¿Eres Alberto, verdad? Un encuentro inesperado

 


 

Arriba de Plampinet, 20 de julio de 2021

Plaine de Tavernette - Arriba de Plampinet


Anoche cerraba mi crónica con un: ahora llueve. Pero no había terminado de dormirme cuando en el techo de mi tienda apareció una claridad delatora, era la luz de la luna que bañaba el valle y las montañas de los alrededores con su macilenta luz de cuarto creciente. Me asomé. No había rastro de nubes. Misterios de la fe lo que sucede en ocasiones en alta montaña. Armé el trípode y salí al exterior a hacer un par de tomas. La luna, esa desaparecida últimamente tras los cielos cargados de nubes y lluvias, al fin se abría paso para dotar a la noche y a las montañas de ese misterio que se desliza siempre entre la tenue claridad que se esconde en los recovecos de la noche.

No sé si llamar bendita o desagradecida a mi desmemoria al descubrir por el ínfimo detalle de un letrero que decía Refugio de los Tres Reyes, un lugar en que había desayunado varios años atrás. El día anterior mi memoria había rescatado un lugar de vivac que había usado anteriormente; sólo esos detalles daban testimonio de mi paso por estas montañas. A veces me he propuesto hacer mentalmente alguno de los recorridos del verano por las montañas ayudado por los escritos que voy dejando a su paso, sí, aunque sólo fuera para despabilar la memoria, pero siempre encuentro que la vida no me da para ello… eso y que la memoria se me resiste. Tengo un amigo que hace poco se ha matriculado en la universidad para el próximo curso, entre otras cosas para intentar tener a raya a la memoria. Yo tiré la toalla hace tiempo y hasta el ajedrez, que me ayudaba a practicarla, terminé por abandonarlo momentáneamente. ¿Bendita mi desmemoria? Pues sí, en cierto sentido sí porque ello te lleva a caminar por el mundo o las montañas como si fuera la primera vez. No recuerdo el nombre de un autor que decía que daría uno de sus brazos por poder leer El Quijote o los Cuentos de las mil y una noche, como si fuera la primera vez. Esa emoción primera que es tan difícil de repetir. ¿Alguien puede imaginar volver a vivir en su plena novedad aquellas primeras salidas a Alpes o Pirineos? Imposible. Cualquiera que visite el FB puede comprobar el esfuerzo ímprobo que hacen, hacemos, algunos por rescatar un lejano pasado. Pues eso, que la desmemoria también tiene su gracia al permitirte visitar “nuevos valles y nuevas montañas”, que en absoluto son nuevos pero que sí tienen el aroma de la novedad gracias a la desmemoria.



Amabilidad del tiempo soleado hoy que discurre parejo con el sosiego y la placidez de la lectura en torno a Los Pazos de Ulloa. Día de sol, que tomando un descanso despanzurrado en el Col de Thures amenaza con escaldarme la piel como si la metiéramos en agua hirviendo. Apacible lugar donde las montañas encuentran su reflejo entre las espirogiras de un pequeño lago. Sí, el mundo se ha hecho notablemente diferente a aquellos en que se mostraba días pasados, nublados, arraudalados de lluvias y nieblas al punto de hacer de las montañas seres diferentes, nostálgicos y taciturnos, aunque muy bellos e íntimos en el regazo de la niebla. Y como estar en el collado se hace horno termino por acortar mi descanso e inicio el descenso por la ladera opuesta volviendo a la lectura de Los Pazos de Ulloa. Y poco más abajo un grupo de cuatro se ha parado a fotografiar unas flores y paso junto ellos y en vez de recibir el bonjour de rigor u hoy el bon giorno, que entre Pinto y Valdemoro sin saber a ciencia cierta si camino por terreno italiano o francés, recibo un efusivo “buenos días”. Y no sólo eso, que enseguida uno de ellos va y me pregunta ¿Tú eres Alberto, verdad?... Y como alucino el autor de la pregunta me saca de mi asombro. Se llama José Angel y coincidimos, ahora recuerdo, el pasado año en la Alta Ruta Pirenaica, allá por tierras de Navarra, una tarde de espesísima niebla. Él asoció enseguida el hecho de que viniera leyendo con mi rostro de hombre solitario. Eso de que el mundo puede ser un pañuelo a veces es sorprendente. Entonces caminaba solo, pero en esta ocasión le acompañaban su mujer, Belén, y dos amigos más, Trujo y Alejandro. Venían como yo del lago Lemán, pero con una marcha que echaba humo. Habían salido de allí diez días después que yo. Para paliar tal diferencia de andadura no tuve más remedio que recurrir a decir de mi andar un tanto errático que lo mismo se solazaba junto a un riachuelo, que se echaba una siesta por el camino. Llevaba un rato en una animada charla con Belén y José Ángel cuando éste echó de menos sus bastones, que se habían quedado olvidados en el lugar de nuestro encuentro. No puedo caminar sin bastones, dijo. Nos despedimos y quedamos en que nos veríamos más tarde. No llegamos a encontrarnos de nuevo. Quizás mañana.

José Ángel y Belén


Los Pazos de Ulloa es una de esas novelas en las que una vez sumergido te pasas los días con un pie en la realidad presente y con el otro en el mundo del relato, en este caso una agreste región de Galicia en torno a 1866, un joven clérigo de buena voluntad, un marqués, que en realidad no lo es, licencioso, frio y desaprensivo que ostenta el título de marqués de Ulloa y un astuto labriego a las órdenes del marqués que es el que en realidad mueve todos los hilos de la hacienda de este último. Las intrigas políticas, el despotismo, el caciquismo, una estructura social cerrada sobre sí misma que acaso podría tener muchos puntos en común con aquella otra sociedad del siglo X en Japón, que describía días atrás Sei Shonagon. Allí la que partía el bacalao era una clase feudal que dominaba todas las esferas de la sociedad y aquí era la aristocracia, los caciques y un asomo de democracia que unos pocos se encargaban de manipular para que todo quedara como estaba.

Antes de entrar en Plampinet encontré un restaurante regido por una señora toda dispuesta a satisfacer de buena gana mi apetito. Sacó su teléfono y escribió allí en francés lo que le me recomendaba; la traducción: unos calabacines rebozados con no sé qué servidos con ensalada que resultaron realmente apetitosos. Además de la cerveza luego me trajo un monumental postre compuesto por tarta de chocolate, nata y helado de vainilla. Todo eso fue coronado por un café au lait que me dejó el cuerpo como nuevo.

Media hora de camino cuesta arriba, en una cueva de una pista, encontré sitio para instalar mi tienda.

José Ángel y Belén con Trujo y Alejandro

 









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