Esa esencia palpitante que buscamos

 


 

Macizo de La Vanoise. Le Mont, 16 de julio de 2021

Bajo el refugio de Plan du Lac – Refugio de L’Arpont – Le Mont


Esta noche extraño la falta de lluvia sobre lo tienda. He asomado la cabeza fuera y hasta un cacho de luna me he encontrado. Hice un par de fotos. Las nubes se arrastraban por las laderas y cubrían las cumbres. Desacostumbrado paisaje que celebro y que parece pertenecer a otra época después de la larguísima temporada de lluvias que llevo.

Pero la celebración no duró mucho. Estaba empezando a dormirme cuando de nuevo ahí estaba la lluvia chapoteando fuerte sobre el techo de la tienda. Amaneció igual, así que volví a mi sueño, una estrambótica historia. Estábamos en Turquía. Éramos tres o cuatro y la policía nos impedía continuar viaje por una razón desconocida. Nos habían proporcionado un lugar para dormir y después habían desaparecido sin más explicaciones. Era una ciudad grande y no sabíamos qué hacer o donde dirigirnos. Apareció por allí un vecino que hablaba castellano, pero después de unos minutos se desentendió de nosotros. El ambiente era muy kafkiano, en vez de el castillo de América, América era un dédalo de calles que parecían no llevar a ninguna parte. Me despertaba, comprobaba que todo estuviera seco y volvía de nuevo a las calles del sueño con angustia. A última hora se me ocurrió que a lo mejor nos habían puesto en cuarentena por el Covid sin más. Salí del sueño debido a un repentino silencio: había dejado de llover. Turquía quedó atrás y resultó que fuera había una discreta claridad y un ligero viento que después de desayunar me permitió secar la tienda.


Las montañas están cubiertas, grandes montañas que bajo las densas nubes que las cubren dejan ver los neveros que bajan de las alturas. Tras un descenso mediano hasta el fondo del valle, el sendero se encarama a la ladera opuesta por quinientos o seiscientos metros de desnivel. Me siento bien esta mañana, mis piernas trabajan a un ritmo lento pero constante, zigzag tras zigzag. Es el tiempo de la lectura. La vida galante de la corte; lo otro no cuenta, es plebe, gente vulgar que siempre desagrada a la autora. Chambelanes, caballeros que visitan a las damas en sus aposentos a la noche, un emperador dedicado a la poesía y a las conversaciones, las celebraciones, los atuendos de fiesta, las buenas maneras propias de la gente bien. Es la vida de la corte, interesante, atractiva, llena de sensibilidad. Cuando uno lee a Proust, lo que supone tomar de la realidad la parte más amable y emotiva, penetrar hondamente en la sensibilidad y en el mundo interior de sus personajes, el placer de la lectura, que acompaña la buena literatura, es un placer incontaminado por la realidad de un mundo global. Proust parece que no tiene otro cometido en la vida que explorar la realidad a la búsqueda de su esencia más palpitante. La realidad, pasada por el alambique del arte y la sensibilidad, nos proporciona placer, pero sin embargo al lector, que vive una realidad más amplia en donde la prosa generalmente tiene más parte que la poesía, le llega en algún momento a la cabeza un interrogante que dice más o menos: ¿pero de qué cojones vive esta gente? No va a ser cosa de hablar de clases sociales ni de cómo se lo han montado siempre unos pocos, casi siempre a costa de unos muchos, pero sí, que uno, que disfruta de la buena literatura, también se pregunta por esta gran disparidad que entrevé entre el mundo de Proust y Sei Shonagon y el de la realidad de su tiempo. Una parte importantísima de las obras de arte de todos los tiempos se levanta sobre la iniquidad ejercida de una clase social sobre otra. Unos con todas las posibilidades de desarrollo personal, social y cultural a sus alcance, otros con ninguna. Desde el punto de vista del arte, ¿ha sido imprescindible que esto fuera así, que unos pocos etcétera, para que hayamos tenido las maravillas que a lo largo de toda la historia se han creado? ¿Ha sido necesario que existiera esa ficción de Dios, de Iglesia Católica, para que se desarrollase un arte tan profundo y magnífico? Y esto, que a mí me parece una pregunta un tanto dolorosa: Si en el mundo la riqueza se hubiera repartido con un criterio más justo ¿habríamos tenido un arte, una cultura de tan alta calidad?



Tras la primera ascensión matinal, una larguísima marcha con algo de sol, lluvia, niebla, de todo un poco. Las montañas siguen cubiertas. Llegando al refugio la niebla es tan espesa que tengo que parar y sacar el gps ante la duda de que pueda pasar de largo. Después de encargar la comida descubro una habitación con una estufa que larga vaharadas de calor. No hay nadie. Lo siento pero mis botas y calcetines están chorreando y además arrastro cuatro pares de calcetines empapados que no he logrado secar en estos días. Lo siento, digo, porque de sobra sé que al poco la habitación entera va a oler deliciosamente a queso rancio. Luego entró más gente que hizo lo mismo. Media hora más tarde hubo que abrir la ventana de par en par; aquello era demasiado queso para un espacio tan cerrado.

Y llovía cuando deje atrás el refugio, y la niebla era impenetrable, pero ¡qué bello estaba todo, qué hermoso se pone todo cuando la niebla y el agua se posan sobre las flores y los arbustos! El sendero es con frecuencia un pequeño río, los torrentes bajan espectaculares en este paisaje ocupado por la niebla.




Casualmente hoy al final del día me encuentro en una situación muy similar a la que describía ayer de cierta novela, una jornada de lluvia y espesa niebla que me depara al final de mi caminar el cobijo de una acogedora cabaña. Tuve que emplear un tiempo en limpiar y habilitarla para pasar la tarde noche pero al final quedó eso, acogedora.

De momento la niebla es tan espesa que apenas se ve más allá de los diez o veinte metros. Había llegado al lugar llamado Le Mont, en el límite con el Parque Nacional, y buscaba entre la niebla un lugar para montar mi tienda cuando apareció esta cabaña que sí, estaba abierta. Un fin de tarde apacible para una jornada que me ha resultado dura pero que me ha dejado un buen sabor de boca porque mi cuerpo se ha comportado como en otros tiempos, cinco horas de un tirón hasta el refugio que me deja un buen sabor de boca.

Me he metido en el saco, he preparado una merienda de cuando era niño, un vaso de leche caliente y chocolate y ahora miro el mundo tras las puerta abierta de par en par, los restos de una tarde que invita a la nostalgia. Llueve otra vez, la niebla restringe el mundo a lo inmediato, un goteo persistente dentro de la cabaña hace las veces de un metrónomo para una lejana música de viento y agua. He tenido que cerrar la puerta. Hace un frío húmedo que me obliga a arrebujarme el saco.


 









 

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