| Al fondo el Midi d' Ossau |
Cumbre del Aspe, 12 de agosto de 2021
Me perdí en el laberinto cárstico que precede a la cúspide final del Aspe y poco me faltó para llegar tarde al habitual espectáculo del atardecer. No sé qué va a ser de mí cuando se me acaben las cumbres a las que cortejar a esa hora en que un día tras otro se produce cierta clase de milagro. Milagro al que acompaña un rato después ese otro fenómeno que llamamos noche y que en las alturas de las montañas viene a ser, cuando desde el saco contemplas las estrellas, un remanso de paz en el que acunar el cansancio y volver a encontrarte, uno consigo mismo y con el universo entero. Cosa no del todo fácil dada la cantidad de estímulos que nos rodean de continuo a todas horas, tantos como para que uno se olvide hasta de su propia existencia. Quizás una de las razones de ser de la noche sea la posibilidad del encuentro con uno mismo, caso obviamente de no sufrir esa común enfermedad que nos lleva de un lado a otro sin que lleguemos del todo a enterarnos de que estamos viviendo, que en todo caso requiere no tener prisa y estar dispuesto a escucharse a sí mismo y a ese universo que sobrevuela sobre nuestro vivac. Es de hecho un momento único, qué he hecho durante el día, por donde han andado mis preocupaciones y pensamientos, cuál ha sido el instante más preciado, cuántas cosas bonitas han pasado por mi retina, cuánto el cansancio, o el calor.
Sospecho que no tiene nada que ver vivaquear en grupo o acompañado, con este otro modo solitario de pasar la noche en que tantos pensamientos y sensaciones te visitan, tantas intuiciones se abren paso mientras tus ojos distraídamente se pasean por el firmamento.
Así que concluido el atardecer, hoy en medio de una espesa bruma que acaso ha viajado desde el Sáhara para instalarse en los valles pirenaicos, concluida la cena, llega al fin la noche, hoy con una tímida luna creciente que en unos pocos minutos será engullida por la espesa bruma que cubre el horizonte.
Me decía Victoria esta mañana que me encuentra más tranquilo que en el periodo anterior cuando caminaba por los Alpes. Yo también lo siento así y todo tiene que ver con el peso que llevo a la espalda. Creo haber comprendido definitivamente que no se puede caminar diariamente por la montaña con una mochila de dieciocho kilos. El sufrimiento que conlleva esta enorme carga por muy justificada que esté, que lo está, anula un puñado de pequeños placeres que acompañan al que camina, mientras que con el peso que llevo ahora, lo indispensable para dormir, cenar y desayunar, puedo subir a dormir a cualquier montaña de un tirón con holgura sin que me agobie el cansancio ni tenga que dar lugar a que mi espalda proteste. Ahora el placer de caminar vuelve a mí, y mi cuerpo, que tantas veces me ha abroncado el pasado mes de julio, me mira a veces de reojo con satisfacción, esa satisfacción de sentirse fuerte aunque a uno lo tengan que cargar como un burro.
Me temo que hoy el tiempo no me da para terminar esta crónica como quisiera. Son más de las once y mañana el sol despunta a las siete y un poco, y no es cosa de perdérselo. También quiero dedicar un rato a las estrellas antes de dormirme. La noche está calma y por encima de la bruma el cielo aparece cuajado de brillantes estrellas.
Cuando se ve por primera vez el Aspe a lo lejos nada más entrar en el valle de Aisa éste aparece espléndido y desafiante allá en lo alto. Una hermosa montaña acompañada al este por el Llena de la Garganta y por el pico de la Garganta de Aisa al oeste.
No es la mejor hora esta de máximo calor para subir ninguna montaña, pero es lo que hay si quiero llegar a la cumbre con suficiente tiempo para estar un buen rato tranquilo y ver atardecer. Hoy era especialmente caluroso; pero bueno, era cosa de coger un paso, asumir un ritmo como en la música y tener un pañuelo a mano con que secar el sudor. A la mañana siguiente en el descenso, en el macuto de la primera pareja que me encontré asomaba el mango de ese paraguas universal negro y de mango de garrota que se usa en el norte tanto para la lluvia como para el sol. Gente prevenida, sí.
Hoy no desperté hasta que el sol cayó sobre mi saco de dormir. Cielo sin nubes y una ligera bruma en los alrededores que aligeraba las primeras luces de la mañana. Era hora de regresar y volver al laberinto cárstico de más abajo. A las once menos cuarto ya estaba en mi chozacar consumiendo un entero brick de zumo de naranja.
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