En el Pico de Urbión. Jugar.

 



Cumbre del Urbión, 7 de agosto de 2021

 

Contaba Carlos Soria esta mañana en su muro del FB que le gustaba madrugar y que esa mañana le había amanecido camino de Cabezas de Hierro. "Amanece, que no es poco", le comenté yo, pero cuando ello es sobre una cumbre es bastante más que poco. Y como usara la palabra anciano para referirse a él mismo, algo que sigue sin cuadrarme pese a la edad que tiene, miré a ver qué decía la RAE al respecto. Y resultó que la única acepción de anciano que para mí le cuadraba era aquella que se refería al monje más antiguo de un convento. Se me parecía que, puestos a hacer un uso abusivo del diccionario, Carlos bien podía ser el abad superior de este convento que formamos los feligreses amantes de las montañas. :-).

A mi me gusta trasnochar – madrugar, pero como ambas cosas a la vez son incompatibles, madrugar madrugar sólo lo practico por imperativos estéticos. Levantarse antes del alba y ver amanecer es uno de los ejercicios estéticos por excelencia. Esos instantes en que las primeras luces empiezan a hacerle cosquillas en los pies a la noche y ésta se estremece, pertenecen a ese tipo de cosas que recuerdan el comienzo del principio del mundo. El inconveniente de ese momento y su posible contemplación es que hay que echarle mucha fuerza de voluntad para salir del saco y despabilarse lo suficiente con el fin de asistir con lucidez al espectáculo. Hoy, sin más, que duermo en la cumbre del Pico de Urbión, he tenido que pedir a Jon y Martín, dos jóvenes vascos con quienes comparto el vivac en la cima, que si el amanecer es guapo que me avisen. El calorcito del saco es tan tentador…



Ayer pasamos el día con Mario, Andrea y dos de mis nietos en la choza que tienen bajo Cancho Gordo, junto a Valdemanco. Pues bien, molido salí de jugar con mis nietos Manuel y Manuela. La capacidad de ambos para inventar un juego detrás de otro y mantenernos al abuelo y a la abuela como dos chiquillos más enrollados en sus juegos era inagotable. Cuando camino ya de casa lo recordaba, esa capacidad de jugar y jugar sin parar, hubo un momento que me pareció que puestos a ser justos toda la vida es juego, otra facultad que tienen algunos adultos para estar continuamente absorbidos por actividades y sueños que son capaces de ocuparles la mayor parte de su tiempo y su vida, por ejemplo. Me preguntaba ahora, mientras miraba el Triangulo del Verano allá arriba, Águila, Lira y un puñado de estrellas que se ven entre los pedruscos de la cumbre, si no es cosa parecida el juego infatigable de los niños y ese afán que persigue a Carlos de coleccionar ochomiles, que me persigue a mí desde hace meses de coleccionar cumbres donde dormir, y ya puestos, que mueve a otros a coleccionar coches, casas, megustas, obras de arte. Parodiando a Calderón ¿no podríamos decir con bastante propiedad que la vida no es sueño, sino puro juego?



Cuando uno contempla una escultura no sería correcto hacerlo tal como lo hacemos con un cuadro. Una escultura requiere ser observada desde diferentes puntos de vista. Nos paramos en frente, damos la vuelta a la obra, nos acuclillamos para observar un detalle… Si con la vida hacemos otro tanto podría llegar a ser divertido descubrir una determinada perspectiva en la que ésta se nos aparezca netamente como un juego. Vengo observando cuando escribo estos post bajo las estrellas en alguna cumbre que indefectiblemente el punto de vista con que me acerco a la realidad en general varía bastante respecto a otras posiciones desde las que pueda escribir. Tener a las estrellas enfrente desde el tendido prono, o supino, que nunca sé cuál es uno y otro, y el mundo y sus problemas a mis pies, adscribe a mi reflexión, me parece, un nivel de claridad que acaso me falta cuando estoy en el llano.



¿Tan difícil es percatarse de que probablemente la vida no es otra cosa cosa que un juego que jugamos durante una larga temporada? Un juego en el que a veces, inflados, orondos y crecidos nos sentimos alguien; otras nos vemos desgraciados como niños abandonados; muchas, felices y contentos porque la vidas nos sonríe; enamorados, desesperados, tristes, satisfechos; hechos una mierda porque se nos ha roto el peón o hemos perdido los cromos jugando a las tabas.

Como niños nos enamoramos de esto o lo otro, nos podemos apasionar por la música, por el ajedrez, por los viajes, pero también podemos no querer jugar. Hay quien ni sabe, ni quiere jugar. Decía Camus que sólo se aburren los imbéciles. No sé, quizás. Lo que sí es un hecho es que a muchos que se pasan la vida jugando parece irles muy bien. Se han apasionado con un juguete, un sueño y allá están empleándose en cuerpo y alma en el puro placer lúdico.

Sí, a veces uno está hasta el moño de ser perseguido por los porqués. Por qué esto, por qué lo de más allá. Los sapiens somos unos seres frecuentemente muy raros. Ya nos lo decía el Principito.



Total, que dicho y hecho, que el pasado otoño se me ocurrió un juego, este de dormir por las alturas, y ya estaba empezando a echarlo de menos. En Alpes me cansé además de cargar con exceso de peso y eso me hizo soñar en algún momento con otros empeños más ligeros. Me ilusioné, esa cosa tan propia de niños, con aligerar más el macuto. Y el invento que me surgió fue éste de disponer de un campamento base, la chozacar de otro tiempo, desde el que alcanzar cumbres con las que alimentar mi colección nocturna.

Hoy salí de Madrid rumbo al Pirineo Navarro y la primera cima que me encontré en el camino fue el Pico de Urbión, así que parada y fonda, una vez más visita a la Laguna Negra para recordar a Machado y a su Alvargonzález y a tirar para arriba. En tres horas o menos estaba en la cumbre. Un paseo agradable, bonito y tranquilo, esta vez en la buena compañía de dos jóvenes vascos, Jon y Martín (por cierto, si leéis esto mandadme vuestro correo de nuevo, porfa) .

Jon y Martín












 

 

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