Cosas de la temprana juventud

 



Hacia el Col des Ayes, 22 de julio de 2021

Cercanías de Montgenevre-Subiendo hacia el col des Ayes.

 

Cuando uno es joven hace cosas que de mayor cuesta entenderlas o, mejor, te hacen sonreír de tan ingenuas que las encuentras. Era una mañana apacible de un descenso agradable a través de un bosque de coníferas. Bajaba tranquilo porque pensaba comer en Briançon y era pronto. He pasado por esta ciudad varias veces, pero de ella solo me han quedado dos recuerdos. Uno de ellos en la estación de ferrocarril en que con María López Carmona y Fulgencio Casado habíamos montado una especie de campamento de gitanos para secar y poner al día nuestra ropa después de nuestras actividades en Les Ecrins y La Meije. Creo que por casa queda un testimonio fotográfico de aquello, toda la ropa de la colada tendida al sol en la estación sin que al parecer ninguno de los tres mostrásemos ninguna preocupación. 

Aquí está

Nos habíamos merendado tres bellas y respetables cumbres y nuestra autoestima estaba tan alta que igual podíamos haber tendido la colada en la plaza del Ayuntamiento. La otra ocasión que recuerdo era invierno, el verano anterior me había quedado prendado de una moza de ojos vivarachos y de cuerpo que me daba temblaera de solo pensar en en él. Había probado los labios de Líbera, tan sugestivo nombre tenía, mis manos habían recorrido su cuerpo en las largas horas de la siesta y total que andaba como loquito tras el rastro de aquella mozuela. En septiembre volví a casa y durante el otoño no hice más que soñar con volver a verla. La sorpresa llegó a final de noviembre cuando ella me invitó a pasar las Navidades en su casa en un pequeño pueblo de la Alta Lombardía. Yo por entonces estudiaba y no tenía ni un ochavo, así que no se me ocurrió otra cosa que marchar a casa de Líbera en autostop. Fue un viaje de recordar toda la vida. Además, como era terco como una mula, el autostop debía hacerlo a través de los Alpes. Recuerdo un viaje a través de ellos fantástico, la gozada de disfrutar de la exquisita cordialidad de los franceses con los que viajé, ese detalle con el que todos se despedían con un Joyeux Noël cuando en un cruce debía abandonar a mi acompañante para volver a la carretera. Bueno, pues así llegué ya entrada la noche a Briançon un día que estaba todo nevado. ¿Y qué hiciste?, dirá alguno. Pues la verdad es que no me apuré en absoluto. En aquella época vivaqueábamos semanalmente en el Circo de Gredos o al principio de la Apresura, en Los Galayos, así que un vivac más tampoco era cosa del otro jueves. Elegí entre la nieve un rincón discreto en un parque público para pasar la noche. Tan joven y tan entusiasmado con la cosa de la montaña, atravesar los Alpes en invierno era un lujo para mis deseos. Al día siguiente al amanecer ya estaba otra vez en la carretera camino de Montgenevre, en cuyas cercanías había dormido precisamente esta mañana. Tengo que decir que Líbera era tremendamente caprichosa y que cuando llegué a su casa apenas me hizo caso en el batiburrillo de las fiestas que la gente joven organizaba en aquellos días. Me tuve que conformar con la hospitalidad de sus padres. Tenía otros amigos y amigas en el pueblo donde por otra parte yo había vivido durante unos cuantos meses, pero no dejó de ser un fiasco toda aquella aventura del autostop para encontrarme con que la Líbera se había enamorado repentinamente del empleado de banca que atendía una pequeña oficina en el pueblo. Muchos años después volví a visitarla y Líbera se había transformado en una mujer muy gruesa madre de dos hijas con la que no era posible hablar más que del tiempo y los acontecimientos del pueblo.

Volví a recordar toda esta historia mientras me acercaba a Briançon. Lo que decía más arriba, mirar algunas cosas de la primera juventud siempre nos hará sonreír.




Es enormemente gratificante terminar la jornada de marcha en cualquier lugar del bosque y, con la tienda puesta y todo ordenado, encender el hornillo y hacerte un gran perolo de soupe a l’oignon o una exquisita sopa Thai que he descubierto seguidas por unas lentejas, petit salé aux lentilles. Y ello acompañado por el canto de currucas y pinzones. Bendita vida de vagabundo, que aunque tiene sus momentos menos simpáticos por razón de peso o díscola espalda depara unos instantes inolvidables. ¿Dónde vas? Qué mismo da. Es el tipo de vida que me pirria, vagar allá por donde tu voluntad te dicte, sentarte junto a un arroyo para echar un trago de agua y descansar o mirar a las musarañas; levantarte cuando te place, dormir, ah, el placer de dormir con el cuerpo cansado… Y estos días ya, despertar en la noche y contemplar brevemente las estrellas antes de caer de nuevo deliciosamente en los brazos del sueño…

La búsqueda de un cartucho de gas me hizo desviarme de mi camino algunos kilómetros, pero al fin tuvo su compensación. Junto a Decathlon servían un exquisito plato del día, un pulpo que algo recordaba a las tierras de Galicia, el lujo de una cerveza, que nos debería tomar según el cardiólogo, que me supo a gloria, más remate de un tiramisú y el café. Con ello ya tuve suficiente como para emprender la ascensión del Col des Ayes, mil trescientos metros de desnivel más arriba. Me conformé con subir cuatrocientos. Mañana, bien descansado y desayunado subiré el resto.





 

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