Cercanías de Montgenevre, 21 de julio de 2021
Arriba de Plampinet – Cercanías de Montgenevre
Me adormilo acunado por la cercana música de la tormenta que poco a poco va tomando posesión del lugar. Primero grandes gotas esporádicas, enseguida la violencia continuada del agua cayendo sobre la tela de la tienda con vigorosa fuerza. Suenan broncos y graves los truenos como si allí arriba se estuvieran desgarrando las montañas. La tormenta suena lenta pero poderosa.
Tumbado trato de recuperarme de un cansancio que me corría por todo el cuerpo dejándome hecho unos zorros. En la pizzería me costaba mantenerme derecho, tenía unas enormes ganas de tumbarme, fuera, bajo un árbol, pero me recuperé algo tras pagar la cuenta, entrar en el supermercado y dejar atrás Montgenevre. Después de una jornada matadora había añadido al macuto, con el agua, algo más de cuatro kilos, así que dieciocho en total. Cuando salí del asfalto para tomar la senda de Briançon una pequeña cuesta se me hizo imposible. Me tumbé un rato, pero aunque hacía sol la tormenta se anunciaba a lo lejos, así que tuve que ponerme en marcha a la búsqueda de un lugar para acampar. Milagrosamente diez minutos más tarde apareció un llano junto al sendero. Tuve el tiempo justo para instalar la tienda. Las rasgaduras de los truenos recorren el valle de parte a parte. Y de pronto un relámpago fosforece en el techo de la tienda y se produce de inmediato un temblor como salido de la entrañas de la tierra. La lluvia arrecia.
Esta mañana creí haber terminado con Los Pazos de Ulloa cuando se abrió un capítulo llamando La madre Naturaleza, que resultó ser un relato que yo había leído como novela aparte y que recordaba perfectamente. Precisamente allí el agente envolvente también era la lluvia. Mantenía vivo el recuerdo de esta escena porque acaso la relacionaba yo con muchas situaciones similares que he vivido. A dos adolescentes les sorprende el diluvio en mitad del bosque y se refugian en una cueva. La carga poética con que lleva adelante Pardo Bazán el relato es tierna, inocente y encantadora. Perucho y Manuela, unidos desde la infancia por un gran afecto y separados temporalmente porque Perucho se desplaza a Orense para seguir estudios superiores, el volver a encontrarse en una cercanía física por imperativos de la lluvia, proporcionan a la Bazán la posibilidad de desarrollar un climax lleno de encanto propio de una edad, la adolescencia, que al ser una puerta entreabierta a la vida adulta con un pie todavía en la infancia aportan detalles que despiertan nuestra ternura.
La lluvia es el marco. Y es que la lluvia tiene mucha miga. Los estados de ánimo los suelen mover circunstancias y acontecimientos muy diferentes, y la lluvia, sin ser directa inspiradora de éstos, lo que sí hace es envolver esos acontecimientos en una suerte de especial sensibilidad. Pareciera que con la lluvia el alma se predispusiera con mucha más facilidad para captar los sentimientos, para disponernos a la comprensión y a la bonanza. Lo duro se ablanda cuando lo ponemos en remojo. Quizás algo parecido sucede con nosotros, que nos dispone a la concentración sobre nosotros mismos, a la contemplación, a la inspiración, como le sucede a Serrat:
Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados…
Yo descubrí la lluvia en Asturias. Me habían destinado como maestro a una escuela unitaria de una pequeña aldea en las montañas junto al nacimiento del Narcea y dos o tres semanas después de llegar allí un día comenzó a llover. Era un encanto, aquella monotonía de la lluvia en los cristales, sólo que empezó y no paró hasta cuatro semanas después. Aquello parecía Macondo. Eso sí que era lluvia, los caracoles trepaban a cientos por vallas y fachadas. Esto también, la novedad, nos proporcionó un nuevo quehacer. Cogimos un cubo entero de caracoles y casi llegamos a la indigestión. No volvimos a comerlos en los dos años que estuvimos allí. Conservo un recuerdo muy vivo de aquellas semanas. Cuando cesó la lluvia instalamos una chimenea en la terraza y la cerramos con ventanales acristalados. Aquella terraza se convirtió más tarde en el epicentro de nuestras mejores vivencias cuando llovía, horas y horas mirando al valle envuelto en las nubes con la sensación de estar viviendo una profunda experiencia de comunión con los elementos, allí, junto al fuego de la chimenea. La casa siempre caldeada con el carbón que la mina asignaba a la casa del maestro, la visita de la gente joven del valle con los que desde el primer momento compartimos música y fiestas nocturnas los fines de semana, el humo de las chimeneas del pueblo jugueteando entre los tejados de pizarra…
Y el caso es que la lluvia hoy sólo fue cosa de la tarde… Un desnivel considerable de subida y un larguísimo descenso no me dieron apenas tregua para otra cosa que caminar y caminar, a ratos acompañado por la Pardo Bazán y su afición a dar detalle pormenorizado de todo cuanto sucede a sus personajes, a ratos ensimismado en un paisaje que hoy se había moderado en laderas de extensos prados cubiertas casi siempre por un manto de flores, por nomeolvides, por esas gencianas de porte alto, la genciana lutea sobre la que días pasados mi amigo Cive me largó una conferencia por guasap, y con la que se hace una bebida amarga que nada gusta al amigo.
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