Triángulos: un poco de geometría

  


Cercanías del refugio de la Balme, 5 de julio de 2021

Col de Voza – Les Contamines – Cercanías del refugio de la Balme.

 

Las montañas se despertaron hostiles y oscuras. Daba pereza salir del saco, pero aunque el primer tren no llegaba hasta las nueve tampoco era el caso dar la nota con el chiringuito que me había montado en la estación. Unas espesas nubes cubren las cimas más altas. Se ve que lo de la noche anterior fue un inesperado regalo: que despejara exclusivamente para que yo ricamente pudiera satisfacer el capricho de fotografíar el Mont Blanc, la Dome de Gouter o más lejos la Aiguille de Midi, que aparecía claramente iluminada a lo lejos, de momento ya me compensaba por el hecho de cargar con el trípode. Tiene un encanto muy especial comprobar cómo se plasma el paisaje nocturno en el interior de la cámara. Desde que empecé el pasado otoño, y después durante el invierno, a tomar fotografías nocturnas desde las cumbres en que dormía, pasar un rato largo, a veces con muchos grados bajo cero trajinando con la cámara y el trípode, se convirtió en una agradecida rutina.


Descendiendo temprano del Col de Voza, un sendero estrecho que hace filigranas en el bosque, que sube inesperadamente cuando su obligación era bajar, y que me hace pensar que me he equivocado, y que no es así, me sumerjo en la lectura de El mono desnudo. Considerar a los sapiens desde el punto de vista del zoólogo, tiene la gracia de hacernos recuperar una realidad que tal como estamos sometidos a la presión social y la inmediatez de nuestros actos y todo lo que tenemos delante, nos hace olvidar la realidad mayor de lo que realmente somos, un mono cuyo cerebro evolucionó durante dos millones de años, un cazador, un recolector, un animal que lleva consigo una profunda herencia proveniente de nuestros ancestros que no podemos ignorar. Una herencia de dos millones de años que en comparación con los pocos milenios que han transcurrido desde que al hombre se le pudo llamar hombre, hace que sea imposible pensar que la carga comportamental pueda ser muchas más notoria de lo que pensamos. Estas reflexiones me hago junto al río descansando de una jornada bastante dura. Leí por el camino durante un buen rato a Desmond Morris, que hablaba de estas cosas y eran asuntos que se entendían mejor atravesando bosques con el murmullo del agua junto al sendero. En estas estas circunstancias es más fácil conectar con la realidad animal que somos. Este descenso a las profundidades de nuestra animalidad, que no renuncia obviamente al grado de civilización conseguido, se me antojaba que sí podía ser una buena herramienta para relativizar mucho de nuestro mundo conceptual y material, una manera más de contemplar el bosque que tantas veces no dejan ver los árboles próximos. Vamos que arrastramos en nuestro comportamiento una buena herencia animalesca.

El sendero desciende por el valle por donde vomita violento el deshielo de los glaciares que cuelgan por la ladera derecha según se sube a la vía normal del Mont Blanc; aguas lechosas de un verde claro que se precipitan con estruendo por el medio del bosque como quien tiene extremada prisa por llegar a alguna parte. Prisa como nosotros para llegar ¿dónde? Al mar, de allí a las nubes y de las nubes a la montaña para volver de nuevo al río. El eterno retorno. Como nosotros, vamos.




Bajando, me pregunto por el lugar en que el sendero atravesará por el sur la cadena del Mont Blanc. Todo está demasiado alto y no tengo más remedio que mirar mi espalda de reojo. Tendré que descender hasta el fondovalle y subir después un buen pedazo desde Les Contamines para averiguarlo. Pero eso será después de comer en esta localidad camino del refugio de la Balme, cerca de tres horas más arriba de Les Contamines. Encontré junto al río mi lugar para pasar la noche. Por encima una esbelta montaña y una afilada cresta de granito cortan el paso. A su izquierda se abre un alto collado que será mi destino mañana por la mañana.

Me mandaba ayer tarde un amigo de junto a la ribera del Mediterráneo, una imagen relacionada con la geometría. Un triangulo equilátero cuyos vértices estaban compuestos por un grupo de montaña, un individuo y una tienda de campaña. Le acompañaba un texto que decía: “El único triangulo amoroso que funciona”. Cuando lo vi me hizo gracia, quizás porque mi amigo y yo mantenemos distintos puntos de vista relacionados con los triángulos. En realidad estoy totalmente de acuerdo con el mensaje que quiere transmitir, sólo un pero para decir que sí, que es un triangulo perfecto que cuando en ciertas ocasiones me ha visitado alguna musa nunca he dejado de cantar. Esos dos pilares que hacen de mí vagabundaje un pequeño paraíso, tienda y montaña, sólo que al vagabundo no le parece en absoluto que la montaña, la tienda y uno mismo sean el único triangulo amoroso; que sí lo es, digo, pero que en absoluto es el único que sí funciona. El vagabundo, al que como es sabido tanto le gustan las féminas, debe en esto expresar su disconformidad respecto a ese adjetivo: “único”. Decía más arriba que releo estos días El mono desnudo, del zoólogo Desmond Morris y me temo que el ámbito ese de la monogamia, que tan arraigado está socialmente y culturalmente entre los sapiens, no parece corresponderse del todo con lo que nuestra biología y la especie se han traído siempre entre manos. Se han asentado hábitos y su razón de ser cumple un noble propósito: la consolidación de la pareja y con ello la mejora de la crianza. Pero dicho esto, me temo que sería un desperdicio recluir la sexualidad en ese esquema exclusivamente. La especie de los sapiens vive en su mayoría reprimida por un agresivo superego que intenta maniatar al individuo y que mediatiza su comportamiento sexual y la naturaleza propia de la especie que tiende a todo trance a reproducirse, algo que evidentemente mantiene a los hombres permanentemente, y menos, creo, a las mujeres, en un continuo hervor que bien merece explotar en ámbitos diferentes, sean estos duetos, triángulos o cualquier otra forma geométrica. ¿Que algunos tríos no funcionan? Pues bueno, también hay miles de parejas que no funcionan o se deshacen.



Se ha ido el poco sol de la tarde y es hora de montar el campamento.

Por cierto, ya he hablado de Geometría y ahora quiero cerrar esto refiriéndome a un asunto de Física del que me informa esta misma mañana mi amigo Paco, el Estrellero. Me dice en su guasap que hoy, por ayer, la tierra estará en afelio, la distancia más larga a nuestro Sol. Eso significa, explica, que según la II ley de Kepler la Tierra se moverá más despacio. Por eso si notáis que os movéis más lentos y que ya no hacéis los 100 metros lisos en 10 segundos no es por que os falle el entrenamiento ni que estéis perdiendo facultades, es por la maldita ley de Kepler y la manía de la tierra de dar vueltas al Sol. Gracias, Paco. A mi me debe de estar afectando, sólo que además me sigue pesando mucho el culo... Así que mi lentitud va a más. Lo mismo la culpa es de Kepler o del afelio ese.



 

Nota: Ayer mencionaba un dicho árabe que recordaba a medias. Para los curiosos copio a continuación la aclaración que me manda el amigo Cive: “La tradición exige servir el té en tres vertidos que, al irse concentrando en la tetera, se va haciendo cada vez más dulce.

Y de ahí el relato:

Amargo como la vida

Agridulce como el amor

Dulce como la muerte. 

 

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