St Etienne de Tinée, 29 de julio de 2021
Bajo el col de la Colombiere – St Dalmas le Selvage – St Etienne de Tinée.
El profundo barranco que me separaba de St Delmas le Selvage me llevó casi dos horas con sus vueltas y revueltas sorteando a uno y otro lado un pronunciado vacío que terminaba por remansarse frente a una de esas iglesias pintorescas de alto campanario que apuntan directamente al reino de los cielos con una sencillez y una gracia capaz de adornar con su presencia el entero valle. A veces me pregunto cómo sería el mundo sin sus iglesias, sin sus mezquitas, sus templos de todo tipo, sin sus budas de oro o piedra jalonando todas las ciudades de Oriente, sin Shiva, Vishnú, Rama o el dios elefante Ganesha. Probablemente más plano y mucho menos atractivo. Si a los pueblos de España les quitamos las iglesias y sus catedrales nuestro país sería muchísimo menos interesante.
En la ascensión al Col d’Anelle quedé prendado de la aventura de Bjartur (Gente independiente, Halldór Laxness), el hombre independiente por antonomasia. Es invierno, estamos en Islandia, y se empeña en ir a buscar una oveja perdida en los barrancos de los alrededores. Aunque su esposa está a punto de parir, toma provisiones para cuatro días y parte monte a través con lo puesto. Dormirá en cuevas o abrigos. Se encuentra con una familia de renos y trata apresar con sus manos al macho con la ayuda de una cuerda. Éste forcejea, le arrastra, él se aferra a los cuernos y ambos terminan en un impetuoso río producto del deshielo del glaciar próximo. El reno termina desasiéndose. Cuando Bjartur vuelve en sí del atolondraminto, ve que se encuentra en la orilla opuesta del río, lo que supondrá caminar treinta horas hasta su casa abriendo huella en la nieve. Cuando llega medio muerto a su hogar se encuentra a su mujer muerta y al bebé envuelto en una manta vivo. Hay que ser un excelente narrador para dar vida a historias como ésta y conseguir mantener de continuo una atención absorbente en el lector.
Dejé la lectura a las puertas de St Etienne de Tinée para buscar un restaurante.
Me despertaron de la siesta las cuatro solemnes campanadas de la iglesia. Descender mil metros de desnivel en esta época del año quiere decir descender inevitablemente a las calderas de Pedro Botero. Y si a ello se le suma la hora de una buena digestión, apaga y vámonos. En las afueras del pueblo, bajo la sombra de un castaño, encontré el acomodo necesario para la digestión, para mi cansancio y también para protegerme de un sol que me producía sofocos.
Tras la siesta me quedaban cuatrocientos o quinientos metros de desnivel hasta Auron, donde pensaba comprar provisiones para un par de días, pero era tal el calor cuando me incorporé que mal me las veía para emprender semejante proeza. Para arriba iba por un camino rural cuando el ruido de una fuente me sacó de mis pensamientos. Ya decía ayer que dependo tanto del agua como los peces, de ahí que vaya de agua en agua con quien juega a la oca. St. Etienne de Tinée es una población discretamente grande que me sugería alejarme lo suficiente para tener una tarde tranquila, pero no resistí a la posibilidad de que encontrara en las cercanías algún lugar para mi descanso, así que cogí los tres litros y medio de agua de rigor y probé suerte. La hubo. Díez minutos después de que tomar una estrecha senda, ahí estaba un discreto pradito entre fresnos y castaños esperándome. Probé si había cobertura y, tumbado a la sombra, me di una vuelta por el FB. Rescaté de él un par de cosas. Lo primero una viñeta de José Manuel Vinches que daba cuenta de lo mucho que estimamos nuestras propias opiniones, a veces contra la evidencia de su poca o nada sostenibilidad. La viñeta de abajo:
Me sonreí, pero me hizo gracia que José Manuel, modestamente se metiera en el mismo saco de los que confunden las opiniones con los hechos diciendo que se lo dedicaba a todos los que confunden (o confundimos) las opiniones con los hechos, eso que nos pone a salvo de que en alguien despierte el deseo de hacernos alguna pregunta impertinente sobre confusiones de las que nadie se libra. El que esté libre de culpa que tire la primera piedra…
El segundo asunto en que me detuve era un post de un blog que sigo y que llevaba el título de Descubrir al amado/a. Me llamó la atención el que en el artículo fueran de la mano, o eso entendí, tanto el enamoramiento en su acepción más corriente, como aquella otra disposición que embelesa nuestros sentidos ante una bella manifestación de la naturaleza. No sé si es una cuestión de mayor o menor grado lo que separa ambas cosas, pero enseguida me vino a la cabeza la desmedida pasión que, por ejemplo, lleva a un alpinista, pongamos por caso a Messner, a dedicar su vida a la montaña. Hice un comentario en los siguientes términos: Para mí que es un viejo dilema que yo todavía no sé resolver. ¿Es una relación amorosa esa que nos vincula con especiales manifestaciones de la naturaleza, con ciertos entornos? Reinold Messner, uno de los mejores alpinistas de todos los tiempos, habla de la montaña como de la “sua amata”, una montaña que le cercenó, congelados, algunos dedos de los pies y que se cobró la vida de su hermano. Encuentro que el término amor, amante, merece una discreta separación de aquello que podemos nombrar acaso sencillamente como bello. En el ambiente de montaña es frecuente encontrarse con este término, “amor”, que, como sucede en la vida corriente, el exceso de su uso hace de él un elemento necesitado de cierta precisión. Aquello de que tanto vale para un roto como para un descosido que sugeriría el uso indiscriminado de la palabra “amor”, algo me incomoda. No es que haya que separar las aguas del mar Rojo al modo de Moisés, pero evidentemente las diferencias hacen que te pares ante unos párrafos con ganas de apostillar, aclarar y tratar de ver de qué está hecha cada cosa. Que la realidad está ahí, amor, belleza, en un tan amplio abanico de posibilidades, que a la fuerza saber de qué estamos hablando nos obliga cuánto menos a dejar por medio unos cuantos interrogantes.
La tarde se va despacio caminando hacia la noche y ahora desde la oscuridad del bosque veo atravesar en el cielo pequeñas nubes vestidas con el color ámbar del crepúsculo.






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