Mi última jornada





Niza – Madrid, 2 de agosto de 2021

 

Chapelle St Roche – Rimpas – La Roche.

 

De hecho andaba un poco ahogado, el calor que había comenzado a hacer, el peso y finalmente la gota que desbordaba el vaso de agua: el asfalto. Demasiado asfalto esta mañana, una cosa que un servidor soporta malamente. Tampoco estas montañas surcadas de carreteras me gustaban. ¿Qué más? Cualquier cosa, porque el caso es que lo que me preguntaba en algún momento era qué coño hacía yo allí en un lugar que no me gustaba y que además era frecuentado por demasiados automóviles en una carretera excesivamente estrecha. Y así las cosas llegué a la localidad de La Rochey me di de frente con uno de esos chiringuitos que hacen de parada de autobús. Estaba tan cansado que me refugié allí, descargué, me senté. Distraídamente pasé la vista por un cartelito que había a mano  derecha. Decía: línea 90. Punto de salida La Roche y punto de llegada, Niza. El autobús pasaría dos horas y media más tarde. Aquello era demasiado tentador. Me quedaban tres jornadas por delante para llegar al mar y como uno vive la tentación de eludir el esfuerzo como todo quisque, engañándose a uno mismo o no, ahí me vi como Fausto tentado por Mefistófeles, sí, a punto de vender mi alma al diablo, y en consecuencia imaginándome mucho mucho asfalto en mi itinerario, un pensamiento necesario para ablandar mi voluntad de caminar hasta que las montañas desaparecieran bajo las aguas del mar . Vamos, que no tardé en morder el anzuelo. De manera que cuando quise darme cuenta ya estaba tecleando en el teléfono si en ese mismo día podría encontrar un vuelo entre Niza y Madrid. Y lo había.

Uaauuu… Dejamos la pista del aeropuerto. El avión ha hinchado el pecho, se ha puesto a correr y de repente se ha convertido en pájaro, ave nocturna sobre ese mar que en tantas ocasiones sentía yo como destino. Hoy no es como aquel año, que después de un entero verano atravesando los Alpes todavía me quedaron ganas de continuar la marcha por las montañas de Córcega. Este año vengo cansado, muy cansado, con ganas, sí, de darle un poco de descanso a mi cuerpo. La montaña exige esfuerzos, pero muchos de estos esfuerzos no me parecieron racionales del todo en esta ocasión. Levantarme tantas mañanas con esa sensación de abatimiento, que por otra parte parecía desaparecer  durante las tres primeras horas de marcha, era un síntoma de que algo no funcionaba bien del todo. Y ese algo es sin duda el exceso de peso. Hacer de la montaña un sufrimiento demasiado continuado la priva de una parte importante de su razón de ser.

Volamos. Me jode que no sienta nada especial en este regreso después de, ¿cuánto?, treinta y ocho días me salen. Muchos días, miles y miles de metros de desnivel ascendidos, la experiencia de fortísimas tormentas, las lluvias, las largas caminatas entre la niebla, esas magníficas tardes cobijado en la tienda, la espléndida soledad de las noches… Nada de todo eso me llena en este momento como en otras ocasiones. Quizás ha sido todo muy precipitado, quizás… Las emociones van perdiendo gradiente con las repeticiones. No son ya aquellos tiempos en que después de atravesar el Pirineo de parte a parte se me humedecían los ojos cuando avistaba el Cantábrico a lo lejos. O una vez que hicimos la Alta Ruta, también del Pirineo, con Victoria y mis tres hijos y el último día me costó algunas horas dormirme de pletórico que estaba recorriendo mentalmente aquel mes y pico que nos llevó la travesía. Los pensamientos yendo de una parte a otra de las montañas saboreando con placer tantos y tantos ratos de plenitud que habíamos vivido durante aquellas semanas.

¿Sigue todo en la vida un proceso similar? ¿Es posible recuperar esa inocencia  perdida con  que nos relacionábamos con los hechos de nuestra propia vida? ¿Acaso en cosas como éstas consiste el hacerte mayor?

Hoy era un día más. Por la mañana todavía no sabía que sería el último y según cubría esas dos horas de subida a Rimplas especulé sobre lo que necesitaba comprar para cubrir la  siguiente etapa. Apenas me quedaba nada de comida, pero aún así luego pensé que podría tirar sin detenerme hasta St. Dalmas. Total, que pasé de largo y me enfrasqué una buena parte del camino en los cuentos de Salinger. Allí abajo a la derecha discurría de continuo el valle del Tinée. El sendero había tomado mucha altura y seguía la línea del río desde lejos como un helicóptero que hiciera un servicio paralelo al del autobús sólo que por el aire. No estaba mal, pero no era la clase de itinerario que me gusta. Habíamos entrado en unas montañas con una densidad de población que restaba un tanto de aliciente a mis ganas siempre latentes de perderme por valles y montañas solitarias.

Están anunciado la proximidad del aeropuerto de Barajas, aterrizamos en unos minutos.

 

 

 

 

 

 


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