“¿Cuántas noches, cuántos vivacs, cuánta contenida emoción, cuánta belleza habrán las yemas de nuestros dedos acariciado llegado el final de nuestras vidas?”
El Chorrillo, 22 de junio de 2021
Llevo unos cuantos días curiosamente sorprendido por la ausencia de mis enanitos, esos que me impulsan a escribir, acaso con demasiada frecuencia, al hilo de lo que pasa por mi cabeza. Quizás estén cansados de tanta fanfarria escritoril y han decidido tomarse unas vacaciones. La realidad es una y ésta se repite con harta frecuencia, así que no me extraña que puestos a marear la perdiz terminen por adormecerse en algún hueco de mi cerebro. Hoy, después de sus vacaciones, se despertaron sorprendidos por buenas noticias, esas del indulto, por ejemplo, que parecen están animando a los adormilados del PSOE a enfrentarse de verdad a alguno de los problemas acuciantes del país. Además sucede que notaron en mí un cierto nerviosismo y ya les veo curioseando por aquí y por allá a la búsqueda de una razón para esa pequeña inquietud que me está empezando a rondar por todo el cuerpo. Y es que esta mañana, cuando despertaron, se encontraron de golpe con que había novedades, la que dentro de un par de días tanto ellos como yo mismo iban a cambiar repentinamente de escenario dejando la comodidad de nuestra casa por un verano de vagar por las montañas, una vieja historia que ellos creían olvidada y que resucitaba en el loco de su dueño con una renovada fuerza. En eso estamos.
Un par de días y trueco mi indumentaria de jubilado por aquella otra que tanto me gusta de vagabundo, vagabundo de las montañas, de los caminos, de las costas; el polvo de los caminos, las quebradas de los montes, las noches bajo las estrellas de nuevo. La perspectiva de pasar nuevamente un verano vagabundeando por los Alpes me ilusiona, me inquieta. Cumpliré en julio 73 años; mi primera salida al Pirineo fue en el verano del 66, así que será mi cincuenta y cinco aniversario del nacimiento de esa pasión montana que me ha investido de por vida desde el final de la adolescencia. Buena oportunidad para renovar votos, no de castidad o cosas por el estilo, sino para certificar que de todo lo que se nos ha dado en la vida, quizás sea esta pasión y sus derivados una de las constantes que han de seguir mostrando el hábitat en que ha de transcurrir los años que quedan de vida.
Acaso de todos los aspectos en que esta pasión se me ha mostrado a lo largo de los años, sea la de vagabundo la que más aprecio de todas ellas. Recuerdo que muchos años antes de jubilarme ya había encariñado con esta idea; soñaba en recorrer el mundo a pie, sin rumbo fijo, durmiendo bajo las estrellas, junto a las olas, en lo alto de un collado, siempre el camino como hogar. Sí, y aquello terminó por llegar, miles de kilómetros a pie por España, por los Alpes, por tierras de América o Asia. Una vida en la que si algo llegaba a estorbar era un exceso de peso que muchas veces no tuve el valor de reducir. Uno puede vivir meses, años con un bagaje no superior a diez kilos. Desnudos como la mar, que cantaba Machado.
Sentirme vagabundo en este mundo tan raro en el que vivo, raro para mí, se entiende, recuerdo que estimulaba, creo, lo mejor de mí mismo, incluso cuando de hecho en alguna ocasión mientras dormía en una playa o en alguna calle del sur al resguardo del viento o el agua, alguien se acercó a darme una limosna; o aquel dueño del bar que me regaló un litro de leche porque así hacía su buena obra del día. Magnífico, sí, incluso, ser tomado por un indigente y poder tener una larga conversación con el samaritano de turno a costa de una filosofía de la vida que tan mal encaja en este mundo que construimos. En los Alpes Austriacos, en Suiza, en Alemania, me tocó dormir algunas veces bajo el techo de una parada de autobuses al final de una larga jornada de caminar. Lo recuerdo con cariño; en Austria los estudiantes madrugadores que esperaban el autobús del instituto me daban los buenos días con una amplia sonrisa y que yo devolvía desde dentro del saco; los niños, que pasaban en bicicleta camino de la escuela, levantaban el brazo saludando. Aquel día pude dormir en un hotel cercano, pero pareciéndome excesivamente caro decidí dormir en la calle pese al amago de lluvia. Me viene a la memoria aquello y sonrío satisfecho. Raramente duermo en lugares habitados, no los busco, pero tampoco los huyo. El último año de caminar por Alpes, un día que diluviaba, pedí permiso a una señora mayor para dormir en una leñera; ella me ofreció amablemente su garaje. A la mañana siguiente, un rato después de acicalarme en su cuarto de baño, estábamos charlando como viejos conocidos que se cuentan su vida. Descubrimos que ambos nos entendíamos bien en italiano y aquello hizo que nuestra conversación se demorara por un par de horas. Nos despedimos con el ofrecimiento de vernos algún día en Madrid.
El vagabundo es un hombre solitario pero hondamente sociable que ha degustado el placer de la conversación con gente de toda condición. El vagabundo ama la soledad, las tormentas, el mundo salvaje de las montañas más allá del ruido de los mercaderes, pero al vagabundo le encanta encontrarse con otros caminantes, gente de todo el mundo que atraviesa los Alpes o los Pirineos y que llevan en los ojos y en su aspecto un algo que invita a detenerse y charlar con quien se encuentra. Son gente particular, vagabundos como él, caminantes de largas distancias, rostros curtidos de mirada franca. El vagabundo ama a esta gente que deambula por las montañas, se siente hermanado con ellos.
Total, que me es tan caro este sustantivo, vagabundo, que no voy a resistir la tentación de renombrar mi blog como Diario de un vagabundo. Durante la vida de este blog, que nació en el
Confieso que ante la perspectiva de partir y vivir en soledad durante una larga temporada una cierta sensación de orfandad sí me hace cosquillas por dentro. Sensación que asumo como se asumen tantos retos en la vida porque quizás en gran parte vivir consiste en eso, en un continuo ir tras la verdad de lo que es la existencia.

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