La vida simple

 



Chapelle Saint Roch. Camino de Rimplas, 1 de agosto de 2021

A dos horas del refugio Longo – Refugio Longo – St. Sauveur sur Tinée – Chapelle Saint Roch.

 

Hoy me cayó el final de la jornada bajo el porche de una ermita, un lugar cómodo pero que no es mi tienda que al fin y al cabo es el lugar más acogedor del mundo. En serio. Hay quien necesita una casa de tres plantas y no sé cuántos cuartos de baño para vivir, pero el vagabundo, habituado a su amplísima tienda de ochenta o noventa de ancho por uno noventa de largo se siente tan bien y tan cómodo en ella que sería capaz de vivir el resto de su vida en ese reducido espacio. Y que no sólo de espacio se trata, que me sucede que la tienda, siendo uña y carne conmigo, hoy que no la necesito la estoy empezando a echar de menos. No sé qué tienen esos setecientos gramos de tela que cuando cada tarde la monto y me tumbo o abro el colchón de aire me parece estar en el lugar más confortable del planeta. Además, sucede que si a Pedro Salinas le inspira su amada allende los mares, a mí ese espacio encantador que me sirve cada día de descanso y cobijo hace curiosamente también de lugar de inspiración y de diálogo conmigo mismo a través de toda esa palabrería que surge a través de los intersticios de mi cansancio. Pensando estoy que mira que tengo yo cariño a la cabaña de El Chorrillo y sin embargo no se me va de la cabeza la posibilidad de, cuando llegue a casa, irme a vivir a mi tienda de vagabundo. Lo ya dicho, rico no es el que más tiene sino el que menos necesita y claro es que la dicha que se despierta entre los brazos de una vida sencilla no tiene parangón con ninguna de las veleidades que suscita ese mundo de consumo que nos rodea.

Chapelle Saint Roch, mi vivac de hoy


Una de las tantas cosas que el vagabundo descubre desde hace muchos años de vagar por el mundo y sus caminos es que la vida es mucho más simple de lo que la pintan. Hace un rato, aprovechando que tenía algo de cobertura, se me ha ocurrido darme una vuelta por los periódicos y de mi cuerpo ha salido una voluptuosa sonrisa de autoafirmación en esas creencias que van progresando en mí con el cansancio, la belleza por la que atravieso o la simplicidad de lo que hago. Siempre las cosas que suceden en el mundo y cómo éste se desenvuelve, me produjeron una gran reticencia, pero según profundizo en este tipo de vida esa sensación de que en términos generales el mundo desbarra se acrecienta en mí. No pretendo decir que la gente debería hacer esto o lo de más allá, sólo, insisto, que en el regreso a una vida mucho más sencilla, y ello sin entrar en problemas ecológicos o de recursos naturales y en el peligro para las próximas generaciones, está la clave de una mayor felicidad.

Cosas por demás que se me ocurren al final de un día matador en que como casi siempre vengo a sopesar si las cosas tienen que ser así o si deberé rebajar el nivel de exigencia conmigo mismo. Había caminado seis horas consecutivas para llegar a St. Sauveur de Tinée e incluso en el último momento había apretado algo el paso para llegar a tiempo a algún restaurante. Cuando me senté frente a una mesa con una cerveza entre la manos estaba exhausto. Había sido una marcha amena de subidas y bajadas, grandes praderías, un empinado barranco, un nuevo ascenso para llegar al refugio-vaquería de Longo, cerrado pero con señales de una reconstrucción interrumpida, y finalmente un interminable descenso por los barrancos y bosques que caían sobre St. Sauveur sur Tinée, que al menos pude entretener con Nueve cuentos, unos relatos de Salinger, el autor que se hizo mundialmente famoso con la sola publicación de un libro, El guardián entre el centeno.



Retuve ayer antes de terminar con Gente independiente, de Halldor Laxness, una cita interesante: “Nada alimenta tanto los dones del poeta como la soledad en las largas caminatas por la montaña”. El protagonista, un tipo un tanto excéntrico que por encima de todo coloca su independencia, es dado a la poesía y encuentra sus mejores momentos de inspiración, eso, caminando por las montañas. A mí la poesía se me acabó, y no como le sucediera a Pedro Salinas al que la distancia servía de inspiración, un tiempo después de que una antigua novia se hiciera rematadamente irrecuperable. Fue un proceso lento, pero al fin la poesía quedó como cosa de otra época. Magnífico aquel tiempo —y tremendamente doloroso—, no necesitaba ir a la montaña, como el protagonista de la novela de Halldor Laxness, los versos salían solitos y fluidos a cada momento, en ocasiones como un canto irreprimible de amor y en otras como una daga que quisiera cortar de un tajo todo recuerdo de la amada. Creo que en ese libro, que titulé Cuando llega el naufragio, está lo mejor que he escrito nunca. Me parece que cuando ayer hablaba de Pedro Salinas hablaba con toda la propiedad del mundo, sí, por experiencia propia.

Cuando llega el naufragio


La montaña, la soledad, determinados estados de ánimo pueden inspirar, pero eso no es nada con la capacidad que tiene el amor en aquel que utiliza la escritura como elemento de expresión.






 

No hay comentarios:

Publicar un comentario