Del Castillo de Queyras a Ceillac

 


 

Región de Queyras. Villard, 24 de julio de 2021

Cercanías de Brunissard – Castillo de Queyras – Col de Fromage – Villard

 

Dicen que el cerebro de los sapiens es amante de las historia, de los sucesos, de lo que sucede en el alma de sus congéneres. Yo ayer estaba atrapado por cómo continuaría la historia del dependiente de la película de Leonardo Favio que había dejado a medias la noche anterior. La cosa es así desde que somos niños o ¿acaso la gente de mi generación no recuerda cómo los tebeos del Capitán Trueno o el Jabato de nuestros años de infancia siempre terminaban de modo que te hacía estar pendiente cuando se acercaba el sábado siguiente para de inmediato salir pitando al kiosko próximo y comprar el siguiente número, porque el anterior nos había dejado en ascuas en mitad de un paraje incierto? ¿Y qué decir de Sherezade que salvó su vida entreteniendo noche tras noche al sultán que esperaba con interés creciente la noche siguiente para conocer el desenlace de la historia que tan bien tejía Sherezade?

Ayer conté tan someramente la historia de Líbera que tentado estoy de contarla entera. Pero no, ya la relaté en una novela que escribí hace años y sería abusar, amén de quitarme de encima la intriga que tengo cada tarde de saber qué coño voy a contar al final de otro día más de peregrinar por la vida. Tarea inútil que probablemente no interesa más que a mí y acaso a algún que otro ocioso lector de este blog. Porque esa es la realidad. La mayoría de las veces cuando al final de la jornada agarro el teléfono para escribir algo, siempre es un misterio lo que vaya a salir de las yemas de mis dedos. A veces estoy deseando terminar para ver qué he escrito. Parece una paradoja, pero sucede así. Soy un lector bastante voraz y a mí al final del día me gusta dormirme leyendo antes lo que ha escrito el vagabundo ese en su diario, y la única manera de poder leerlo es escribiéndolo previamente. Imaginemos al sultán de Las mil y una noche que no puede dormirse sin la consiguiente historia y que no tiene a Sherezade al lado para contárselo. En ese caso no le quedaría más remedio que inventarse una historia, escribirla y poco antes de dormirse leérsela. Más o menos lo que me sucede a mí, sólo que a mí lo que realmente me gusta es leer, como si fuera ajeno, lo que le ha pasado por el magín al vagabundo. Esto puede parecer a simple vista una excentricidad, pero me temo que es algo que debe de suceder a muchos de los que hacen de la escritura un pequeño placer. Una pausa que me voy a hacer un té.

Hay muchas veces que la cosa va corrientita corrientita, pero también es cierto que en ocasiones me sorprendo a mí mismo disfrutando de un texto que ha escrito uno de mis yos sin que yo sepa verdaderamente cómo sucedió tal cosa. Por otra parte, mala asunto cuando uno comienza a escribir y sabe de antemano lo que va a poner en la pantalla en blanco. Ahí no hay diversión que valga. La diversión viene cuando te pones en mano de lo que venga y de lo que a partir de ahí se te ocurra.

A la Pardo Bazán, por ejemplo, que tenía un gusto desmedido por las minucias al punto de poder llenar un entero capítulo con ese rato en que uno trata de dormirse, le sucede con don Gabriel, yo la imagino disfrutando de lo lindo pasando minuciosamente a papel todo aquello que le llama la atención, y más todavía recreándose en las finas pinturas con que va pintando a sus personajes, al paisaje o a las estancias que describe. Y sí, la imagino también leyendo con placer el último capítulo escrito.




Es un atardecer apacible de suaves colores al pastel, quizás esa suavidad que se ve a veces en los paisajes renacentistas que sirven de fondo a una virgen o a alguna escena pastoril. El día había amanecido la mar de contradictorio, sol primero, luego enseguida una tormenta que sonaba como con desgana desde alguna parte del cielo donde se veían pequeñas trazas de nubes, la lluvia consiguiente más tarde, pero sólo un rato. Así casi todo el día. Incluso cayó una granizada y media hora más tarde tenía otra vez el sol encima. Vamos, casi toda la jornada quitándome y poniéndome el equipo de agua. Pero es claro que estoy en otras latitudes (toquemos madera), nada parece indicar que vuelvan a las andadas las antiguas y continuas tormentas. Se nota en el terreno, seco y escaso de riachuelos.

Soy muy perezoso para mirar guías y zambullirme en los mapas y ver con detalle si mi itinerario atraviesa un pastoril sendero propio para paseos de zagales enamorados cogidos de la mano o si por el contrario debe subir un cuestón de más de mil metros de desnivel. Me sucedió hoy que esta pereza mía, que creía que era un camino de rosas después de alcanzar el castillo de Queyras hasta el mismísimo Ceillac, de hecho se convirtió en una ascensión de más de mil metros de desnivel con un descenso similar.

Pero el vagabundo no se queja por estas cosas, sólo se sorprende y nada más, que ya se sabe que no tengo prisa y no voy a ninguna parte en particular, sólo que coño, que pensando como estás en un pasito cuesta abajo, tenerte que subir hasta las nubes, pues eso, que te pilla de sorpresa. Más, resultó un valle, ya muy arriba, de lo más bonito. Grandes e inclinadas praderías salpicadas de abetos por las que caminar era un placer. Y una vez alcanzada la cresta cimera, atravesar por la ladera hasta el Col de Fromage, un bucólico paseo a 2400 metros de altitud que sorteaba profundos barrancos y dejaba ver al fondo montañas empirigotadas de neveros y agrestes cresterías.




El col de Fromage habría sido un lugar perfecto para pasar la noche, una vista espléndida y unos pequeños prados muy a propósito para la tienda, pero no me quedaba ni gota de agua. Charlé un poco con unos chicos belgas que habían comenzado en Briançon y estaban haciendo el circuito de las montañas de Queyras y de paso les pedí que me hicieran la habitual foto de recuerdo con las montañas al fondo. Me encantó el hablar tímido de mi fotógrafo de ocasión.

La vertiente hacia Ceillac era muy abrupta y en absoluto dio pie para poner la tienda. Tuve que bajar hasta las pocas casas de Villard. Ceillac quedaba para mañana a un par de kilómetros.


















 

 

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