Camino del Pas de la Cavale, 27 de julio de 2021
Bajo el col de Vallonet – Camino del Col de La Cavale.
Acabo de terminar de ver El hombre del brazo de oro (Otto Preminger,1955) en la que la extraordinaria actuación de Frank Sinatra da vida a un yonki que, rehabilitado y recién salido de la cárcel, se enfrenta a la dificultad de encontrar trabajo y a un empeño por rehacer su vida poco menos que imposible.
Un esmerado ambiente de época arropa con primor toda la dramática historia. Me sucede a menudo cuando veo una película de noche en medio de este vagabundaje, despertar como sorprendido cuando aparece la palabra fin, y de repente vuelvo a la realidad de mi tienda, al silencio, a esta gran soledad, hoy bajo un collado a 2600 metros de altura, un lugar aparentemente nada propicio para ver una película pero que en su aislamiento propicia un encuentro absorbente con el cine y la historia que se está narrando. Pese a que el dispositivo en que lo veo es bastante pequeño, un teléfono de cuatro pulgadas, es extraordinaria la penetración que adquiere el film en estas circunstancias. Me sucede algo parecido con la música. Qué sé yo, los sentidos que están más sensibles, las circunstancias de aislamiento, convierten, por ejemplo, la audición del Magnificat de Bach en algo grandioso y sobrecogedor. No creo que exista un auditorio mejor en el mundo que una tienda de campaña perdida en la noche y en las montañas. Y del cine pienso lo mismo, sí, aunque la cosa se desarrolle sobre una pantalla tan pequeña. En casa vemos cine en una pantalla de dos metros y medio de ancho y ni por asomo me fundo con lo que estoy viendo como me sucede aquí. Quizás también cuenta que he adquirido mucha experiencia durante el último medio año en eso de vivir en el espacio tan reducido de la tienda. Recuerdo con una sonrisa en los labios algunas noches de invierno sobre una cumbre con muchos grados bajo cero viendo una película embutido en el saco de dormir con apenas una reducida abertura para poder respirar. Llegué a inventar incluso un sistema para que el saco no se me viniera encima y pudiera ver la peli con cierto confort.
Me he desvelado. Miro las estrellas a través de la abertura de mi tienda, siempre de par en par abierta cuando no llueve. Me son cercanas las personas que sufren, ese yonki que representa Frank Sinatra, su amigo, un pobre diablo que daría su vida por él, el personaje de Eleanor Parker, que se hace pasar por inválida con la única finalidad de conservar a quien quiere cerca de ella; pero no sólo las que sufren. A veces uno es capaz de ver al género humano con una pasmosa proximidad, viajeros todos en el mismo barco, cada cual con sus problemas, sus aspiraciones, sus pasiones, incluso esos malos malos, tan perversos que nos pintan las películas, tienen cabida en ese sentimiento de aproximación. Me pregunto si ello será efecto de la altura, de la soledad, de esta inmensa paz que se me mete por dentro mirando el oscuro perfil de las montañas que me rodean…
Me despierto, tengo sed, apuro un trago de agua. Me vuelvo y me encuentro con un buen pedazo de luna envuelta entre las nubes. Un ruido repentino de lluvia sobre la tienda me vuelve a despertar. Cierro la cremallera del porche, me duermo al arroyo de su música.
Media hora después de sonar el despertador al fin me alzo. Hoy no hay muesli. Esos paquetones pesan demasiado. Cinco barritas enérgicas en la leche lo sustituyen. Día despejado. La subida al Col de Vallonet con el cuerpo fresco y descansado después de un buen dormir es casi un paseo. Lo que hay al otro lado es un hermoso circo de esbeltas montañas a cuyos pies frondosos prados ofrecen un delicioso paseo al caminante. Una pausa para una de esas fotografías de silueta que me gustan. Coloco la cámara en una piedra, pongo el disparador automático, aprieto el botón y salgo echando leches con el macuto encima. La toma a ras de tierra no es muy allá, pero puede pasar. En el siguiente collado, el de Mallemort, seré más cuidadoso y sacaré el trípode. Necesito una foto para la portada del libro que sustentará todas estas crónicas y pruebo a ver si alguna de estas tomas sobre collados me sirve.
Me decía días atrás mi ilustrado amigo Cive, después de darme un cursillo sobre cierto licor que se fabrica con la genciana lutea, ese floripondio grandote que a veces he fotografiado, que por aquí debía de andar la Línea Maginot, un sistema de fortificaciones construidas a lo largo de la frontera francesa con Italia y Alemania durante la segunda guerra mundial y que se llama así por el ministro de defensa francés del mismo nombre que fue su impulsor. Y eso, precisamente antes de alcanzar el col de Mallemort, a 2500 metros de altitud, me encuentro la construcción de guerra en montaña más importante que conozco, un enorme y sólido fuerte que debía de ser un centro estratégico importante a juzgar por sus dimensiones y los tendidos eléctricos que subían montaña arriba.
El descenso hasta Larche se me hace algo penoso, laderas muy pendientes con sendero de piedra suelta, esos lugares tan propicios para resbalar y pegarte una gran culada, y toco madera de paso porque mi atención está de buena hora. En treinta y dos días que llevo de camino sólo cuento en mi haber un resbalón.
He dicho ya que se come bien en Francia, ¿verdad? Pues sí, muy bien. En el único restaurante de Larche, cuatro casas, fue un lujo lo que tenían de plato del día. No tengo aficiones culinarias en especial y sería incapaz de hacer una ligera mención del asunto. Una pena, algo que echo de menos porque la comida debería tener sus glosadores como lo tienen los paisajes y las mujeres bonitas. No sé si mi amigo Paco, estrellero y cocinero de profesión, tendrá aficiones literarias como para reflejar por escrito tantas y tantas suculencias dignas de relamerse los labios. A mí me parece un asunto que merecería la pena explorar por aquellos cuyos paladares son capaces de sutilezas a las que el vagabundo no llega ni llegará nunca, que mi paladar es más bien tosco y como hecho a un buen yantar más bien primitivo. Por cierto que hacen por aquí un tiramisú tal que llevo días que no como otro postre.
Para hacer la digestión el programa me ha deparado un sendero agradable y sin cuestas entre abetales, así que busco en mi biblioteca y elijo en un título que me gusta. No es la primera vez que comienzo una novela guiado exclusivamente por la sonoridad del título. Éste: Gente independiente, de Halldor Laxness, la vida de un campesino guiado por la convicción de que un hombre independiente es aquel que es dueño de la tierra que trabaja. Una escritura luminosa, se dice en la introducción, que conserva ecos de las sagas medievales islandesas y que nos transmite sin sentimentalismos el amor y la cercanía del autor a sus personajes. Creo que ha sido un acierto que además me retrotrae a un bello recorrido que hice años pasados por las tierras de Islandia.
Y mientras voy escuchando los primeros capítulos empieza a llover, poco, como de broma y el campo y la vegetación, todas las flores que se asoman al sendero, adquieren una belleza tamizada por este ir y venir de la luz que tan pronto nubla el bosque como lo llena de luz. Más tarde el sendero desemboca en unas amplias praderías por las que discurre culebreando el río, al fondo de las cuales se abre un nuevo bosque. Allí, junto al río, encuentro mi lugar de acampada en el momento en que empieza a llover de nuevo. Me apuro, cojo agua y diez minutos más tarde ya estoy a resguardo. Me decía Paco esta mañana en un comentario que me tomara algún día de descanso. En realidad mi rutina diaria cuenta con ello. Camino desde las ocho aproximadamente, dedico una hora y media a la comida, generalmente en restaurante o refugio y después doy un estirón de un par de horas, de manera que en torno a las cuatro comienzan esas majísimas horas que dedico a sestear, leer, escribir o a mirar a las musarañas.

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