Caminar en la nada


 

Macizo de La Vanoise. Sobre el lago Le Plan d'Amont, 17 de julio de 2021

Le Mont - Sobre el lago Le Plan d'Amont.


El ventanuco de la choza que me había acogido se llenó de la temprana luz del sol nada más amanecer. Ya la noche anterior había habido un pequeño anuncio. Antes de dormir, después de ver la mitad de la película, salí fuera y ya el resplandor de la luna asomaba por la montaña que tenía en frente. Las estrellas brillaban en el cenit, pero sin embargo persistía valle abajo un grueso de nubes que logré fotografiar, un bello y llamativo espectáculo que producía la impresión de ser orquestado por la iluminación de un fuego interior.

Volví al saco con un par de imágenes interesantes en la cámara. La película, Amor en llamas (Waga koi wa moenu, Kenji Mizoguchi,1949), el combate de una mujer que lucha en nombre de la libertad contra el sistema familiar feudal, era un oportuno contrapunto al libro que había finalizado ayer mismo de Sei Shonagon. Esa plebe de que hablaba y a la que se refería la autora despreciativamente desde su situación de privilegio, era dama de la corte de la emperatriz Sadako en el Japón del siglo X, termina por tomar conciencia de su situación de sumisión. Un muy lento despertar del que está sembrada la historia de la humanidad. Aunque pasan y pasan los siglos y muchos siguen más dormidos que un lirón, dormidos, engañados y sin señales de que vayan a cambiar en el futuro, a Dios gracias siempre hay individuos y grupos que están hechos de otra madera. Esta noche terminaré con la peli.


Caminar en la nada. Eso fue gran parte de la jornada pese al buen tiempo anunciado y al sol de primera hora, que terminó desapareciendo según ganaba altura. Una persona que no está habituada a caminar por la montaña, sabiendo de que alguien pasa meses atravesándolas, lo lógico es que piense que el que tal hace conocerá muy bien tal o cual macizo. Pues no. Llevo ya unos cuantos días largos atravesando el macizo de La Vanoise y la verdad es que no he visto demasiado. He caminado muchas horas bajo la lluvia, y más todavía envuelto en la niebla. Sí, adivino precipicios, cruzo torrentes caudalosos, a veces un poco trepidantes en donde un pequeño resbalón puede terminar en algo muy desagradable, atravieso extensos bosques, pero… si alguien inicia una aventura de éstas con ánimo de conocer visualmente valles y montañas y da con un par de semanas de mal tiempo es posible que se marche a casa con un conocimiento limitadísimo de los lugares por donde ha caminado.

¿Malo?, ¿perdida de tiempo?: en absoluto. La familia de los porqués nos paseamos por los montes es prolija en razones. Probablemente no haya nadie que sepa dar razón pormenorizada de por qué hace estas cosas, pero sucede que uno sin pensarlo mucho, como las cabras, que tiran al monte, agarra un macutazo y se planta al pie de una cordillera. Lo que venga a continuación probablemente no tenga mucho que ver con deseos de conocimientos geográficos. Si estás en casa y quieres salir a la sierra pero el tiempo está malo, te quedas en casa y vas otro día cuando salga el sol, pero si no es el caso tienes que arrear con lo que te toque, llueva, truene o no se vea ni pijo porque la niebla ha invadido el lugar. Y aquí es donde viene lo interesante. Tú no has venido a caminar bajo la lluvia o envuelto en una nube, pero como ya estás aquí no vas a coger el avión y te vas a volver a casa, y entonces tiras con lo que hay, y amigo, es que con lo que te topas, lluvia o lo que sea, te puedes encontrar de puta madre; que vas a caminar con las botas llenas de agua y que no pasa nada; que te va a caer una horrenda tormenta encima y vas a sentir algo de temor, pero va a llegar el momento en que disfrutes esa grandiosidad sobre tu cabeza como un gran regalo; y así día a día vas entrando en la piel de otra persona que cuando acaba la jornada y al fin se mete en su tienda tras muchas horas de caminar en lo que llamamos malas condiciones, ordena sus cosas, se hace un té o se prepara una comida caliente, se mete en el saco y recuerda la jornada transcurrida se siente el hombre más feliz del mundo. Esa otra persona no es que realmente sea otra, lo que sucede es que ha conectado con una parte de su yo que andaba por ahí adormecida, eso, como esperando a Godot, pero que viendo que no solamente se puede sino que además siente por dentro una enorme satisfacción, una alegría nueva en este deambular bajo las lluvias o entre las nieblas; viendo todo pues, se comprende mejor este rular por el mundo pese a que en ocasiones veas físicamente muy poco de ese mundo.


Un caso muy especial de estas andaduras se ameniza cuando te tropiezas con un caudaloso y horripilante torrente, espumeante y ruidoso hasta el punto de quitarte el hipo, algo que aparece con alguna frecuencia en el panorama diario dadas las lluvias continuas en la región. Hoy fueron dos o tres, pero incluso eso pasa a la consideración de cosa corriente. Hoy fotografié en uno de ellos a un grupo que me precedía. A estas alturas ya he dejado de pensar en eso de evitar mojarme las botas. Hay que extender los bastones al máximo y con tres puntos de apoyo seguros buscar el siguiente apoyo aunque la roca esté bajo el agua. Ya se secarán las botas. Siete pares de calcetines gruesos de recambio dan para mantener los pies en buenas condiciones.



Desapareció la niebla cuando estaba llegando al refugio. Tenía tantas ganas de sol que cuando terminé la comida me largué de inmediato con la idea de caminar un par de horas y pasar el resto de la tarde despanzurrado al sol. Fue delicioso cerrar los ojos en un prado junto a un arroyo y escuchar la voz tan bien templada de una lectora que me leía capítulo tras capitulo Los pazos de Ulloa, de Pardo Bazán.












 

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