El Moncayo

 


 

Cumbre del Moncayo, 8 de agosto de 2021


Faltaba un buen rato para el alba cuando unas voces me despertaron. Toda una troupe de Burgos se había dado el madrugón para ver amanecer sobre la cima. Me dieron ganas de recitarles aquello del Tenorio: 

Cuán gritan esos malditos

 y que mal rayo me parta

si en concluyendo esta carta

no pagan caros sus gritos

porque de hecho gritaban como energúmenos. No me pisotearon la cabeza de milagro. Allí estuvieron de jarana en medio de la espesa niebla esperando inútilmente el amanecer, inútilmente porque gente así no se merece la gracia del regalo que los dioses hacen a la gente de bien. No vamos a ver más de lo que hemos visto, dijo uno que parecía tener prisa; los demás se hicieron los sordos. Pero al final pudo su último argumento: es que me tengo que poner la vacuna en Burgos a las once de la mañana. Y al fin toda aquella troupe se marchó y la cumbre quedó en silencio. Y… milagro, no habían transcurrido más de quince minutos cuando el alba de rosados dedos emergió de la niebla radiante como un dios; redondo, coloradote apareció sobre un magnífico mar de nubes cuya superficie rozaba la cumbre. Después fue una fiesta de colores cálidos que traspasaban el velo de la niebla aquí y allá y, como en el baile de los siete velos, la montaña poco a poco se fue desvistiendo dejando dispersos por sus laderas fragmentos de seda que se arrastraban perezosos entre los peñascos. Minutos más tarde el mar se estabilizó y quedó un mar de tranquilas nubes que cubrían todos los alrededores hasta el final del horizonte dejando pequeñas islas que emergían en la lejanía con sus lomos oscuros como cetáceos antediluvianos salidos de una novela de Melville.

Martín y Jon, bribones ellos, se habían cogido el mejor balcón de la sierra para contemplar el espectáculo, y no como un servidor que, apremiado por la representación que se adivinaba tras los pedruscos en que me había refugiado a resguardo del viento, en calzoncillos hube de salir disparado cámara en mano para tratar de atrapar algo de la belleza que nos regalaba la mañana.

Jon y Martín

Ya lo decía ayer comentando la afición de Carlos a madrugar. El camino de regreso a la laguna Negra, la niebla ida hacia los bajíos más profundos, era con su colorido de mañana temprana, de una belleza delicada y frágil; la profundidad de los verdes en las hondonadas, la laguna apacible y calma sobre la que posaba la luz como despertando al agua adormecida, los pinos salpicando los prados. Bajamos charlando animadamente hasta el aparcamiento. Jon y Martín tenían la furgoneta al fondo del parking. Nos despedimos calurosamente.



A la tarde, sobre la cumbre del Moncayo he elegido el abrigo situado más al este, siempre a la espera del amanecer matinal, y después, aprovechando la tibieza del sol de última hora, me he ido cerca de Eduardo y Belén a charlar mientras me daba una merienda con chorizo de Cantimpalo y algunos cacahuetes. Belén y Eduardo habían hecho ayer  una larga ruta en bicicleta y hoy habían cambiado los pedales por las botas de montaña. Era agradable charlar sin prisas subidos en la picorota de este monte que se alza sobre el llano como señor indiscutible de los alrededores. La sensación que se tiene cuando se asciende el Moncayo por su ladera norte es parecida a cuando despegas de Barajas en un avión. La inmensidad del llano que se va dejando a los pies de la montaña se aleja poco a poco y la perspectiva es totalmente aérea. Ninguna montaña le hace sombra al Moncayo en muchos kilómetros a la redonda. No es de extrañar que muchos de nuestros ancestros eligieran estas montañas aisladas como residencia de los dioses. Las montañas tienen una larga tradición como morada de deidades. El Valhalla germano, el Olimpo de Zeus y sus colegas, el Sinaí. Una gran montaña en el llano es siempre un acicate para la imaginación. A mí el Moncayo el pasado invierno se me quedó como una referencia a visitar después de ver un vídeo que alguien había colgado en FB. Era un día de fortísima ventisca. En el vídeo se veían distintos grupos caminando a cuatro patas luchando contra el viento. Alguno era arrastrado por éste y caía al suelo. La escena era bastante impresionante. Este monte solitario en medio del llano debe de ser una auténtica fiesta cuando a Eolo y sus compinches les dé por jugar con los humanos. Ya hablaba ayer de esto del juego. Si la vida de los humanos tiene mucho de juego no te digo la de los dioses que se han pasado jugando una gran parte de su existencia. Mientras en los campos de Troya se vertía sangre bajo sus murallas, los dioses jugaban a los dados y Zeus y Hera follaban en medio de un prado que habían hecho florecer entre las nubes; Yahvé hacía lo propio inventando diluvios universales y cargándose a toda la humanidad que no se prestara a sus juegos. Sí, para Yahvé los humanos eran simples muñecos con los que divertir su ociosa y aburrida vida.



Es curioso, pero como hecho aposta. Tengo esta noche el Triangulo del Verano encima en la misma posición que ayer. Más a la izquierda anda Casiopea y, un poco recostada sobre el muro de piedra del corral donde vivaqueo, la Osa Mayor parece dispuesta a iniciar su vuelo nocturno alrededor de la Estrella Polar. Entrañables compañeras de mis noches de vivac que como vigías haciendo su guardia nocturna velan mi sueño. Me duermo y cuando algunas veces me despierto enseguida compruebo que ha cambiado la guardia, si en el primer sueño te acostaste con Casiopea sobre tu gorro de dormir, cuando tengas que echar la primera meada, las noches del prostático son ajetreadas, ya tienes encima a Orión o a cualquier otro angelical guardador de mi sueño. Y todo ello contrariando el cuento de que es la Tierra la que se mueve, razones que servirán a los astrónomos, pero no a un servidor que, lo puedo jurar, no me muevo en toda la noche. Y por cierto, pobre Giordano Bruno, con lo fácil que le hubiera sido no meterse en camisa de once varas y seguir mirando al cielo como lo hago yo, firme y quieto mientras las estrellas me cortejan unas tras otras durante toda la noche.















 


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