Estación del cremallera del Mont Blanc en col de Voza, 4 de julio de 2021
Cota 1800, bajo el refugio de Moede– Servoz - Col de Voza
Recordaba un dicho árabe que reza así: Dulce como el amor y amargo como la muerte. Que creo se refería a cierto té que apreciaban la gente del desierto. Nada que ver mi jornada de hoy con tan extremosos términos del título, pero bueno, me gustó y así queda. Le preguntaré al amigo Cive, hombre también amante del desierto y su gente, a ver si conoce el dicho y su origen.
Desde que me jubilé siempre me gustó remolonear en la cama, a veces durante horas, pero ahora, en este vagabundear por las montañas a punto está de convertirse en un vicio, un vicio que da un gustirrinín de mucho cuidado cuando nada ni nadie en especial te espera en las horas siguientes.
Hoy me desperté a las cinco y media de la mañana y exploré el gusto de demorar levantarme por más de una hora, hasta que de repente se hizo una claridad inesperada y me dije, date, lo mismo está despejado. Y era verdad, pero es que a los pocos minutos fue a más y, milagro, de repente la tienda se llenó de los dulces rayos del sol. Abrí la cremallera; efectivamente. En la punta de todas las briznas de hierba brillaba una pequeña perla, y en los alrededores hasta un pajarito se desperezaba al sol con los primeros cantos. Ahora, eso sí, todo alrededor estaba ahíto del agua de la lluvia de la noche. En fin, tocaba incorporarse y preparar el desayuno. Aproveché unos pocos minutos de sol para secar lo que pude la tienda, no mucho. Ah, pero coño, que se me olvidaba lo importante, que eso de que en las puntas de las briznas de hierba brillara una perla está bien, pero es que levantabas la vista y allá estaba en todo su esplendor la reina de todas las montañas de nuestro continente, blanca como una novia, bella, resplandeciente, enorme. Un pequeño milagro que apenas me permitió tomar unas pocas fotografías. Antes de que terminara de recoger mis cosas la visión se había esfumado.
En esta ocasión, mientras descendía esos más de mil metros de desnivel que me separaban de Servoz, en el valle de Chamonix, mis pensamientos fueron ocupados por hechos que tuvieron lugar hace medio siglo. Era hermoso rememorar aquella primera salida a los Alpes con el incombustible Javier Mayayo que nada más ver un poco de sol sobre el valle de Chamonix quiso de inmediato comerse el plato fuerte del entero verano. Me pareció algo precipitado pero enseguida me sumé a la idea. Dos días más tarde salíamos a las dos de la mañana del refugio de la Dome de Gouter camino de la cima del Mont Blanc. Que fuertes estábamos entonces y sí, qué cojones le echaba nuestra recién estrenada juventud. Apenas teníamos una información somera, pero daba lo mismo, éramos jóvenes y nuestra ilusión sustituía con creces cualquier otra dificultad. No sólo aquel día terminamos subiendo los últimos metros a la cumbre corriendo, después vino la cabalgada más hermosa que he hecho nunca. Mis recuerdos son sólo flashes aislados rodeados de la blancura extraordinaria de las crestas, los glaciares, los seracs o las grietas que sorteamos, esa sucesión de hitos que eran la Dome de Gouter, la propia cumbre del Mont Blanc, el col de la Brenva, el Mont Maudit y por último la Aiguille de Midi. O aquel otro recorrido, con el amigo Piero, de Pisa, del espolón de la Brenva con su largo y deslumbrante descenso bajo la aguja de Bionnassay camino de Courmayeur. Cuatro itinerarios que a un montañero mediocre como un servidor llenaban de gozo y orgullo.
Recuerdos que hoy aparecían como un sueño mientras descendía por el bello bosque que me dejaría en Servoz. En Les Houches volví a encontrarme con el itinerario abandonado en el refugio Moede d’Anterne. Mientras estaba sentado en una terraza comiendo algo empezó a llover. Momentos antes había sucumbido a la tentación de ver el tiempo que me esperaba en los próximos días y, mal hecho, me dejó el ánimo un poco tocado. Apenas aparecería el sol durante esas jornadas, que se veían sembradas de tormentas diarias. Bueno, tampoco me pillaba de sorpresa, así que en Les Houches volví a encontrarme con la compañía ya diaria de la lluvia. Me sumergí en un pequeño diluvio que me acompañaría durante ochocientos metros de ascensión hasta el col de Voza. No recordé este collado hasta que llegué a él. En él tenía una estación intermedia el cremallera que sube hasta el Nido de Águila, punto usual para la ascensión de la vía normal al Mont Blanc. Y llovía, sí. Así que aproveché para descansar un rato en un bar restaurante junto a la estación, previo vistazo a ésta, un amplio tejado a dos aguas habilitado con algunos de bancos y una historia ilustrada en paneles sobre la historia de la ascensión al Mont Blanc. Nada más verlo me dije: chico, ya tienes sitio para dormir.
Hacia el final de la tarde incluso salió el sol, sin embargo el gorro de algodón que tenía el Mont Blanc sobre su cabeza no terminó de desaparecer.
Son cerca de las nueve. Cada poco asomo la cabeza por la tienda a ver si despeja por arriba. Sigo esperando. Es un buen miradero este collado y acaso en un descuido salte la liebre y tenga el espectáculo servido.
No saltó, pero cuando se hizo de noche despejó y pude hacer un puñado de fotos nocturnas. Pero eso en el post de mañana, que es pasada la medianoche.













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