Un lugar indeterminado más allá de Gran Berge, 7 de julio de 2021
Col de la Sauce – refugio de Plan de Lai, Gran Berge – Un lugar indeterminado.
Las telas de la tienda se agitan, se inflan, y de golpe todo el lateral derecho se me viene encima al tiempo que se desata una fuerte lluvia. Me incorporo. La tela del lateral izquierdo se mueve como una vela a la que se le hubiese soltado un cabo en medio del vendaval. Miro a mi alrededor escéptico, cada cosa en su sitio como siempre. Demasiado que recoger si esto va mucho a más. Los truenos restallan sobre el collado con fuerza. Nada que hacer. Esperar, vigilar los tiros. Tánto investigar para conseguir una tienda superligera se hace duda en estos momentos.
Es tal la violencia que instintivamente me pongo a recoger todo previendo lo peor, pero es inútil, no sé por donde empezar y me limito a comprobar si hay alguna vía de agua a ras del suelo. Quién sabe si ésta se raja en una de esas arremetidas. Las ráfagas son muy violentas. Las otras tiendas que he tenido todas han recibido su bautismo de tormentas nada pacíficas pero pese a ello no tuve nunca la preocupación que tengo con ésta. Quizás cuando ese bautismo se produzca de veras y supere la prueba pueda estar más tranquilo. Hay mucha gente a la que una tormenta ha destrozado la tienda. Me he preguntado muchas veces qué haría si se rompe en mitad de una de estas arremetidas de agua y viento. No puedo imaginármelo.
También sucede que tengo cierta propensión a dormir en collados y cumbres y que mis tiendas siempre han resistido tormentas y vientos, pero… Una incógnita que esta tarde me deja algo nervioso.
En media hora la tormenta amina y deja atrás una lluvia persistente que durará toda la noche.
Las nueve de la mañana. Comenzó ayer a llover hacia las cinco de la tarde y aquí sigue todavía, una lluvia monótona que parece que haya venido queriendo quedarse para siempre. Un collado a dos mil trescientos metros. Todo sumergido en el lúgubre aspecto que toma la montaña cuando se cierra sobre sí a cal y canto. Fuera una espesa niebla que se abre a ratos dejando el triste espectáculo de un mundo gris y deslucido. Sensación de intemporalidad, un pajarito solitario que pía en los alrededores, el continuado repiqueteo del agua sobre la tienda, las montañas oscuras, hoscas, parcialmente cubiertas todavía con el manto blanco de la nieve. La tela de la tienda aletea ligeramente agitada por el viento. Por ella resbalan grandes goterones, que detenidos por un instante, enseguida se agitan y se precipitan culebreando por la inclinada pendiente del techo. Nada que hacer; esperar. No quiero salir a esa intemperie hostil que reina fuera del acogedor espacio de mi tienda. Me he acordado de una guapa y simpática gordita que caminaba ayer con su perro, un inquieto can que, zalamero, hacía migas con todo el mundo, y me he sentido por un rato acompañado. Ahora vuelvo a estar solo. Casi me entran ganas de que siga lloviendo hasta mañana. Se está demasiado bien en el saco para salir a la incomodidad del exterior. De momento voy a desayunar. Creo que todavía me queda un poco de leche en polvo, algo de muesli y unas barritas energéticas que pueden reforzar mi desayuno.
En torno a las diez cesó inesperadamente la lluvia. Recojo rápidamente y quince minutos más tarde mis botas chapotean en el barro del camino. Incluso aparecen breves manchas de sol sobre la tostada ladera que atravieso. Las nubes cubren las cumbres principales. Después de un largo descenso por una abrupta pendiente llega de nuevo mi hora de lectura. Desmond Morris se extiende largamente sobre las adquisiciones que el mono desnudo, los sapiens, va haciendo en las primeras semanas y meses de vida, el nacimiento de la sonrisa en el niño reflejo de la madre como elemento apaciguador; esa sonrisa que es única en el reino animal y que nos pone a bien con el resto del mundo. Después de tomar un tentempié en el refugio de Plan de la Lai cambio Morris por un libro que llevo demorando desde hace tiempo, se trata de El libro de la almohada, de Sei Sonagon, una obra japonesa del siglo X que encontré recomendada en una entrevista a Santiago Alba Rico, un hombre de toda confianza al que escucho siempre con mucho gusto por su muy especial sabiduría de la vida. El libro es, se dice en la presentación, una pequeña joya literaria, un vivo y colorido retrato de la vida en la corte imperial. Leí durante un buen rato mientras alcanzaba la Gran Berge, de nuevo en la cota de los 2000. La nieve y las laderas agrestes han sido sustituidas por praderas verdes que van a hundir sus raíces en el gran lago de Roselend.
De nuevo la lluvia, pequeñas gotas que poco a poco van tomando consistencia, que se adensan y enseguida se convierten en ese pequeño aguacero que vengo viviendo la mayoría de la tarde. Al poco los truenos, todavía lejos, inician su cantinela diaria que no impide que al rato el sol caiga sobre mi tienda convirtiendo ésta en un asadero. Sólo unos minutos. Se vuelven a oír los cencerros de las vacas. Sigue una breve calma que aprovecho para mandar a Victoria mi posición y el breve resumen de “todo bien”. Llevo varios días sin cobertura de teléfono. Ha sido un verdadero acierto incorporar un teléfono satelital a mi equipaje, uno más entre muchos otros detalles que han ido poco a poco engordando mi macuto.
Y quién lo diría, sale el sol y vuelvo a abrir la puerta de par en par y esto se convierte en un tórrido verano que pasado un rato tiene la facultad de formar un mar de niebla bajo el emplazamiento de mi tienda. Un bello espectáculo que me obliga a sacar la cámara.
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