Privilegios de un vagabundo cansado

 


Camino del Col de Crousette, 30 de julio de 2021

St Etienne de Tinée – Col de Blainon – Gite de Roya - Camino del Col de Crousette

 

Con las manos bajo la cabeza y metido en el saco contemplo a las moscas que revolotean en el cono interior de la tienda. Siempre hacen lo mismo, por mucha precaución que tenga siempre se cuelan y se van a ese rincón que tanto les gusta. Como no hay manera de que se comuniquen unas a otras de un valle al siguiente lo que imagino es que tendrán algún gen específico que les lleva a buscar ese lugar. No me suelen molestar a no ser que sean muchas, que entonces la densidad de población tiene la culpa. Lo más curioso, y que no me acabo de explicar, es que todos los días antes de dormir echo una ojeada y ahí están correteando en el poco espacio de un palmo, pero cuando me despierto han desaparecido estando la tienda totalmente cerrada. Esta mañana he inspeccionado el suelo de la tienda y ni rastro de ellas. Me tiene intrigado este misterio. Podrían tener las moscas un ciclo vital muy corto y morirse de un día para otro, ni idea, pero desaparecen sin dejar rastro. Mi abuelo, cuando yo era chico, me hablaba de la generación espontánea en la naturaleza, que para él tantas cosas explicaba, pero lo que nunca se me ocurrió preguntarle era si también existía la desaparición espontánea de las moscas. En fin, que estoy echo un lío con eso.

Estoy tan roto esta tarde que mi cabeza no es capaz de ir mucho más allá de las moscas. De verdad. Esto no hay quien lo explique, eso de que un día no puedas ni con tu alma y otro marches seis horas sin más, de subidas y bajadas, con bastante entereza. Hoy en algún momento pensé que no llegaba al mar. Me dolía un montón la espalda, las correas del macuto se hincaban de manera insoportable en mis hombros, en fin, que estaba hecho una verdadera caquita, de ahí que no me dé la cosa más que para hablar de moscas.



Una de las flores más bonitas que me encuentro desde hace tiempo son las margaritas; se elevan orgullosas sobre un largo y delgado tallo junto al sendero como quien da los buenos días o como moza que sale a la calle acicalada esperando que la miren y remiten todos los sapiens machos con los que se cruce. Pues bueno, hoy no vi ninguna, aunque bien la busqué para que me ayudara a descifrar si sería capaz de llegar al mar o no con aquello de ir arrancando pétalos, uno que diría sí y otro que diría no. No hubo margaritas y tampoco es cosa de irse hasta Elfos para pedir un oráculo a los dioses. Así que me quedo con la intriga. De momento, tras la larga contemplación de la moscas, que en mi caso sustituye a la llama de una vela frente a la cual en la oscuridad solía meditar en algún momento de mi vida, me vuelvo a encontrar bien. He subido un desnivel de mil metros, he bajado por una desolada ladera otro tanto, y en Roya, frente a una pequeña iglesia, me han dado de comer un plato típico llamado aiolí que que suelen comer por aquí los católicos en tiempo de cuaresma y que con el postre y el café me ha dejado el cuerpo bastante arreglado.

Aiolí


La gente de la gite d'etape de Roya, además de ser la amabilidad en persona, me ofrecieron wifi, así que me di una vuelta por FB y terminé topándome con dos entradas interesantes, una de Glauco Tmelc, que me voy a permitir copiar casi enterita,y otra de Francisco G. Romero que empezaba citando a uno de los sabios más notables que el mundo ha dado: Marco Aurelio.

Escribía Glauco que “el montañismo no sólo permite elegir el campo de juego sino también las reglas: por eso en el mismo lugar se pueden jugar juegos distintos y tener experiencias muy diferentes. Hay ciertas excursiones que -por longitud, dificultad, aislamiento- nos presentan sus condiciones: obligan a la austeridad y al minimalismo, a resolver con lealtad los desafíos de la naturaleza. Esas actividades -que para el que sepa mirar tienen su estética- nos imponen su ética. No es cierto que sean rarezas, no son tesoros escasos, al contrario, están por todos lados, en todos los terrenos. Lo único que hay que hacer es imaginarlas. Eso sí, no importa lo apremiante que terminen siendo las circunstancias, tenemos que acordarnos que estamos ahí por lo que Peter Boardman llamaba un lujo y un capricho, estamos ahí por una elección de la que otros carecen”. Sí, y es que después de lo derrengado que me encontraba cuando me acogí a la hospitalidad de los dueños de la gite, la entrada de Glauco venía a poner de nuevo las cosas en su sitio. La cita de Peter Boardman me venía a recordar que estoy aquí, se acerca ya a la cuarentena, por un lujo y un capricho, estoy aquí porque he hecho una elección que a otros muchos les sería imposible hacer. Estas palabras me restituían, pese a todas las dificultades y al cansancio extremo por el que había trascurrido mi jornada, a mi condición de privilegiado. Tener todavía la posibilidad de atravesar los Alpes con setenta y tres años se me aparecía como un regalo de los dioses. Así que ahora, contemplando el fin de la tarde y tras beberme a pequeños sorbos un perolo de té con leche, no me queda otra que dar gracias a los hados que me siguen empujando a vagar por montañas y valles.

Del post de Francisco G. Romero retenía una idea que me ha sido, en la última década de mi vida, siempre querida. Dice Francisco que nunca creyó que sentarse a pensar en la muerte fuera fuente de vida. Y lo dice después de citar a Marco Aurelio, que mantenía que el hombre debe reflexionar en su epitafio frecuentemente. Caro Baroja tenía por dado que los hombres cuando han cumplido muchos años necesitan mucho tiempo para pensar en la muerte. Y mientras ella se acerca, aquel hermoso pensamiento zen: “Mientras la muerte llega toma tu sake; vive como un león y, cuando llegue tu hora, muere también como un león”.

Francisco invitaba, con Marco Aurelio, a pensar en un epitafio. Para mí es difícil pensar en un epitafio que supere en brevedad y elocuencia a aquel título con que Pablo Neruda encabezó sus memorias: “Confieso que he vivido”.



Todavía tuve un instante para consultar el correo. Había un comentario de Gustavo Catalán a mi post de ayer, que citaba unos versos de Pedro Salinas. Escribía lo siguiente: “¿Será el amor, en cualquiera de sus manifestaciones, ese "largo adiós que no se acaba?".” Me siento inclinado a seguir el hilo de lo que me va trayendo tanto el camino como las ideas que sobrevuelan al calor de lo que otros escriben. Quizás mañana…

Tras dejar la gite a mis espaldas todavía quedaba el tramo más hermoso de la jornada. Trepar por un tupido bosque con la música del torrente en lo hondo del barranco y, finalmente, cuando las verticales paredes de ambas laderas de repente dieron paso a unos pequeños prados, tras cruzar el torrente por un atrevido puente, encontrar al fin el descanso deseado. El momento más grato del día me esperaba ahí como se espera largamente un regazo en el que descansar de las fatigas.










 

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