Esa dulce sensación

 



 

P. N. Mercantour. Bajo el col de la Colombiere, 28 de julio de 2021

Camino del Pas de Cavale – Bousiellas - Bajo el col de la Colombiere.


Sentirte fuerte, sentirte capaz, esa dulce sensación que me asalta al rato de ponerme en marcha. Ha llovido por la noche y a esta hora el cielo no parece estar para bromas. Gruesas nubes cubren las montañas. Miro hacia arriba con cierta reticencia, pero no hay más remedio; aunque caigan chuzos de punto mi ruta ha de pasar por ese collado que adivino entre las nubes. Mi camino hacia el mar no tiene otras alternativas. Sentirme fuerte, sentirme capaz, son las sensaciones que me acompañan hoy camino del lago de Lauzanier, un lugar concurrido pero que esta mañana de plomo cubriendo las montañas ni un alma lo transita. Es un sendero cuidado que en ocasiones recurre a los escalones, esos matadores escalones que hacen arder los gemelos. Unos discretos cartelitos invitan a no salirse del camino para proteger el paso de la erosión. El sendero se abre a la derecha de una muralla de roca que se pierde entre las nubes. Me pasa una pareja. Comienza a llover. Parar, vestir el equipo de agua. Un poco más adelante la pareja, ya junto al lago, hace lo propio para protegerse de la lluvia. Pretenden subir hasta el Pas de Cavale, pero no lo ven claro. La lluvia arrecia. Un rato después me doy la vuelta y veo que han tomando el camino valle abajo. La sensación de soledad es grande en este ambiente opresivo en el que ha empezando además a hacer tanto frío. Llega a mi altura un hombre de unos cincuenta años que sigue la misma ruta que yo. Charlamos brevemente bajo la lluvia. El camino zigzaguea ahora por una pendiente de hierba muy inclinada. Ha desaparecido la ancha senda que llevaba al lago y ahora el sendero es estrecho, dos palmos. En la siguiente revuelta el hombre que me ha adelantado ha sacado todo su indumentaria de frío y se ha embutido en un plumífero y se ha puesto los guantes. Il fait froid, le digo a modo de saludo, mientras paso adelante. Tengo la sensación de sentirme acompañado con aquel desconocido a pocos metros de mí. Al poco rato me pasa de nuevo y en mi interior deseo no perderle de vista. Somos dos tipos solitarios caminando en una soledad un tanto punzante. El frío se ha hecho intenso al punto de dejarme los dedos de las manos inhábiles para cosa que no sea agarrar los bastones. Tengo frío pero llueve intensamente. Imposible descargar, buscar los guantes o el plumífero en medio de la lluvia. Tomo a ratos los bastones con una mano e intento activar la circulación de la otra moviendo los dedos con energía. Veo a mi compañero que me saca alguna distancia, pero no, todavía está al alcance de la mano. Lleva un cubremacuto color naranja fosforito que es como una linterna en medio de la noche. Sólo necesito levantar la vista para localizarle.



Aparece el segundo lago de la mañana, lac de Derriere la Croix, un óvalo de aguas azuladas solitario y como abandonado a su suerte. El sendero trepa ahora a su izquierda sorteando pedreras e inclinados prados. Empieza a soplar un viento impertinente que me obliga a forzar la postura hacia adelante para que no me tire. Joder, y con este frío. Sin embargo, pese a todo mi cuerpo funciona bien. No me molesta la espalda y puedo subir con un ritmo continuado sin dificultad a pesar de la lluvia y el frío.

Ahora me intriga lo que encontraré al otro lado. Si el agua y el frío se tomarán un respiro… Me pregunto si el descenso por la ladera opuesta será mínimamente practicable. Veo llegar al compañero al paso. No, no hay collado que valga, se trata de una entalladura en una cresta que no se presenta nada amistosa. Una larga diagonal termina por dejarme en el paso. El compañero está filmando una panorámica de trescientos sesenta grados. El viento sopla fuerte pero la lluvia se ha tomado un respiro. Al fin tomo conciencia de lo que me rodea. Al otro lado la visibilidad se extiende hasta el horizonte de otras montañas. El panorama es mucho más halagüeño que la vertiente que quedó atrás, sin embargo la continuación en principio resulta algo inquietante. Al otro lado del paso un gran cortado recurre la montaña de parte a parte. La confianza de que estos itinerarios están casi siempre diseñados para seguirlos sin grandes dificultades gana enseguida peso cuando empezamos a descender, ahora mi compañero y yo a pocos metros de distancia, sorteando el farallón por un estrecho sendero que sólo en un par de ocasiones me obliga a emplear las manos.



Poco a poco entramos en otro mundo, sale un poco el sol y más abajo el camino zigzaguea en medio de prados donde el sol ha tomado posesión del lugar. Coser y cantar será ya el largo descenso hasta Bousiellas, donde una gite d’etape cumple las funciones de restaurante, aunque sólo sirven charcutería. En fin.

Son cerca de las tres y la rutina que vengo cumpliendo desde hace tiempo es que a las cuatro se acabó la fiesta, así que dejo la gite con la intención de caminar una hora y sanseacabó. Ha vuelto a ser verano y ahora es agradable emprender la ascensión del Col de La Colombiere leyendo a Halldór Laxness y pensando en que no habrá dificultad para encontrar agua más arriba. He echado un vistazo y el sendero, aparte de un torrente demasiado cercano, muestra un pequeño lago y un arroyo más arriba. El lago tiene las aguas podridas y un abrevadero próximo está seco. Esta parte los Alpes es notablemente más seca que todo lo que he dejado atrás. Al otro lado del collado no hay señales que indiquen la posibilidad de agua y sin agua no hay tu tía. Seguro que mi riñón se pondría a chillar o una infección de orina me rondaría por dentro. Tanto miedo me da no ingerir el agua suficiente; siempre tengo como la espada de Damocles amenazándome un desarreglo que en estas circunstancias sería grave. La próstata, los cálculos, todas esas historias me atan al agua como a los peces.

Los hados fueron clementes. A mitad del descenso, no solamente encuentro un abrevadero, sino que además a su vera hay un sitio para mi tienda. El abrevadero tiene dos cubas y de la superior a la inferior el agua cae produciendo un sonido de fuente conventual que suena cantarina como una nana.












 

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