Tormenta en la cumbre de Bisaurin

 

 

Cumbre del Bisaurin, 11 de agosto de 2021


Los pintores que la tarde anterior habían estado faenando por el entero espacio de los alrededores del pico de Anie, a la mañana siguiente debían de estar tan exhaustos del trabajo hecho, esa maravilla que habían pintado convirtiendo los bajíos de las montañas en convulso mar dorado y en glaciares y seracs la parte de él que atravesando collados caían sobre la vertiente meridional, debían de estar tan exhaustos como para ni siquiera despertar con el alba, que por consiguiente fue deslucidamente sosito. Ahí seguían las nubes formando fiordos y pequeños lagos pero sin chicha ni limoná ahora.



En medio de los laberintos de los lapiaces del Anie tuve primero un encuentro con un hombre mayor tocado con su boina vasca, aunque francés, que ya me dejó un buen sabor de boca por un algo que encontré en él que me gustó, una cortesía y una naturalidad que apreciaba con placer a hora tan temprana; así como hay rostros y voces que nos producen rechazo, hay otros que reconfortan y nos dejan una grata sensación temblando en el aire. Me despedí con un “que tengas un bonito día”, que él respondió con un “y tú también”. El otro encuentro fue con cuatro vascos que tenían ganas también ellos de charlar. Me encantan estas coincidencias donde la espontaneidad y la camaradería de la montaña se reúnen para hacer una pausa en el camino y charlar unos minutos.

Cuando llego a mi chozacar, convertida en campamento base, es como volver a casa. Hoy tenía el capricho de darme una jartá de zumo después de que se me acabara el agua con el desayuno y paré en Isaba para hacer provisión de ellos para los próximos días.

En un rato de coche ya estaba otra vez a pie de ruta.



Llevaba apenas un rato sobre la cumbre del Bisaurin cuando comenzó la fiesta. La tormenta, proveniente del sur, brama ahora con fuerza. Una tormenta sobre la cima que me pilla casi con lo puesto. Había llegado a la cumbre y había centrado todo mi atención en sacar algunas fotografías del espectáculo que se desarrollaba frente a mí, una espléndida puesta de sol envuelta en inesperados matices que hacían del macizo del Petrechema un sujeto fotográfico de primer orden, y de repente la masa oscura que yacía merodeando por las laderas meridionales se hinchó, cubrió el cielo sobre mi vivac y empezó a llover y tronar. Tira los bastones lejos, como dicen los manuales y apresúrate. En la manta térmica que hará de funda de vivac metí todo mí equipo, el colchón, las botas, la comida… El macuto no cabe, así que quedará fuera cubierto por su funda de agua. Por últimos entramos yo y mi saco.

Curiosamente sólo estoy ligeramente nervioso. Quizás tratando de escribir distraiga un poco la gravedad del momento. Llueve, no mucho. La única protección que tengo en la cresta un tanto abrupta de la cumbre es el plástico de la manta térmica, ese plástico en que meten a los cadáveres. Llueve, no mucho de momento. El plástico no transpira en absoluto y dentro, todo cerrado herméticamente bajo la lluvia, el ambiente es el de una sauna. Intermitentemente los rayos iluminan el interior de este estrecho espacio. Hace un rato veía la tormenta por debajo de mí, todo como boca de lobo, como un monstruo cerniéndose sobre el valle. Pensé que podría librarme porque hacia el norte se veía algo de cielo. De todos modos no estoy en el eje de ese aparato eléctrico… de momento. Ha sido todo tan rápido que no he tenido tiempo de cenar. Debería estar un tanto acojonado, me digo, pero no es el caso, vivo la incertidumbre, eso sí, nada más. Lo pensé muchas veces, si algún día me lleva un rayo no me voy a enterar, me digo a modo de consuelo. Una vez pasé una tormenta bastante violenta en la cumbre del Perdiguero. Entonces había logrado mal que bien instalar una tienda vivac en uno de esos corralitos de piedra que te encuentras en las cumbres. Fue una experiencia enriquecedora. Las tormentas forman parte inseparable de mis correrías por las montañas. Muchas veces he alabado su espectáculo como uno de los más grandiosos que puede depararnos la naturaleza. Hoy sin embargo me pilló de improvisto y muy desprotegido. Una cumbre en estas circunstancias no es el lugar más apropiado para dormir, y menos todavía teniendo como única protección un trozo de plástico.

Los truenos suenan cada vez más lejanos. Me sorprende poder estar aquí tan pancho metido en esto que no es otra cosa que una bolsa de la basura sólo que un poco más grande.



Hoy el atardecer no era tan “bonito” como ayer, esa belleza que todos reconocemos como tal, pero era igualmente sorprendente; por poniente era una refinadísima gama de sepias en lo que se había convertido la tarde con el sol embozado de nubes y las montañas recortadas y oscuras pero separadas en distintos planos por una suave bruma. Pasé un buen rato retratando el sujeto cambiante del crepúsculo, que cada vez se volvía más excepcional en una belleza monotonal de ocres que el sol a ratos vestía o desvestía en el solo espacio de poniente mientras que al sur aparecía una inmensa mole negra que preludiaba la cercanía de la tormenta. El cielo sobre mi vivac tiene una tonalidad como de carbón, pero ya los truenos que se oyen, muy espaciados, indican que la tormenta se aleja definitivamente.



¿Que por qué hoy no me subí la tienda? Estaba tan despejado que ni siquiera consulté el tiempo. Me hice la comida a la sombra de un hayedo cercano al refugio de Lizara, comí tranquilamente y a eso de las cinco partí para el Bisaurin en la certeza de que tendría por delante un hermosísimo cielo estrellado por la noche. Sin embargo a la altura del collado de Lo Foratón ya el panorama había cambiado bastante.

Son las once de la noche y ya han aparecido algunas estrellas. Por esta vez me libré. Voy a ver si ceno algo.

Al amanecer una suave bruma cubre los alrededores de la montaña.











 

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