Macizo de La Vanoise. Bajo el refugio de Plan di Lac, 15 de julio de 2021
Sobre el valle de Mont Cenis – Bajo el refugio de Plan du Lac.
Hacer nada, oír la lluvia, entornar los ojos cuando se produce una fuerte claridad en los momentos en que las nubes dejan un resquicio al sol. La eterna cantinela del verano termina haciéndose amigable compañía. Esta noche también llovió sin cesar toda ella, sólo cerca de las diez paró un poco y pude recoger y ponerme en camino. Tuve que meter la tienda en una bolsa como quien mete una esponja sin escurrir que ha estado bajo el agua. El sendero trepaba por un bosque de grandes abetos, un espacio oscuro y como adormecido, entreverado de niebla y agua en donde parecía inconcebible el paso de un sapiens en un mundo cerrado sobre sí mismo. Qué distinta realidad, esa de la que hablaba ayer mismo, el bosque soleado y risueño y este otro, íntimo, oscuro, como sumido en la noche de los tiempos, casi más perteneciente al reino de lo inanimado que al de los seres vivos. Cuánta música dormida en sus ramas y rincones, acaso como las cuerdas de aquel famoso arpa, esperando quizás el paso de un caminante solitario sin prisa que sepa apreciarla. Más al principio de jornada, cuando el cuerpo gana metro a metro altura sin que el peso ni la espalda molesten esta íntima relación con el bosque, con ese pinzón que trina en las ramas sin que le importe mucho la grisura de la mañana.
Y subiendo por este mundo de nieblas y espesa oscuridad entre grandes abetos, recuerdo un verano también de lluvias cruzando el Pirineo francés entre Port Bou y Hendaya. Qué coño tendrán la lluvia y los bosques, los hayedos, los abetales, los robledales cuando éstos se llenan de lluvia y niebla. Aquella tremenda nostalgia que suscitaron las lluvias y los bosques dieron lugar a una novela que titulé Vivir en los bosques. No es fácil acercar a quien no ha pasado noches y días en los bosques, otoños, inviernos, veranos o primaveras, atravesándolos o durmiendo en su regazo. Ni lejanamente ello es posible, al menos con cierta proximidad. La novela surgió precisamente un día en que yo atravesaba un gran hayedo en medio de una lluvia fuerte y persistente. Estaba calado hasta los huesos y en cierto punto del recorrido me tropecé con una baita, una borda, una pequeña construcción abandonada cuyas puertas yacían arrumbadas contra una pared. Usé aquellas maderas, que en otro tiempo habían servido de portalón, para improvisarme una cama sobre un suelo lleno de charcos. Fue después, cuando me hube cambiado de ropa y recostado en una de las jambas de la puerta, que di comienzo a aquella novela, un momento así hubiera inspirado a cualquiera. Aquella novela que terminaría precisamente avistando la ciudad de Hendaya, comenzaba así: “Las hayas chorreaban aguas milenarias, lo habían estado haciendo durante cientos de años. Esos dos días y medio, esa noche, eran sólo una parte ínfima de aquella secuencia de nieblas y lluvias. Repicaba el agua sobre el tejado de pizarra con la misma aburrida reiteración con que las olas besan las arenas de la playa desde el principio de los siglos. Gruesos goterones atravesaban los numerosos huecos que el tiempo había ido abriendo obstinadamente entre las losetas de pizarra dejándose caer sobre los charcos del suelo de tierra con la monotonía exasperante de un grifo mal cerrado que alejara el sueño de un cuerpo cansado. Fuera, las hayas lloraban repletas de niebla y pena”.
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| Vivir en los bosques |
Hoy tenía parecidas sensaciones ascendiendo entre aquellos abetos centenarios. Quinientos metros de desnivel más arriba sólo quedaron los prados cuajados de flores y la niebla, unos pocos metros de visibilidad a mi alrededor nada más. Las flores, cargadas de las pequeñas perlas que había dejado la lluvia en sus pétalos, me obligaron a la detenerme con frecuencia para dar el gusto a mi cámara que parecía admirada del mundo que nos rodeaba.
Tras la comida, mi tarte au noix y mi café au lait volví al camino, un suave descenso por un sendero cortejado de cerca por un riachuelo que si en algún momento me ofrecía un espacio para mi tienda prometía ideal. Momento que me ofreció antes de precipitarse el camino por una abrupta ladera.
Hoy terminé pronto con mi crónica, las siete de la tarde, así que me haré un té y dedicaré el resto de la tarde a la lectura, hoy un ejercicio de autofagia lectora. Había terminado de leer a Desmond Morris hace un par de días y no encontré otro libro más a mano que uno de esos que suelo leer junto a la chimenea del invierno, precisamente el relato de mis andanzas por los Alpes de hace un par de años, una de obra que titulé Un verano en las montañas. Me voy con el té, pero antes dejo aquí ese pensamiento recurrente que me asalta cada verano cuando abandono mi casa para vagar por los Alpes o los Pirineos. Las palabras que siguen pertenecen a los primeros párrafos del libro: “Camino de los Alpes ahora ya no hay la expectación de cuando era joven, es sólo volver a encontrarme con un estilo de vida que me place pero que además me sirve para estar en la línea de hacer de la vida algo hermoso, porque hermoso es vivir en este salvaje mundo donde el esfuerzo, las tormentas, la entrañable belleza de los valles y montañas se reúnen para dar satisfacción y acogida a este solitario que llevo dentro desde que nací”. Me repito, pero bueno. Pues eso, que uno sigue siendo idéntico a sí mismo.
Me voy con el té.
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| Un verano en las montañas |


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