Camino del Col de La Golèse, 30 de junio de 2021
Col de Chésery – Camino del Col de La Golèse
Après la pluie, era el título de un disco que usábamos en casa en un tiempo en que practicábamos reiki. La música de Satie, algunas de sus Gymnopedies, era un excelente acompañamiento para aquellos ratos. Yo siempre había sido muy escéptico hacia esa clase de prácticas, pero… bueno, uno puede cambiar de parecer, ¿no? Aquello funcionaba muy bien, nos dejaba el cuerpo como la seda y sobre todo una tranquilidad de espíritu que hizo que aquella práctica se prolongara en nuestra casa por mucho tiempo.
Me acordé sin más hoy de ese álbum porque al final mi jornada se convirtió en una jornada après la pluie. Después de la intensa lluvia de toda la noche, cuando mi despertador interno me llamó al orden, miedo me daba abrir la cremallera de la tienda pensando que me iba a despertar en medio de una nube a punto de continuar soltando agua. Lo demoré por un buen rato. La sensación de humedad dentro de la tienda se mascaba. Pues bien, cuando me incorporo lo primero que (una carrera ahora mismo mientras escribo para recuperar mi ropa puesta a secar sobre los tiros de la tienda. Naturalmente vuelve a llover); cuando me incorporo, decía, lo primero que veo es un gran charco que ocupa el tercio de la tienda a mis pies. El colchón neumático flota sobre el agua. Ayer, con las prisas de la tormenta que se me venía encima no fui muy atento y no vi la concavidad sobre la que había instalado mi tienda. Cuando tomé mis botas, que había puesto para realzar el colchón, de su interior salió un cuarto litro de agua.
Abro la cremallera; todo está cubierto, la niebla oculta el Col de Chésery. Uf… pero enseguida recuerdo cierto día similar también après la pluie de hace un par de años. El día anterior me había empapado y a la mañana siguiente tuve que comenzar a caminar con la mitad del equipo mojado en medio de la lluvia. Fue fantástico, caminaba entre una espesa niebla embutido en el pluma y con la capa de agua, y recuerdo que aquellas circunstancias me proporcionaron uno de los momentos de plenitud que no creo que los años puedan borrar. Sentí entonces una sensación de felicidad que pocas veces he vuelto a encontrar en otros momentos de la vida. Creo que este recuerdo me animó a recoger animosamente todo mi equipo mojado. No tuve ni siquiera necesidad de parar en el refugio de Chésery. Estábamos a dos mil metros. Rodeé el lago por los neveros de la derecha.
Más allá lo más notable fue la aparición frente a mí de unas bellas y esbeltas montañas que venía viendo desde hace días cada vez que atravesaba un alto collado. Acaso su nombre sea Montañas de Folli, no sé.
Antes de comenzar la subida al Col de Coux saqué de mi faldriquera una joya de libro del ámbito cultural de los derviches, Las ocurrencias del increíble Mula Nasrudin, de Idries Shah, un primo hermano de de Khalil Gibram, cuyos cortos relatos pueden hacer las delicias de un lector adicto a las ocurrencias derviches. En la hora y media que me duró la subida una sonrisa y mi dolor de espalda fueron de la mano.
Sospecho que una pareja madura de suizos que me adelantó dándome los buenos días, debieron de sonreír también a mi costa cuando leía el relato titulado El lógico. “Nasrudín entró en un pueblo y subió sobre una silla en la plaza del mercado.
Una vez que se hubo reunido una muchedumbre a su alrededor, declamó:
—Sabed, oh pueblo, que el aire de aquí es similar al aire de mi propio pueblo.
—¿Qué le hace pensar así? —gritó alguien.
—Porque puedo ver la misma cantidad de estrellas aquí de las que puedo ver cuando estoy allá”.
Y que, claro, me recordaba lejanamente ese empeño en querer diferenciarnos unos de otros. Yo aterrizo en Ginebra y a mí los suizos me parecen idénticos a los españoles, y si salgo a la calle para darme una vuelta no me parecen éstas muy diferentes a las de Madrid o Barcelona. Si los suizos, como aseguraba Somerset Maugham, a lo largo de toda su historia sólo han inventado el reloj de cuco, no se diferencian mucho de nosotros. Y para confirmarlo, si aquí miro el cielo, no te digo más, el mismísimo que veo desde mi casa. Vamos, que el mulá Nasrudín tenía toda la razón del mundo. Tuve que tomarme un respiro en el collado, y no precisamente por Nasrudín.
Ahora llueve suave y apacible. Eran las dos de la tarde, estaba muy cubierto y aunque quería subir hasta el Col de La Golèse, al final pudo el sentido común y ese propósito que me he hecho desde tiempo atrás de hacer la guerra a las prisas. Elegí un pequeño prado junto al río para mi tienda, en esta ocasión hasta busqué un promontorio de manera que no hubiera posibilidad de que el agua escurriera hacia el interior de la tienda. Allí instalé mi segundo tenderete para intentar secar lo que me quedaba. Tenía una larga tarde por delante así que me dediqué a cosas varias como escribir al autor de la mayoría de la información que llevo encima sobre esta parte de mi recorrido. Hay personas como Pablo de Gárate, que en este caso ha subido a Wikiloc una enorme cantidad de información, además de los tracks consiguientes, a los que deberían dar un especial premio a la ciudadanía por su labor. De hecho este verano yo andaba despistadísimo a la hora de determinar a dónde dirigir mis pasos, y ha sido el trabajo de este hombre el que me ha decidido. Al día siguiente de encontrar sus notas en Wikiloc ya había comprado un billete de avión para Ginebra.
Y fin… naturalmente sigue lloviendo. Esta tarde sin la fanfarria de la tormenta… al menos de momento.












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