Les Roches, 12 de julio de 2021
Camino del Col de l’Iseran – Les Roches
Es extraordinaria la variabilidad que tiene la duración del tiempo. Cuando intento acordarme de dónde he partido esta mañana, y al fin caigo y recuerdo, tengo la impresión de que esto hubiera sido hace días. Me siento tan lejos de esta mañana como si ésta hubiera tenido lugar hace una semana. Trato de explicármelo y creo que algo tiene que ver con el esfuerzo que en ocasiones requieren de mi parte los recorridos que hago. Quizás porque hoy fue un día bastante penoso para mi espalda y porque en algún momento sentí que no daba más de mí. Cuando a la tarde ya había instalado mi tienda y Luis y Nicolás me decían que sus macutos no pasaban de los ocho kilos y me enteraba además de que habían salido una semana después que yo del lago Lemán, lo que implicaba que en una jornada caminan el doble que yo, me podía haber entretenido en filosofar sobre las no prisas y otras lindezas para justificar algo mi lentitud. Podría, pero no hace falta. Mejor echo la culpa a esos setenta y tres años que cumplo dentro de diez días. Me encantaría ir ligero como ellos. En casa, cuando miro algunas de mis fotos que cuelgan de las paredes trotando por los Alpes siempre me admira ese diminuto macuto que veo sobre mis espaldas. ¿Qué qué diferencias hay con entonces? Pues por ejemplo, no llevaba cocina, salvo los pocos refugios que visitaba todo lo comía frío: muchos, muchos bocadillos; botiquín entonces… ni soñarlo; ahora mi botiquín tiene que contemplar la eventualidad de un cólico nefrítico —tengo ya dos en mi haber en largas caminatas, una de ellas de arrastrarme más de veinte kilómetros hasta el primer hospital—, debe tener en cuenta los asuntos de la próstata y la tensión y un buen número de otros “por si acaso”. También dormía en el suelo en una simple esterilla. ¿Agua? Yo creo que nunca cargaba con ella. Estoy tratando de hacer un inventario a ver si puedo quitar lastre a mi lentitud. Claro, no llevaba teléfono, ni baterías de repuesto, ni alfombrilla solar, ni cámara, ni trípode ni siquiera gps; un mapa y una de brújula sustituía a toda esa electrónica. ¿Qué hago? ¿Me desprendo en el próximo pueblo del exceso de peso y lo mando a casa? También podría quitarme al mismo tiempo veinte o treinta años y así ya como nuevo, como Luis y Nicolás. También podría comprarme un burro, una idea que pienso debatir con mi amigo Cive, que anda como yo haciendo metafísica con el peso del macuto.
Bueno, que me he quedado más tranquilo reconsiderado esto. Mañana seguiré a mi paso, doblado por el peso de la mochila pero en todo caso contento por poder seguir ejerciendo de vagabundo por estas montañas que han sido, y siguen siéndolo, de lo mejor de mi vida.
¿Y sí rehiciera el viaje en autostop que me llevó en las siguientes Navidades de nuevo a Cevo, un viaje a través de los Alpes, de pasos y carreteras cubiertas por la nieve, mi noche con los indigentes en la estación Central de Milán, la visita a la Pinacoteca de Brera donde tenía el empeño de ver cierto cuadro de un Cristo yacente de Mantenga o el fresco de La Última Cena de Leonardo? Y ya puesto visitar en Bérgamo la Pinacoteca de la Academia Carrara para intentar rememorar una mañana de invierno en que una suave niebla cubría las calles empedradas de la ciudad alta…
JCarlos Garcia hacia ayer un ejercicio de nostalgia en un comentario a mi último post relacionándolo con una vieja estadía suya de juventud junto al lago Constanza. Eso que llaman el eterno retorno, le contestaba yo, retorno a lo que fuimos, a lo que amamos y que de algún modo llevamos en nuestro interior como preciada vivencia.
Llegué muy cansado al punto más bajo del descenso, un lugar llamado La Lenta, por lo que la siguiente larga ascensión terminó resultando extenuante para mi espalda. Fue en el punto más alto donde decidí que de allí no pasaba en el momento en que avisté un nevero que me proporcionaría agua hasta el día siguiente.
Fue aquí donde, después de montar la tienda, aparecieron Nicolas y Luis, dos jóvenes franceses que nada más ver mi tienda ya encontraron motivo para descargar sus macutos y comenzar una agradable charla. Resultó que ellos llevaban una tienda idéntica, aunque de dos plazas. Nicolás hablaba con soltura el castellano, así que en unos momentos estábamos liados en una animada conversación. Nos hicimos fotos, intercambiamos correos y al poco ya estaban de nuevo como gatos de siete leguas dándome envidia por la frescura que llevaban encima después de su larga caminata. Juventud divino tesoro.
| Nicolás y Luis |
Pero todavía estaba por llegar el mayor contento del día. Había dado por hecho que hoy no tendría cobertura, pero desactivo el modo avión y, date, hay cobertura pera parar un carro, precisamente hoy que en El Chorrillo teníamos fiesta familiar. Ayer había sido el cumpleaños de la hortelana, mi sufrida chica que tanto tiene que aguantar las excentricidades de un servidor, y hoy se reunían todos en casa. Probé a ver si había suficiente señal para una videoconferencia y… claro que la había. Qué alegría. Hablé con todos y después quise enseñarles a mis nietos la nieve, la tienda y las montañas. Había un alboroto de mil demonios en casa. Una hora después, cuando iban a soplar las velas conectamos de nuevo para que yo también pudieran cantar el cumpleaños feliz.
Está anunciada tormenta para la tarde. De momento las marmotas no se dan por enteradas. Debe de haber por aquí cerca unas cuantas familias porque no paran de silbar. Un fuerte viento anuncia la proximidad de la acostumbrada tormenta. Esta mañana una señora me ha explicado que la culpa del mal tiempo en estos días la tiene la luna, imagino que creciente porque ayer estuve haciendo alguna foto nocturna y no había asomo de ella. Añadió que para el viernes mejoraría. Miro el día de la semana en que estamos: lunes: Mon Dieu!


No hay comentarios:
Publicar un comentario