El Euzcarre

 


 

Cumbre del Euzcarre, 9 de agosto de 2021


La música del viento se despertó a mitad de la noche y ya no paró hasta entrada la mañana. Una densa niebla ocupaba la cumbre del Moncayo desde mucho antes del alba. Fue una disculpa perfecta para dormir un poco más a la espera de uno de esos pequeños milagros de luces que se producen al amanecer. Pero no, no hubo nada de eso. De preparar el desayuno ni pensarlo con aquella ventolera, así que enfundé el plumífero, guantes y gorro y bajé abriéndome paso entre la niebla por una traza de sendero que no tenía pérdida. Unas margaritas de pétalos amarillos dispersas junto al pasto agostado daban unas bellas pinceladas al cuadro de la mañana. Y más abajo, cuando la niebla quedó atrás y empecé a cruzarme con los primeros caminantes fueron los contraluces de éstos contra las nubes erráticas que remoloneaban todavía por los pies del Moncayo la mejor diversión para mi cámara.




El Euzcarre es una esbelta montaña que alza sus laderas llamativamente sobre el entorno de Zuriza. Modesta en altitud pero puesta ahí a la entrada de un reino en su papel de centinela. La había visto muchas veces desde el alto previo antes de que la carretera baje hacia el camping de Zuriza. Pensé que era una buena manera de comenzar mi itinerar por las cimas del Pirineo. Hace muchos años que no asciendo propiamente ninguna cumbre. He caminado meses enteros de un lado a otro de la cordillera pero las cumbres, a excepción de hace un par de años que me desvíe de la senda Camille para subir a la Mesa de los Tres Reyes, no habían sido mi objetivo. El que este año haya cambiado de opinión la tiene mi reciente afán por dormir en las cumbres.

Se respira una tranquila quietud sobre la cima del Euzcarre. Las montañas han empezado a vestirse de una suave tonalidad ámbar. Sobre el oeste las nubes cabalgan las montañas con la pesantez de una masa empeñada en invadir las laderas meridionales. Frente a mí el conjunto de las montañas del Petrechema y la Mesa de los Tres Reyes aparecen oscuras como quien se ha ido a la cama antes de tiempo. Al otro lado de la cordillera un mar de nubes uniforme sobrepasa los collados más bajos. Un acentor alpino canta todavía en los alrededores sin enterarse de que es hora de irse a la cama. A lo lejos el Anie sobresale rodeado de su escueta soledad. El Midi d’Ossau y el Balaitus son sólo una sombra mortecina en la lejanía.



Pregunté a una señora con la que me crucé si había algún corralillo de piedras en la cumbre con que protegerse del viento y me dijo que no, que no se había fijado. Lo curioso es que en la misma cumbre, a un metro del vértice geodésico había uno la mar de coqueto y bien construido, vamos imposible de no ver. Qué curioso es eso de que la atención sea en ocasiones tan distraída como para no ver lo que tienes delante de las narices. Vamos, un lugar ideal para pasar la noche.

Tener cada día un pensamiento en el que recrear nuestra mente es un ejercicio de profilaxis que, como cepillarse los dientes, ayuda a mantener la salud. Hoy apunté uno que me encontré al mediodía. Pertenecía a Beltrand Russell (The Scientific Outlook): “El amante, el poeta y el místico hallan una satisfacción más completa que la que pueda conocer el buscador de poder, ya que pueden descansar en el objeto de su amor, mientras que el ávido de poder debe estar perpetuamente ocupado en alguna nueva manipulación, si no quiere experimentar una sensación de vacío”.

Descansar en el objeto de su amor: me incorporo. Miro a mi alrededor, las montañas dormitan ya en la semioscuridad con un resto de brasas en la línea de poniente. ¿Son ellas el objeto de mi amor sobre el que descanso o acaso ellas son sólo mi almohada, el lecho sobre el que mi ánimo se recrea lleno del esfuerzo de una jornada, pleno de las cosas bellas que han acariciado mis ojos, incluido ese viaje a través de Aragón y Navarra para alcanzar la base del Euzcarre? Y me inclino a pensar que ellas son, sí, el lugar, el escenario en que mi vida toma forma y se perfecciona. Amor a lo que hacemos y a lo que resulta de ese hacer. La montaña como medio. La satisfacción provendría esencialmente de nuestros actos, y de manera menos importante, de la belleza que encontramos en la Naturaleza, de la calma que transmite, de la confrontación y relación con ella.

En el Moncayo



El Euzcarre










 

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