Libre te quiero. Madrid-Ginebra



Al sur del lago Leman. Cercanías de Armoy, 25 de junio de 2021


En definitiva vivimos en el mundo que vivimos y aún siendo un vagabundo uno se ve en la necesidad de hacer alguna que otra concesión y, como en este caso, tomar un avión o hacer uso de los transportes públicos tampoco va a ser un delito, que no estamos en la Edad Media, ¿no? Así que vagabundo, sí, pero vagabundo con una tarjeta de banco el el bolsillo y algún que otro artilugio moderno encima que acaso desmerezca de la idea que tengo de esa condición pero que me permite llevar muchos más libros que pudiere albergar la biblioteca de Alejandría o todos los discos y películas que caben en la inmensidad del centímetro cuadrado de una micro Sd. Quizás llegue algún día en que esa otra inmensidad que es mi macuto también pueda reducirse por la magia de alguna nueva tecnología. Años atrás, en estas mismas circunstancias, los catorce kilos que llevo encina eran bastante menos, pero la edad ha hecho que mi botiquín y otros añadidos como teléfono de repuesto y teléfono satelital, así como alguna que otra delicatessen, hayan provocado un verdadero cataclismo en el peso de mi mochila.

Días atrás, Harari, 21 lecciones para el siglo XXI, hablando sobre la complejidad del mundo en que vivimos aseguraba que aunque creemos saber muchas cosas en realidad individualmente sabemos muy poco, porque tratamos el conocimiento que se halla en la mente de los demás como si fuera propio. Probablemente no haya nadie en el mundo que con su solo conocimiento pudiera poner en pie desde la nada una mínima parte de cualquier servicio moderno. Así, cuando proponemos a alguien añadir a la crítica de cualquier aspecto de nuestra sociedad alguna propuesta de solución, la cosa se pone difícil porque de hecho estar a la altura de resolver la enorme complejidad de tantos problemas y asuntos del mundo, no está a la alcance de la mayoría. Ortega mantenía que quien hace una crítica de algo no debería rehuir a continuación la propuesta de una solución alternativa. Todos somos muy buenos cuando criticamos algún aspecto de la realidad pero una cosa muy distinta es proponer soluciones.

La complejidad debería llamarnos a la reflexión y a la profundización en los asuntos, pero tal como está el patio y las prisas que tenemos para todo, parece que ello fuera tarea imposible. ¿Quién resolverá en estas circunstancias los graves problemas del mundo? Harari hace un retrato chusco de aquellos en quienes podría recaer principalmente la tarea de mejorar el mundo. La mayoría de los dirigentes políticos y de magnates de los negocios, escribe, se pasan la vida trajinando. Pero para profundizar en cualquier tema se necesita mucho tiempo, y en particular el privilegio de perder el tiempo. Y añade una verdad de cajón que muchas veces olvidamos: “Si no podemos permitirnos perder el tiempo nunca daremos con la verdad”.

Quizás la complejidad de la realidad, de la sociedad, de las personas, lo que verdaderamente esté pidiendo a gritos sean grandes raciones de “perdida de tiempo”; nos está pidiendo dejar de pertenecer a esa raza de zombis que vagan por la calle con sus narices pegadas al teléfono, nos está pidiendo ratos de reflexión personal sobre los asuntos que nos conciernen a todos en lugar de tratar de digerir la indigesta inflación de información a la que “el sistema” nos tiene acostumbrados.



¡Uau! ¡Despegamos! Un trasto de algunas toneladas que toma carrerilla y de repente se transmuta en pájaro: ¡Volamos! ¿Quién comprende esto?, por ejemplo. Tengo un amigo ingeniero aeronáutico que alguna vez lo comentó. Tenía los conocimientos técnicos acaso para fabricar un avión, pero aún en posesión de ellos, aún así, el hecho le seguía pareciendo tan extraordinario como para que su mente ofreciera resistencia a la comprensión de esta realidad que es poner en el aire tantas toneladas de chatarra.

Probablemente uno no llegue a comprender nunca una mínima parte de la complejidad del mundo en que vivimos, pero si al menos nos alzamos sobre la realidad como los pájaros, de manera que podamos abarcar más allá de lo que los árboles del bosque nos permiten ver, quizás entonces… Y si a ello añadimos grandes dosis de “pérdida de tiempo” quién sabe si con el tiempo no llegaríamos a alcanzar un buen grado de sabiduría.

Desde el aire, Aragón o Cataluña bajo las tripas del avión en este momento, no obstante, la realidad aparece a esta hora un tanto plana. Y sí, recuerdo lo mucho que me aburren últimamente las conversaciones de política porque parece que uno se viera obligado a repetir una y otra vez, primero con unos y después con otros y otros, la misma cantinela; ¿o acaso son ellos, los que en principio cortan el bacalao, los que no salen de los lugares comunes y de los argumentos trillados y previsibles que cada facción lleva siempre bajo el brazo?

¡Coño!, de repente nieve por la ventanilla, el Pirineo… Na, estaba distraído y se me ha pasado. Luego han venido las nubes. Si hubiera sido mi primer viaje en avión habría estado esperando el momento desde el principio del vuelo. Recuerdo mi primer viaje en avión a los Alpes, con qué ilusión esperaba tras el ojo de buey del avión el momento de la aparición de las montañas; pero eso, como decía Pessoa, después de matar un par de tigres la aventura se acaba; un Pessoa, claro, que apenas había salido de Lisboa y que de aventurero no tenía ni un pelo. Sin embargo Pessoa sí era de los aficionados a perder el tiempo, aunque como Kant apenas hubiera salido de su pueblo en toda la vida.




Quince minutos después de haber dejado la estación de ferrocarril de Thonon-les-Bains, junto al lago Leman, a mis espaldas, ya estoy en pleno monte. La foret de Thonon está solitaria y tranquila, bosque umbrío y húmedo atravesado por pequeñas sendas donde enseguida tropiezo con las familiares señales rojiblancas de los grandes recorridos. Este concretamente, el GR5, viene de Bélgica y Holanda y atraviesa enteramente los Alpes entre el lago Leman y Niza. Así que de momento la señal amiga rojiblanca me acompañará, al menos los primeros días hasta Chamonix. Después ya veremos, que el vagabundo no tiene prisa ni ganas de ceñirse a una ruta. Libre te quiero; como el viento. 



A la salida de Armoy me he refugiado en el bosque y ahora, cenado y oscureciendo, escucho los cencerros de las vacas y el lejano golpeteo de una música que adivino proveniente de un pueblo en fiestas. No está mal salir a las cinco de la mañana de casa y encontrarte al final de la tarde acomodado ya en plena montaña y dispuesto a pasar la noche, y especialmente en tiempos como estos en que tan complicado parece andar por el mundo. Oscurece pero a última hora un rayo de sol atraviesa las nubes y el bosque y viene a posarse amigablemente sobre mí tienda de campaña.


 

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