Tormentas a gogó

 



Junto al Col de Chésery 29 de junio de 2021

Col de Mattes - Col de Chésery



Ha llovido con variable fuerza toda la noche, lluvia sin viento que me ha permitido dormir acunado por el sonajero del agua. A las seis me despierto sorprendido por una noche de la que tengo la impresión de que haya durado mucho menos de lo normal. Con los ojos cerrados sopeso con pereza la posibilidad de levantarme. La claridad que filtra la tienda me indica que acaso haya suerte. Ahora estoy sentado dando cuenta del habitual muesli con la tienda cerrada y de repente fuera oigo una voz que dice: “bon apetit”. El ruido de la cuchara contra el poto ha puesto sobreaviso al caminante madrugador de alguien desayunando en su interior. Bon journée, bon journée, contesto sonriendo.

Fuera los rayos del sol atraviesan el bosque formando haces de luz que hacen pensar en una imagen similar del sol atravesando el crucero de una catedral románica. El bosque está ahíto de agua que se encauza aquí y allá por el sendero formando pequeños riachuelos. Me encuentro muy bien esta mañana. Sentir el propio cuerpo, la elasticidad de las piernas, el esfuerzo por ascender pese al peso de la mochila; la atención concentrada en lo que me rodea y en mi propio yo forman un todo que parezco estar tocando con las yemas de los dedos, sintiéndolo como un conjunto unificado en cuyo centro, un decir porque tampoco hay esa sensación de un centro, un alma o un espíritu, en cuyo centro; decía, debe de haber algo que llamamos yo, pero que se me escapa. Ni idea qué sea realmente eso del yo y que cada vez se me presenta más inexplicable. Ergo, la terra si muove y yo existo, pero no tengo ni puñetera idea qué sea eso. Siento, luego existo. Jajaja.


Cerca del collado de Les Mattes, subiendo un empinado nevero, ya me han desaparecido del todo las ganas de filosofar sobre el yo, la espalda ha empezado a chillarme y las huellas que sigo están tan descomunalmente separadas que parecen haber sido talladas por algún Gargantúa. Pero en fin, llego. Hace un poco sol, así que saco la alfombrilla solar y la coloco sobre el macuto. Hay cobertura, sí, llamo a la hortelana que me da el parte diario de la familia. El mundo y sus asuntos siguen existiendo al otro lado de las montañas.

Un largo descenso, las montañas del fondo están algo enfurruñadas así que me propongo a media mañana parar a tomar algo y secar la tienda. Me paro al lado del sendero, abro el macuto, saco la tienda que está totalmente empapada, la extiendo sobre unas piedras y… comienza a llover. Perfecto. Recoge, ponte la impedimenta de lluvia y a tirar para adelante. Al poco se inicia un diluvio de esos que te deja las botas inundadas y los pies como si estuvieras chapoteando en medio de un charco. Y para más inri mi cuerpo ya no está como una rosa y mi yo ni idea de dónde se ha metido, que lo que sí existe es la espalda que chilla bajo la lluvia y que parece no ser escuchada por nadie. Llueve, llueve, pero mucho más que todo el agua que pudiera ver Machado tras los cristales. Agua que no me molesta, sólo que todo se pone muy oscuro y se me ocurre que en muchas horas por delante no tengo absolutamente nada donde protegerme de este salvaje aguacero. Venía leyendo antes de parar El jardín de los Finzi-Contini. Chico que viene enamorado de chica desde hace un montón de páginas y ahora ella se ha marchado a Venecia y me gustaría seguir leyendo bajo la lluvia, porque si unos cantan bajo la lluvia, a ver por qué no voy yo a leer. Pero bueno, iba a ser un poco complicado andar sacando el teléfono y el auricular, así que desisto y me entrego del todo al espíritu de la lluvia y a su cadencia que va deslizando una pequeña cortina de agua por la visera de mi gorra, una que me compré a la medida en Amazon y que es la primera que me viene bien desde hace mucho tiempo, que todas siempre me venían pequeñas, que los fabricantes de gorras pasan de las cabezas grandes con eso de talla única, que de talla única nada, que ya cuando iba de niño al colegio una de las cosas que más me jodía es que los otros niños me llamarán cabezón. Así que ahora que tengo gorra a medida gracias a Amazon estoy súper contento. Me llegó además un día en que me había cortado el pelo casi al cero después de año y pico de pandemia. Mi coco me lo agradeció enseguida.

Bueno, pues no lo vais a creer, pero es que en mitad del diluvio, al final de una revuelta, se me apareció la virgen en la forma de una pequeña casita destinada a aperos de labranza. Y tenía la puerta abierta… y dentro estaba una pareja de jóvenes parisinos con los que había charlado el día anterior. Después de un rato descubrimos que mejor tomábamos posesión del lugar para pasar el día y la noche. Fuera seguía diluviando. Ellos montaron la tienda dentro del chamizo y yo ocupé la parte interna desplegando todo aquello que llevaba mojado. Después de comer cambiaron de opinión tras dejar momentáneamente de llover. Y yo a la postre también media hora más tarde.

Me volvió a sorprender la lluvia a media hora del refugio de Cheséry. Pies para qué os quiero, que decía mi antigua novia.

De hecho al ser tan clara la tienda y de una sola capa, cuando el grueso de la tormenta descarga justo encima de mí resulta algo impresionante. Es una fuerza física sobrecogedora. Las tormentas en alta montaña me tienen bastante acostumbrado, en general las celebro, especialmente cuando la experiencia con una misma tienda es ya lo suficientemente sólida, que no es el caso hoy. Ver y oír tal torrente de agua a cuatro dedos de mi nariz todavía me sobrecoge un poco. Espero que tras este estreno y otras muchas que vengan la tienda termine ganándose mi confianza. De momento la tormenta de esta tarde ha sido muy violenta. Iluso probablemente yo al utilizar el pretérito perfecto, porque de hecho aquí está otra vez de nuevo tras un breve respiro. He contado muchas veces ese placer que suscita vivir algunas horas bajo la furia desatada de los elementos en soledad y dentro de una minúscula tienda, y ese mar de poderosas sensaciones que genera tal situación se ve un tanto quebrada en este momento ante el interrogante que me surge, ese ¿resistirá o no resistirá, resistirá o no resistirá? Hace un par de años, sobre un alto collado, a la tormenta se unió un fortísimo viento que tumbaba la tienda y que me obligó durante dos horas a permanecer en la oscuridad de rodillas intentando contrarrestar la fuerza del viento con las manos sobre tela de la tienda. En una situación así bastaría que saltase una clavija para que la tienda se convierta en un trapo rasgado por el viento.

Y colorín colorado, que por hoy ya está bien.




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