En las obviedades vivimos

 

 

Pasado Brunissard, 23 de julio de 2021

Hacia el Col des Ayes - Pasado Brunissard


Esta mañana mientras ascendía hacia el col des Ayes pensaba que las montañas a veces son harto ruborosas, que se comportan como jovencitas decimonónicas que esconden su rubor y su timidez tras las nubes o tras otras montañas. Y es que no me parece de recibo haber descendido hasta Briançon y dejarlo hoy a mis espaldas y que en ningún momento haya tenido la oportunidad de presenciar uno de los grupos de montañas más magníficos de los Alpes, el Macizo de La Meije y la Barre des Ecrins. No sé si más adelante desde la región de Queiras se verá pero de momento me parece una descortesía que no hayan asomado mínimamente las narices para decir al menos hola al vagabundo. Y es que además esta mañana el paisaje estaba desteñido por una débil bruma que se extendía a ambos lados del Col des Ayes.

El calor se ha echado encima y allá por la hora de la comida pensé que no era tiempo de seguir caminando con tal solanera. En el restaurante de Brunissard pedí un bombón helado y un vaso de agua, el apetito no me me daba para más después de un sobrado tentempié en el Col des Ayes, y bajo un sol que desmadejaba las ideas continué camino con la intención de parar en el primer prado que se me pusiera a mano. En un lavadero cogí agua, y dios y ayuda me costó emprender vereda arriba bajo el peso de un macuto nuevamente gravado con el agua indispensable. Joder qué cansado estaba. Cuando encontré el lugar apetecido, un prado sombreado, que ni puesto allí para reposo del caminante, descargué y directamente me puse en disposición de echar una siesta. Este cuerpo mío es más sabio que todas las cosas, yo no me había enterado del todo de que había llegado el verano, y en verano la siesta es imprescindible, y él, que ya se lo debía de venir oliendo, eso de que había empezado el verano de nuevo, nada más dejar el macuto en el suelo hizo lo propio, bajó la visera del gorro para atenuar la luz de sus ojos, hizo del macuto una almohada y allí, cansado como un burro al que su amo ha forzado en exceso, se tumbó, cerró los ojos e inmediatamente quedó dormido.




Me costó hacerle salir del sopor de la siesta pero terminé consiguiéndolo después de algún esfuerzo. Pasé una buena parte de la tarde leyendo. Perucho andaba mosqueado porque el tío de Manuela se había presentado en el Pazo con pretensiones de enamorarla y casarse con ella, así que la invita a un día de excursión con intención de declararle definitivamente su amor. En todo el capítulo la Bazán derrocha tal cantidad de ternura y lindezas en relación a esa ingenua y tierna relación que mantienen Perucho y Manuela, que yo me admiraba de que mi ánimo lector siguiera intacto, un lector que un tanto exigente abandona con frecuencia libros a lo poco de empezar cuando éstos no le dan lo que espera. El sabor de romanticismo un tanto empalagoso en este caso, se salvó, sin embargo, porque en la historia persistía algo que siempre me ha llamado la atención, es el modo en cómo se ven y se sienten entre sí hombres y mujeres, y en el caso de la novela, todavía adolescentes.

¿Son realmente tan lindas esas mujeres, tan apuestos los hombres, esa cosa bonita que vemos cuando nos enamoramos? ¿Son alucinaciones que vivimos cuando percibimos en la gracia y en la sonrisa de una mujer el mejor encanto de la vida? ¿O es que hay un brujo por ahí que nos trastoca de continuo los sesos al punto de hacernos ver reunidos en tantos ejemplares del otro sexo todas las maravillas del universo?

En las obviedades vivimos, tánto como para dar por sentadas estas cosas, vamos, cosa corriente; pero sucede que a mí, viendo a Perucho como el adolescente más feliz del mundo, frente a la carita vivaracha de Manuela que le mira con parecido arrobo, se me ocurre que aquí hay gato encerrado. Ya hablaba ayer yo por aquí de lo que me había sucedido con aquella joven amiga, Líbera, que me hizo perder la razón a los veintidós años y que una década más tarde me parecía gorda, fofa y carente totalmente de interés. ¿Tanto había cambiado aquella temprana amiga ¿o sucede como anuncia el dicho, que todo depende de con los ojos con que se mire?

Yo seguía con ganas la lectura de la Pardo Bazán, pero no era propiamente el hilo de la historia lo que llamaba mi interés, creo, mi interés surgía del hecho de que al leer se recrean las sensaciones y sentimientos que duermen dentro de toda persona, o mejor, esas sensaciones que despiertan en algún momento de la vida, el primer beso, el contacto de una mano femenina, una mirada, una sonrisa, la delicadeza con que percibimos ese perfume de lo femenino en la primera juventud.

Creo que una de las principales funciones que cumple la lectura es la de poder encontrarnos a nosotros mismos en lo que leemos. ¿Cómo no seguir una lectura con atención e interés si lo que se está diciendo allí tiene tanto que ver contigo, con eso que sentiste profundamente y que te hizo soñar y vivir enajenado en alguna época de tu vida?



No sé por qué, pero hoy estaba viendo el mapa y me sorprendió encontrarme tan al sur, casi se percibía el olor a mar, y eso que seguro que no faltan menos de diez jornadas para llegar a él. Creo que voy a ir dejando esto y montando mi tienda. Ayer empecé a ver una película que me tiene prendado, una copia muy pobre, pero aún así una digna y meritoria obra como salida de la imaginación del autor de LaMetamorfosis y El Proceso. Su título, El dependiente (Leonardo Favio, 1969). Una película inquietante que va a cerrar mi primera jornada, tras, sin percance alguno, haber cumplido setenta y tres años de existencia.



 

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