La voz a ti debida

 



Camino del refugio de Longon, 31 de julio de 2021

Camino del Col de Crousette – Col de Crousette – Col des Moulines – Camino del refugio de Longon.

 

Tuve la sensación de que hoy el agua no iba a aparecer en mi camino, tal era la desolación que vestía el monte al norte del Col de Crousette y a los pies del Petit Mounier. Las montañas se habían transformado en alargadas lomas que se hundían a lo lejos en lejanos valles. Perdida la altivez y la arrogancia propia de las montañas más al norte y privadas acaso por su orientación al sur del agua y por consiguiente de la fragancia de los altos bosques el descenso se convirtió en un caminar en la desolación.

Me había detenido bajo el Petit Mounier a comer algo y a secar la tienda pero diez minutos más tarde tuve que recoger precipitadamente porque se puso a llover. El lugar se llenó de nubes como salidas de la nada. Por la arista apareció una forma entre la niebla que me hubiera dado para una buena fotografía, pero no tuve tiempo de sacar la cámara. Era una chica embozada en su ropa de lluvia, una solitaria y acaso tímida mujer a la que quise decir que parara un momento para componer una foto de ese alguien como salido de las nubes. Pero caminaba mucho más deprisa que mi francés que es muy lento y la chica solitaria desapareció entre la niebla como había aparecido. Quizás lo soñé y se trataba de un fantasma.



La escenografía montada por las nubes no duró más allá de cinco minutos, tras los cuales se abrió la visión al valle y las montañas.

Me había pillado desprevenido ese cambio tan rotundo después de la larguísima ascensión al Col de Crousette. He atravesado el Parque Nacional de Mercantour varias veces por distintos lugares y esto no se parecía en nada a lo que conocía de otras ocasiones, un paisaje desolado y solitario al que faltaba la virulencia de los barrancos o las atrevidas formas de sus aristas y paredes rocosas. Descendí cerca de tres horas teniendo siempre en mente la necesidad de encontrar agua. La etapa no tenía ningún punto de apoyo, el único lugar, el refugio Longon, me habían dicho en la gite del día de anterior que estaba cerrado, así que en el momento en el que al fin me encontré con un arroyo, me senté a considerar la situación. Eran cerca de las tres, un poco pronto todavía, pero… tenía agua. El tiempo ofrecía el aspecto de otros días, las nubes merodeaban espesas y oscuras como vaticinando la acostumbrada tormenta que al fin se desató una hora más tarde mientras echaba una reparadora siesta.



El día anterior Gustavo había dejado un comentario en mi blog en forma de interrogante y que correspondía a unos versos de La voz a ti debida, de Pedro Salinas:

¿Serás, amor un largo adiós que no se acaba?

Leer a Pedro Salinas es entrar en un mundo en donde el amor no es cosa de dos. El poeta ha caído, Falling in Love, dicen los angloparlantes, en las embrujadas redes de Cupido, y desde allí, envuelto en la locura del deseo de la amada, enhebra versos isométricos donde endecasílabos, eneasílabos, heptasílabos y pentasílabos se pasan el testigo para responder al impulso amoroso del poeta.

Es un mundo conocido, la destinataria de sus versos no es su esposa sino una lejana dama que vive al otro lado del océano. Una vez leí que el único amor capaz de mantener su fuerza primera durante años y años es aquel que se encuentra separado por largas e insuperables distancias. Es el caso de Pedro Salinas y, me temo, que una parte muy importante de su valor como poeta se la debe a esa exclusiva circunstancia de la distancia y del imposible del encuentro con la amada.

Ni en el llegar, ni en el hallazgo

Tiene el amor su cima:

Es en la resistencia a separarse

en donde se le siente,

desnudo, altísimo, temblando.

En la resistencia a separarse pero especialmente, al fin, en la separación. La concepción del amor como indeleble tensión que permanece y se renueva precisamente en la ausencia de la amada, es como zarza ardiente de Yahvé en el Sinaí, no se consume, permanece y alimenta constantemente al poeta, que vive en un continuo estado de exaltación y esperanza. 

Shakespeare necesita matar a Romeo y Julieta, y lo mismo le sucede a Wagner con Tristán e Isolda, porque más allá de la cúspide de la tensión no hay nada. En el acto del encuentro definitivo se ha consumado la vida, más allá de esa puerta encantada la existencia se desvanece, más allá no hay nada. Quizás por ello, la poesía de Pedro Salinas se detiene ante la puerta encantada, aquella del relato de H. G. Wells y la tensión que genera ese no poder traspasarla es la hondura de su poesía.



Son las nueve de la noche. Está oscuro. Los días se acortan. La tormenta ha vuelto y ruge discretamente en las alturas. Gruesas gotas de lluvia golpean contra la tela de mi tienda.

Caminar durante dos jornadas en los Alpes con la única presencia en los senderos de tres caminantes añade a la jornadas un plus de soledad que lo acrecienta precisamente ese saber que antes de siete horas de caminar no hay un alma. No es frecuente esta situación y quizás por ello esta noche siento mucho más mi aislamiento bajo está lluvia pertinaz.






 

 

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