en Bioge junto al río Dranse, donde ya correspondía descansar un poco y tomar un tentempié. Subiendo hacia La Plantaz, un cuestón que se ponía de patas, conversé con dos parisinos que iban camino de Chamonix y dos horas más tarde terminé por repantigarme a la sombra junto al río L'Ugine. Éste que suena rumoroso a mi lado.



A las cuatro me pongo en movimiento. Mis apuntes me dicen que en Croix Grand Chesnay, a dos o tres horas tengo una fuente, así que allá voy camino del agua. Una empinadísima ascensión después del río. Lo primero que noto es que subo con soltura, lento pero firme, ese paso que sientes disfrutar porque tu cuerpo lo lleva bien. Estoy satisfecho. Las salidas de todo el invierno me han dejado un cuerpo que me permite disfrutar incluso con los diecisiete kilos o más que llevo encima. El amigo Antonio el otro día esgrimía la certeza de que su hedonismo no le permitía hacer algo que le supusiera sufrir. Yo no estaba muy de acuerdo por aquello del dicho popular de que al que algo quiere algo le cuesta, pero sí es cierto que cuando el cuerpo está en condiciones el placer que se saca en el esfuerzo es dulce como la miel. Estoy sentado a la vera del camino cerca de mi destino. Se acerca una pareja con un perrito. Savez-vous s'il y a de l'eau plus tard? les pregunto. Esas preguntas que ayudan a comenzar una conversación. Ella es colombiana. Charlamos un poco. Les pido permiso para fotografiarlos. Posan con el perrito en los brazos. Me gustan estos encuentros.



Un repecho más arriba me doy la vuelta, y date, allá al fondo tengo el lago Leman de donde salí ayer. Ese placer de alejarse, que canta Machado en su Viaje en tren y que me recuerda alguna que otra despedida, un año que atravesé los Alpes desde el Adriático hasta el Mediterráneo y que saliendo de las cercanías de Trieste tuve durante varios días a mis espaldas. Me volvía y ahí estaba siempre el mar diciéndome adiós.

Elegí pará terminar el día el lugar más bello de los alrededores, una eminencia que presidía 360 grados a la redonda un magnífico panorama.



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