Los Grandes Jorasses y el Mont Blanc a la vista

 

 

Camino del Col de l'Iseran, 11 de julio de 2021

Col de Palet – Tigne – Val d'Isere - Camino del Col de l'Iseran.


Después de toda la situación de la noche anterior la verdadera fiesta estaba por empezar. Sin embargo creo que en algún momento definitivamente dejé de preocuparme. La tormenta en su mejor momento consiguió que el espacio interior de la tienda quedara reducido a lo que ocupábamos yo y mi saco. La fuerza del viento y el agua  dejaban dentro un espacio mínimo al mismo tiempo que la traca de los truenos no paraba. Había vuelto a comprobar que todo lo esencial estaba a salvo y llegó el momento en que consideré que lo mejor era despreocuparme, así que me di media vuelta y traté de sumergirme en el sueño. A ratos me despertaba o la tela del techo que se me venía encima, aunque sin mayor molestia, o era una muy fina llovizna que se producía al agitar el agua o el viento la tela donde la condensación se concentraba. Cerraba entonces la boca del saco y seguía durmiendo. Definitivamente mi tienda ya estaba bautizada más que de sobra: podía fiarme totalmente de ella. Después de eso ya podría dormir a pierna suelta. A la mañana, a excepción de la tela de la tienda, muy mojada por la condensación, todo estaba seco. No sólo eso, el sol dio de lleno en el techo mientras hacía ganas para levantarme.

Así que bien dispuesto por este sol matinal, el descenso hasta Tigne resultaba un paseo agradable, seiscientos o setecientos metros de praderías que terminaban en un enorme complejo, una importante estación de esquí.


Subiendo al paso de la Toviere volví a
El libro de la almohaza, de Sei Shonagon. El mundo de las pequeñas cosas rezuma de continuo de las páginas del libro. Un ejemplo: “Cosas que hacen latir deprisa el corazón… Gorriones que alimentan a sus crías. Pasar por un lugar donde juegan niños. Dormir en una habitación donde se ha quemado incienso. Advertir que un elegante espejo chino está un poco empañado. Lavarse el pelo, acicalarse y ponerse ropas perfumadas. Aunque nadie lo vea, sentimos un íntimo placer. Es de noche y uno espera una visita. De pronto nos sorprende el sonido de las gotas de lluvia que el viento arroja a las persianas”. No es un relato, tiene más bien la estructura de un diario de una persona que antes de sumergirse en el sueño al final del día gusta dejar constancia de todo aquello que le ha suscitado placer o desagrado, aquello que ha despertado su sensibilidad, le ha emocionado o provocado tristeza. Por el libro desfilan con todo ello hábitos y costumbres de la época del Japón del siglo X. Es un diario que invita a estar atento a todo lo que sucede a nuestro alrededor. La poesía formaba entonces parte esencial de la vida de la corte, una clase social refinada que había desarrollado una sensibilidad que difícilmente apreciamos desde una cultura occidental que hasta ahora apenas ha tenido en cuenta la riqueza de lejanas culturas como la japonesa o la china. El gusto con que leemos a Mishima, Kavawata, Shonagon o vemos películas de Kurosawa, de Mizoguchi, de Ozu o Naruse, tiene además el perfume de algo distinto que nos llega dentro envuelto en un halo de poesía y novedad que convierte una película o un libro japonés en una experiencia extremadamente gratificante.

Los quinientos metros de desnivel de ascenso después de Tigne van a tener arriba una inesperada sorpresa. Mi itinerario que, claro, no es una línea recta y que además se abre paso con frecuencia entre nieblas y lluvias los últimos días, me deja totalmente desorientado respecto al conjunto de la geografía que atravieso. De manera que cuando llego a los prados altos del paso de la Toviere me llevo una muy agradable sorpresa cuando al fondo descubro la cumbre del Mont Blanc, los Grandes Jorasses y la arista de Peuterey, saliendo de entre nubes y que este verano han decidido mostrarse  envueltos siempre como dioses de un Valhalla inaccesible.


Un poco más allá me detengo a  charlar con dos mujeres mayores que, al comprobar que no soy francés, improvisan una jerigonza mezcla de inglés, francés y español a la que me sumo divertido para hablar de montaña, del Mont Blanc y de esta vida que llevo a través de las montañas. No sé cómo, pero nos entendemos perfectamente durante un buen rato. Cuando la gente tiene ganas de comprender y de expresarse casi siempre se produce un milagro en la comunicación.

Cuando llega la hora de mi tentempié aprovecho para secar la tienda, esa prioridad de todos los días que cuando la veo cumplida tanto gusto me da. Saber que vas a llegar al final de la jornada con todo tu equipo seco es uno de los mejores gustazos que pruebo caminando por los Alpes.

De vez en cuando es imprescindible volver a la civilización. No me gusta mucho, pero bueno, en ella me abastezco de lo que necesito. Compro comida para unos dos días, que con los refrigerios en los refugios me da una autonomía suficiente incluso si me veo inmovilizado por el mal tiempo. La Val d’Isere es otro complejo turístico importante, uno de esos lugares por los que suelo pasar de puntillas, así que después de que he dado cuenta de unas cerezas y unos albaricoques vuelvo al camino. De entrada tengo una subida de mil metros de desnivel hasta el col de l’Iseran y ya la espalda me lleva gritando desde hace un buen rato, así que probablemente me quedaré a mitad de subida. Encuentro un balcón sobre el valle junto a un caudaloso torrente  muy chulo. No hay una nube en el cielo, no sopla una brizna de aire y en consecuencia el calor es sofocante. Me veo obligado a hacer una sombra con una parte del techo de la tienda. Las montañas que tengo delante son un bello decorado para esta habitación que ocupo hoy bajo el cielo.





 

 

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