El Anie

 


 

Cumbre del Anie, 10 de agosto de 2021

 

Una de las mejores cosas que te pueden suceder en una jornada de caminar por la montaña es tropezarte con gente interesante. No es que uno sea exigente pero es que celebra, coño, tener de vez en cuando una agradable charleta, así, como quien no quiere la cosa. Sucedió que después de dedicar un buen rato a la contemplación de un largo amanecer no tuve otra cosa que hacer que recoger y tomar la ruta de vuelta hasta que en mi camino quise ceder el paso a una pareja que subía, esa ley no escrita que obliga a dar la preferencia al que sube. Pero a ellos no, a ellos, Alejandro y Elena, les pareció una buena oportunidad para tomarse un pequeño respiro. Y puestos a tomarse un respiro por qué no tomármelo yo también. Total, que pegamos la hebra de tal manera que necesario habría sido tirar de nosotros para desasirnos, allí parados en una estrecha senda viajando en unos momentos por alguna parte del mundo de las montañas, casos, anécdotas y referencias que todos, septuagenarios los tres, compartíamos. Personas, actividades, y de entre todo una entera filosofía de la vida que compartíamos. La pareja rebosaba una salud contagiosa.

Alejandro llevaba un pirulo a la espalda que lo mismo podía ser el estuche del catalejo que el capitán Akab llevaba consigo para avistar a Moby Dick, que una caña de pescar. Resultó que Elena y Alejandro eran radioaficionados y aquello era una antena que, una vez llegados a una cima, instalaban para comunicarse con gente de todo el mundo que en aquellos momentos estuviera, como ellos, visitando una cumbre, estuviera ésta en Pozuelo o en el centro del desierto australiano sobre la cima del Uluru, la montaña roja de los aborígenes. Salió a cuento la historia de las colecciones en las que unos y otros empeñamos una buena parte de la vida. Ellos tenían también una curiosa colección, habían subido a todo los techos de España. Sí, ese amor por las alturas. Tuvimos que hacer un esfuerzo para despedirnos. Un fuerte apretón de manos. Hay gente pató, como dice el amigo Vinches, pero tropezar con gente interesante es una lotería.

Alejandro y Elena

Algo debería decir del laberinto de los lapiaces que rodean al Anie. Si a Teseo le hubieran colocado en medio de este laberinto de grietas, simas, honduras, estrías rocosas, subidas y bajadas y pequeños barrancos, en lugar de en la cueva del Minotauro, ni siquiera Ariadna habría podido ayudarlo a salir, qué digo yo, ni el mismo Zeus habría conseguido sacarle del aprieto. No pierdas los hitos de vista ni un minuto, me aconsejaron dos vetustos montañeros con los que me crucé. Otro compañero con el que charlé un momento me decía que el pasado año intentaron subir con niebla y les fue totalmente imposible. Tuvieron que darse media vuelta nada más comenzar con los lapiaces.



Qué buena idea fue ésta la de subir a dormir en las alturas. Despanzurrado al sol en la cima del Anie, un mar de nubes a mis pies, el sol reconfortando mi cuerpo desnudo y sensual, y mientras tanto ir sorbiendo poquito a poco un barreño de té con delectación y la sensación de estar viviendo un momento muy especial. Con las seguridad de que ya nadie va a subir a la cumbre a esta hora mi intimidad toma posesión de la cima como si ésta fuera mi propia casa. Zeus no se sentiría más a gusto sobre las montañas del Olimpo. Sólo echo de menos la presencia de alguna sirena, así que teniendo el mar cerca invoco a Poseidón el dios de los mares para que se produzca el milagro. A veces las sirenas u otros seres feminiles me visitan en mi misma casa, así que quizás con un poco suerte… Una de las prerrogativas de los solitarios es que tienen cierta facilidad para que en caso de necesidad se les aparezca la virgen, una sirena o lo que fuera menester siempre que sea del género apropiado.

Creo que es la primera vez que tengo un espectáculo de esta calidad en un punto tan especial como este pico, que a juzgar por su porte, su belleza y su aislamiento en medio de un desierto cárstico, es una referencia para todo aquel que levante los ojos del suelo. Allá donde mires en muchos kilómetros a la redonda tu vista siempre tropieza con la imagen inhiesta de este pequeño y solitario Cervino.



Y sí, llegó la hora de los milagros. Hoy el más hermoso de los que nunca he visto. ¿Diré que en mi más de medio siglo de hacer montaña me he encontrado esta tarde con el más hermoso de los paisajes que uno pueda imaginar? Sencillamente hermoso y espectacular lo que está sucediendo en estos momentos a mi alrededor. Asombroso. Del mar encrespado hacia poniente, dorado como un inmenso glaciar a cuatro mil metros al amanecer, surgen islas y montañas como emergidas de lo profundo de un mar que un inmenso incendio ha pintado con la gracia y la armonía de una Naturaleza que ha echado la casa por la ventana para deleitar acaso a unos pocos humanos que han tenido las fortuna de asistir a este magnífico e irrepetible espectáculo. Color para una música acaso todavía por escribir, música íntima, de arrobadora belleza. Dudo de que mis ojos vuelvan a ver un espectáculo tan grandioso y entrañablemente hermoso. El atardecer me tiene agarrado, imposible hacer otra cosa que no sea contemplar ese mar que a ratos ha empezado a desbordarse, rebosado su cauce, por los collados hacia el mundo oscuro y sumido en la sombra de la vertiente meridional de la cordillera. En estos puntos el mar deja de ser mar para convertirse en un glaciar convulsionado por la presión del hielo que se desborda sobre los valles como enormes seracs que se precipitaran en el vacío.

Ahora por levante son las nubes que llaman mi atención incendiadas por el último rescoldo del sol. Bajo ellas las nubes han tomado los valles y los han convertido en grandes fiordos donde el hielo o el mar ocupan cada rincón.

Y fin, el sol como una gran pella de fuego se hunde definitivamente en el mar. A levante, los fiordos y un numeroso archipiélago ocupan el horizonte.




Aquí quisiera haber tenido a algún amigo fotógrafo a los que con toda seguridad el espectáculo les habría llenado de gozo. He hecho tropecientas fotos pero igualmente habría podido hacer un millar.

Es la hora de preparar la cena. Cuando miré el tiempo antes de salir daba un cuarenta por ciento de posibilidad de tormenta, así que eché la tienda al macuto. No se cumplieron las previsiones pero hace un rato sopesé la posibilidad de montarla cuando empezaron a aparecer algunas nubes sospechosas. Me lo jugué a cara y cruz y salió dormir al raso, así que a tocar madera.

 





















  

No hay comentarios:

Publicar un comentario